Los seres humanos venimos del cosmos y a él retornaremos algún día, no ya como humildes mortales sino como conquistadores. No para descubrir nuestro origen, como ingenuamente creen los dos o tres científicos comeflores, sino para conquistarlo como saben los perversos hombres de negocios
En 1979, un film enlazó para siempre el horror y la ciencia ficción. Se llamó Alien y lo dirigía un tal Ridley Scott. Tuvo tres primeras entregas apasionantes porque conjugaban dos elementos complementarios.
Por un lado el terror ancestral del ser humano a ser tocado por lo desconocido (por el Otro, el alienígena del título), pero, y en contrapartida siniestra, la relación con ese Otro era necesariamente hostil, no solo porque el pobre Alien era feo y más bien agresivo sino porque el vínculo del ser humano con lo desconocido era de dominación. Lo extraño se conoce a través de una relación comercial y Alien era la primera y muy explícita aventura del capital global en el espacio exterior.
Eran funcionarios de compañías privadas los humanos que hollaban otros mundos en la primera, militares en apoyo del mismo en la segunda y el escenario de la tercera era una prisión también privada (Una prueba de que el PSUV no había logrado salvar a la galaxia del capitalismo salvaje). De paso, había dejos del genio del polaco Joseph Conrad, ese poeta de la relación con lo desconocido en parajes de capitalismo periférico, Nostromo se llamaba la nave original, y Scott ya había adaptado a Conrad en su primera película, Los duelistas. Pero la franquicia marchitó en una cuarta entrega y dos tristes encuentros del Alien con Predator, su primo hermano tonto. A alguien se le ocurrió volver a los orígenes. Cerradas las puertas de una secuela, se abrieron las de una precuela.
No es menor el tema que aborda Prometheus , nada menos que el origen del ser humano. Menos originales son sus herramientas. Nuevamente la libre empresa es la campeona de la conquista del espacio (después de todo el primer entrepreneur global fue Cristóbal Colón) y una vez más varios científicos, un robot y un mercenario son enviados al extremo de la galaxia por un multimillonario que delega en su hija el mando de la misión. Su designio último es el sueño imposible de todo poderoso, capturar si no la vida eterna, la fuente de la vida o de la longevidad.
Pero el tema de la saga original subyace. No se trata de investigar por el saber mismo, sino de investigar para colonizar. Y hacerlo con todos los medios técnicos a la mano, incluyendo (como en las anteriores) a un robot muy humano que sueña con ser como Peter O’Toole en Lawrence de Arabia (figura representante de un poder imperial si las hay). Aquí es donde los temas empiezan a confundirse porque la película (que según confesión de los autores empezó como precuela para luego adquirir peso propio) se enreda en sí misma.
Hay una pincelada prometeica en este salto mayor del ser humano, un retorno a los orígenes, que se ubican más allá de la Tierra (Otra chapuza del libreto para quien recuerde los Recuerdos del Futuro del charlatán Erich von Daniken que tuvieron su cuarto de hora hace unas décadas).
Los seres humanos venimos del cosmos y a él retornaremos algún día, no ya como humildes mortales sino como conquistadores. No para descubrir nuestro origen, como ingenuamente creen los dos o tres científicos comeflores, sino para conquistarlo como saben los perversos hombres de negocios.
Prometheus vuelve sobre los pasos de su abuelo.
Lo que acentuaba la fragilidad de la tripulación de Alien era la desunión entre los distintos personajes, cada uno de los cuales gravitaba en su exclusiva esfera funcional. Y solo sobrevivía una mujer, que eventualmente sería impregnada por el monstruo. Y era esta funcionalidad, extrema en el caso del robot, la que los definía. A diferencia de los varios humanos, todos distintos, el monstruo era una totalidad, única y mortífera.
Hoy, si el subtexto es simplista y la historia más bien deshilachada entre sueños de eternidad y ataques de los aliens, la grandeza de la película está en los ambientes. Scott desarrolla la anécdota en paisajes desérticos, flirtea con los grises y los azules en entornos desérticos y pedregosos, que resaltan una ironía última: ¿realmente viene el hombre de parajes tan inhóspitos?, ¿es eso lo que lo hace un depredador natural? Las preguntas son inevitables para quien ha convivido con la saga por más de treinta años, pero la película está lejos de operar a ese nivel. Más bien es un buen entretenimiento, de ritmo frenético e imágenes sobrecogedoras muy en el estilo grandioso pero vacuo de Scott. Y por supuesto es la puerta nueva a una refrescada franquicia, como en las anteriores, llevada de la mano de un personaje femenino.