No pierde ocasión Nicolás Maduro para insultar con cualquier argumento a sus adversarios cuando encadena la señal de televisión. Se trata de una especie de rutina: un ejercicio calisténico, una cita con la salud; un protocolo para mantener vigoroso el ánimo revolucionario. Ganando o perdiendo elecciones
No pierde ocasión Nicolás Maduro para insultar con cualquier argumento a sus adversarios cuando encadena la señal de televisión. Se trata de una especie de rutina: un ejercicio calisténico, una cita con la salud; un protocolo para mantener vigoroso el ánimo revolucionario. Ganando o perdiendo elecciones.
Cuestionamientos políticos rutinarios en cualquier democracia quedan respondidos con entera frescura con agraviantes dicterios personales.
A esta herramienta, presumiblemente "legitimadora", en virtud de que tal cosa se ejecuta "en revolución", se acude sin que nadie se escandalice, sin que quede particularmente perturbado el estado de opinión del país, sin que nada especialmente relevante suceda.
El gobierno toma decisiones, promete unos resultados, sopesa sus consecuencias y aguarda. Si las cosas salen, se insultará a quienes expresaron en público sus dudas.
Si las cosas no salen, se hará un esfuerzo especial para desplazar en otros actores, especialmente si son disidentes, la responsabilidad. Por supuesto, el avance o el retroceso siempre será insultando: conspiradores, parasitarios, vendepatria, mafiosos.
En caso de que no quede tiempo de insultar, le encomienda la harán otros: se manda a insultar. Ahí estarán, gustosos, ciertos esbirros mediáticos de Venezolana de Televisión, chacales sin escrúpulos de ninguna especie, dispuestos a buscar, encontrar o inventar cualquier argumento, por truculento que suene, para neutralizar, no tanto el argumento esgrimido, que a estos efectos poco importa, sino a quien lo emite. Nadie debe olvidarlo: estamos en una guerra mediática. Perder el tiempo pensando es para los débiles. El partido es como "el cliente": siempre tiene la razón.
Una actitud fácilmente constatable, también, en Diosdado Cabello, el presidente de la Asamblea Nacional, el otro pilar del poder político del momento: una actitud atrincherada. Comportamiento público que evidencia unos niveles de prepotencia y sectarismo no vistos jamás en muchos años en Venezuela. Ni siquiera los socorridos adecos de 1945 resisten una comparación.
El insulto y la adjetivación vacía, son, en la Venezuela de este momento, una convención. Un manual de conducta, una escala de méritos, una guía muy específica para orientarse en la opinión pública.
En el caso del chavismo, todo un síntoma de corrección política, aserto y buen gusto. No se acude a él en momentos excepcionales o de extrema gravedad: muy por el contrario, se usa de forma permanente, como una gimnasia, acudiendo a una especie de código que todos conocen.
Nos parece hoy imposible figurarlo, pero lo cierto es que en toda América Latina las instituciones funcionan y la vida nacional es una realidad estructurada sin necesidad de que las figuras públicas pierdan el tiempo insultándose.
Todavía más: sin necesidad de asistir a los vergonzosos saltos de talanquera de este tiempo, concebidos muchos de ellos luego de los más truculentos insultos, los actores políticos de Brasil, Chile, Uruguay, Costa Rica o Panamá son capaces de colegir eso que acá parece una hazaña de carácter bíblico: que independientemente de las diferencias, los políticos pueden y deben trabajar para coincidir en temas concretos con el objeto de resolver los problemas de sus naciones.
La primitivización de la vida pública en Venezuela es, en este momento, toda una escuela de pensamiento. El más visible legado de estos lamentables 14 años.
Perdimos el asco. El insulto desprovisto de razonamientos es la expresión de un código de conducta que, si antes era vista con reservas, ahora es ampliamente aprobado, cuando no interpretado con total indiferencia.
Es, en una palabra, la herencia política que inspira todas las ejecutorias del chavismo. El fermento de un espeso y sórdido pozo de resentimiento, expresado en el más rudimentario fanatismo político.
De manera colateral, es, además, el camino que encuentran las mentes simples para no tener que tomarse el trabajo de forzar reflexiones de tejido diverso, el filamento más frecuente de los dilemas cotidianos.
La vida se divide en dos parcelas: la de nuestro entusiasta fanático, persiguiendo fundamentos con la convicción de los ignorantes; y las vidas de todos los demás, que al no estar alineados con lo que a su azorada mente se le antoja, son, por definición, una escoria conjurada contra la dignidad nacional.
Cualquier razonamiento estructurado es respondido con el elemental escupitajo del insulto. Un insulto, por lo demás, similar al golpe de un garrote, al cual se acude de forma automática, con talante percusivo, sin contenidos, urdido de manera perversa y repetido sin escrúpulos para intentar transformarlo en una verdad incontrovertible.