La UCV es una pequeña Venezuela. Un lugar perfecto en esencia, pero azotado por quién sabe cuántos fenómenos que me cuesta comprender. Y yo, declarada culpable de lo que siempre reproché, dije: "ahora le toca a los nuevos pelear para que esto no se hunda".
Ingresar a la Universidad Central de Venezuela siempre fue la meta, un amor a primera vista que surgió en aquella celebración por haber sido declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.
La pasión por mi alma máter es como un impulso romántico y muchas veces irracional. Más de una vez me pregunté: "¿por qué estoy tan enamorada de un lugar como éste?, si tres veces al día me encuentro con barbaridades que me hacen perder los papeles". Y sí, nunca faltaba la moto que circulaba en medio de los pasillos, ni las historias de los estudiantes asaltados, aun cuando se encontraban resguardados en los salones.
Mi orgullo era tal, que hasta me convertí en empleada de la Dirección de Cultura, y uniformada con un suéter azul defendí a capa y espada la conservación del Aula Magna. Durante mis jornadas laborales comprendí que nadie es más nocivo que la propia comunidad universitaria, que sintiéndose en casa adquiere una licencia imaginaria para maltratar todo lo que está a su paso.
Más de una vez corrí peligro por un cuerpo de seguridad que aparece sólo durante los inicios del período académico. Cosas incomprensibles, como el cierre del estacionamiento estructural antes de la finalización de la jornada, o la ausencia total de luz en los pasillos y calles, así como el creciente número de secuestros y robos de vehículos que se registró en los últimos meses, maltrataron mi optimismo.
Las irregularidades eran un buen tema de conversación, las quejas se reproducían como conejos enamorados, y todos los años acudíamos a jornadas electorales para escoger a unos representantes que "tomaran cartas en el asunto". Lamentablemente las tendencias políticas monopolizaron la atención de los elegidos, para quienes la casa que vence las sombras quedó, más de una vez, en un segundo plano.
A pesar de los defectos que empañaban el escenario, se trataba de un lugar que no quería abandonar. Hasta en términos climáticos era ideal, en Plaza Cubierta jamás hace calor y en Tierra de Nadie la naturaleza se alza para romper con los patrones de concreto. La música, las ideas, el arte de calle y la diversidad que la caracterizan, me hacían sentirme que estaba en el lugar correcto.
Así que finalmente, cuando recibí mi título bajo la mirada de Las Nubes de Calder, comprendí que mi universidad era, o más bien es, una pequeña Venezuela. Un lugar perfecto en esencia, pero azotado por quién sabe cuántos fenómenos que me cuesta comprender. Y yo, declarada culpable de lo que siempre reproché, dije: "ahora le toca a los nuevos pelear para que esto no se hunda".