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Cronicario | 21/12/2012
Ni ellos lo creen
En Mérida se espera el fin del mundo como si el mundo fuera a seguir rodando otros 13 b’aktunes. En el hotel donde se aloja el periodista hay un encargado maya que se ocupa de llevar a los clientes a las habitaciones, y que no cree que se acabará el mundo
PABLO DE LLANO / El País (Madrid)
Mayas
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La siguiente conversación tuvo lugar la mañana de este jueves a las afueras de Mérida, capital de Yucatán (México), entre dos indígenas yucatecos.

–Mañana se acaba el mundo, ya lo sabes –le dijo un vecino a la señora Silvia Pech, una maya sonriente con los dientes frontales enmarcados por bordes de chapa dorada.

“Y yo le dije, no lo creo”, relata ella unas horas después.

–Lo han dicho, se va a quedar todo oscuro y las sillas y las mesas de tu casa te van a comer –continuó el vecino atormentado.

La señora Pech, con su bebita Daniela Zulema en brazos, se vuelve a reír y se pregunta –como le preguntó a su vecino– que cómo demonios van a vivir las sillas y las mesas y aún encima te van a comer.

“Y le dije, yo no lo creo”.

Esta conversación insólita tuvo lugar en lengua maya. “Es que en español no sabemos decir todas las cosas”, explica Silvia Pech vestida con un huipil, el camisón blanco con bordados de flores que se han puesto las mujeres mayas toda la vida.

La señora Pech está a las tres de la tarde en la plaza del pueblo de Acanceh con su bebé y con su otra hija, Ana. Ana Pech. Pech en maya quiere decir garrapata, según traduce encantada su madre enseñando sus paletas adornadas de oro. Permiten que se les tome una fotografía. Para que la vean, tal vez su hija Ana pueda entrar en la página web de EL PAÍS y enseñársela a su madre.

–No sé Internet –dice Ana, de 21 años, vestida con una blusa rosa y una falda de tela vaquera. A Ana Pech no le gusta la ropa típica de su madre y de sus antepasados.

–¿Nunca has entrado en Internet?

–No.

–¿Y no tienes computadora?

–No.

La familia Garrapata, que no tiene un ordenador para verse en la foto, no cree en el fin del mundo.

Hoy medio planeta mira a Yucatán en la víspera del tan cacareado fin del mundo –que los esotéricos apocalípticos han identificado con un cambio de era fijado en el calendario maya para este viernes 21 de diciembre–, pero los mayas de Yucatán hacen su vida diaria sin pensar en el apocalipsis.

En un lado de la plaza de Acanceh, un espacio público polvoriento y torrado por el sol en el que suena música norteña mexicana que sale de los bares, está la pirámide de Los Mascarones de Estuco. Así la presenta su vigilante, don Agustín Fajardo, por encima de los 50 años, con gafas de sol, un poco triste por la falta de turistas a la que está acostumbrado en su ruina arqueológica. Dice que algunos días aparecen “dos o tres” y que otros días no aparece ninguno. Él aguarda a los visitantes en una caseta de metal de cuatro metros cuadrados que tiene una pared decorada de forma curiosa: de puntas clavadas en la superficie cuelgan un rollo de papel higiénico, un retrovisor de automóvil que hace de espejo, un abrelatas y una visera del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

–¿Y entonces usted qué opina de lo del fin del mundo?

–Alguien diseminó esas versiones y eso ha causado esceptismo –dice el guardián de la pirámide–. Pero mañana todo será igual, y la gente se levantará y saldrá a hacer sus diligencias como siempre.

En el bus de vuelta a Mérida, otra mujer maya, llamada María Dolores Marim cuenta que sus hijas de 15 y 12 años le dijeron en el desayuno que un amiguito suyo de ocho años anda llorando porque en la radio dicen que se va a acabar el mundo. “Y él dice que está muy pequeño para que se le acabe el mundo”, comenta la señora Marim en los asientos de atrás de la traqueteante furgoneta. Ella y sus hijas desayunaron lo mismo que todos los días: huevos revueltos y un vaso de leche.

Mérida festeja en calma con actividades públicas y conferencias de expertos la llegada del viernes 21 de diciembre, anunciado en el calendario astronómico maya como el decimotercer b’aktún, una fecha que cierra un ciclo que comenzó en el año 3.114 antes de Cristo. En la prensa del día los problemas cotidianos no tienen nada que ver con una supuesta hecatombe planetaria. En la sección Voces del Público del Diario de Yucatán, los lectores expresan preocupaciones mundanas.

Hace seis días que no tengo energía, a pesar de que pagué mi recibo eléctrico.

En nuestro país existe una inflación real que abarca todos los aspectos de la economía.

En la calle 21 entre 20 y 22 de Itzimná hay una pantalla gigante que por las noches es muy luminosa y deslumbra a los conductores.

El pronóstico meteorológico para el viernes dice que la temperatura máxima será de 26 grados y la mínima de 18. En los anuncios se ofrece el kilo de uva globo a 42,95 pesos el kilo y el de manzana golden a 21,95. El Diario de Yucatán informa en su sección local de que habrá dos días sin recolección de basura y que en una zona de la ciudad se va a construir “una moderna cancha de fútbol”. En la portada aparece una referencia al fenómeno apocalíptico.

Cerca el fin de las dudas.

La noticia está ilustrada con la foto de un tipo holandés de barba rabínica y anteojos que sale de un búnker levantando la tapa con una sonrisa.

En Mérida se espera el fin del mundo como si el mundo fuera a seguir rodando otros 13 b’aktunes. En el hotel donde se aloja el periodista hay un encargado maya que se ocupa de llevar a los clientes a las habitaciones. William Medrano es un hombre de mediana edad con un parecido sui generis al actor estadounidense Harvey Keitel, el señor Lobo de Pulp Fiction, el señor Blanco de Resevoir Dogs. El señor William es maya y habla su lengua nativa.

–¿Usted sabe cómo se dice en maya que mañana no se acaba el mundo?

El guía de habitaciones responde sin dudarlo.

Le ka’ana’ ma’tu ja’abal behla’e’.

William Medrano habla maya, pero no sabe escribirlo. Le ha pedido a un cliente que lo transcriba. El cliente es un jubilado húngaro que se llama Janus Budevári, y a la hora de comer estaba tomándose una sopa de lima con su enclenque tronco cubierto por una camisa de tiras. Budevári es doctor en Economía en una universidad de su país y ha sido consejero agrícola del Banco de México. Lleva décadas yendo y viniendo de Europa a México.

Sabe hablar maya.

Y mexicano.

“Eso del fin del mundo es una enorme pendejada”. Janus Budevári se ha terminado su cerveza Corona.

 

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