No es el país el que está atado a la salud de Chávez, sino los más encumbrados líderes del PSUV, los mismos que, por no seguir en Twitter a Nelson Bocaranda, fueron los últimos en enterarse del giro de la enfermedad, y ahora se miran entre sí con obvia desconfianza porque, a pesar de que el líder salga del trance, alguien tendrá que erigirse como su sustituto en la campaña electoral que se avecina
Como niños que han perdido el camino de regreso a casa, así parece mostrarse la todopoderosa "maquinaria chavista", desde el día en que el Presidente informó de cómo el tumor que le aqueja desde junio pasado había reaparecido.
No es el país el que está atado a la salud de Chávez, sino los más encumbrados líderes del PSUV, los mismos que, por no seguir en Twitter a Nelson Bocaranda, fueron los últimos en enterarse del giro de la enfermedad, y ahora se miran entre sí con obvia desconfianza porque, a pesar de que el líder salga del trance, alguien tendrá que erigirse como su sustituto en la campaña electoral que se avecina.
Apenas faltan 220 días, y la pregunta que deben hacerse es quién lo sustituirá en Miraflores: ¿Qué harán para afrontar su ausencia en el debate público? ¿A quién le tocará imitarlo en incansables cadenas de radio y televisión?
Mientras estas interrogantes los atenazan, la otra dirigencia, la de los cuadros medios, miembros de los consejos comunales, mucha de la gente que se afilió al partido por un cargo ministerial o un contrato comercial, meditan sobre otros aspectos que más bien atañen a sus inquietudes personales, lo que pasa necesariamente por pensar en el futuro del país que estuvo 13 años al margen de las grandes ideas, amarrado a la matraca del socialismo del siglo XXI y rindiéndole pleitesías a un Fidel Castro que lo único que le falta por admitir es el fracaso de su revolución.
La misma semana en la que Hugo Chávez dio a conocer su desgracia, el joven diputado rojo que se retrató con niños armados en el 23 de Enero, no se contuvo y soltaba lagrimones en VTV, en una suerte de debate anticipado al peor de los escenarios, con expresiones que el Comandante habría cuestionado no tanto por plañideras sino por la excesiva carga fúnebre, como en aquel cuento de Pirandello donde el personaje se adelanta a presenciar su propia muerte.
Al contrario, del lado opositor no parece surgir otro deseo de que Hugo Chávez resista a la dura prueba personal que le ha jugado el destino, y asista como candidato a unas elecciones que constituyen la apuesta de los venezolanos a cambiar o a permanecer en lo que estamos. No se trata de un juego floral, de culto a la hipocresía.
Para lo que ha ocurrido en Venezuela, no hay diagnóstico médico exhaustivo, confiable, que valga. Los padecimientos de la población en materia de seguridad, hospitalaria, vivienda o de empleo hablan por sí mismos de la necesidad de derrotar al gobernante errático que, valiéndose del abusivo poder de todas las instituciones del Estado, sembró discordias y desencuentros entre familias y amigos.
De modo que reemplazar a Hugo Chávez con la fuerza de los votos está en la agenda de quienes le combaten, en tanto que la tarea de sus seguidores será inédita y dura: sobrevivir con sus propias ideas, sin esa sombra abrumadora del Gran Hermano que muchas veces no los dejaba pensar.