Se ha llamado al diálogo, sin duda más desde la MUD que desde el lado chavista. Sin embargo, dado lo anterior, me parece que dicho diálogo no es posible. Ambos tienen concepciones de la democracia distinta porque piensan proyectos de sociedad distintos. Lamentablemente, no pueden existir dos sociedades a la vez
JORGE L. CARRASQUEL
Tomo como cierta la afirmación muchas veces expresada según la cual Venezuela está dividida, pero para matizar su alcance. Y es que dicha afirmación suele connotar la pugna actual entre élites políticas. Cada una de ellas interpreta su sobrevivencia y posibilidad de ser en la negación de la otra. Para los chavistas, la realización de su proyecto implica necesariamente la desaparición de los burgueses.
Para la Mesa de la Unidad Democrática, la pervivencia de la democracia y del proyecto moderno sintetizado en el progreso, pasa por la no realización del socialismo. Se ha llamado al diálogo, sin duda más desde la MUD que desde el lado chavista. Sin embargo, dado lo anterior, me parece que dicho diálogo no es posible. Ambos tienen concepciones de la democracia distinta porque piensan proyectos de sociedad distintos. Lamentablemente, no pueden existir dos sociedades a la vez.
Si no hay diálogo posible, ¿qué nos queda? Bien, si concebimos el diálogo como el que deben realizar las élites políticas, no nos queda más que esperar el desenlace de la pugna, con vencedores y perdedores (Y tal como van las cosas, perdedores vamos a ser todos). Pero, y este es el matiz, si concebimos el diálogo como un proyecto de la sociedad, entonces ese diálogo no sólo es posible, sino de unas consecuencias inimaginables.
Para que eso sea así, debemos llamar la atención sobre algunas creencias generalizadas que lo impiden. La primera de ellas: que el estado debe resolverlo todo y que sobre los gobernantes recaiga la responsabilidad no solo de la política, sino de problemas como el cine y la literatura. Por el contrario, una sociedad es mucho más que sus políticos y sus instituciones, y su bienestar recae no sólo en la acción de estos, sino de todos los que en ella viven.
La segunda, que el diálogo no es encontrar cuáles son los problemas que tenemos en común, ni demostrar cuáles son las políticas públicas más adecuadas para resolverlas, sino que debe ir a las raíces mismas de la vida común y su razón de ser.
Es decir, debe retraernos a la pregunta de por qué los que aquí vivimos (como los que están por fuera) son y deben ser venezolanos; retrotraernos al valor de ser lo que somos, aun cuando estemos muy mal, pues, desde allí sólo podemos argumentar por las posibilidades que tenemos de ser. Ni el sueño del progreso, ni el sueño del socialismo, sean cuales sean, parecen justificar una sociedad unida. Sobre ello se vuelve en quince días.