Revuelta o rebelión sin conducción alguna, por lo que no pudo convertirse en insurrección popular con algún propósito de poder. Espontánea, biológica reacción del cuerpo social, estallido de la psiquis colectiva sometida a una presión intolerable
Hago un alto en la serie de columnas que he venido escribiendo acerca del apasionante tema que es el partido político, para referirme a esta fecha emblemática (que, dicho sea de paso, mostró cuan deteriorada andaba la capacidad de hegemonía como la llamaban los comunistas italianosde los viejos, y de los nuevos..., partidos políticos que no pudieron ni aplacar ni conducir la protesta). Revuelta, incluso rebelión, y masacre.
Ya nadie pone en duda lo que sosteníamos muchos como una idea entonces original: que aquella protesta popular tuvo su germen en unas políticas económicas que, tal vez necesarias e ineludibles (como escribí ya por entonces en mi libro Los golpes de febrero) debido a la ruina en que Herrera y Lusinchi habían dejado al país, fueron torpemente implementadas, sin explicarlas suficientemente, sin los consensos políticos y sociales requeridos, y sin las adecuadas medidas de compensación social que amortiguaran un poco el sacrificio de los más pobres.
En este sentido, son Pérez y su gabinete económico sus principales causantes. Revuelta o rebelión sin conducción alguna, por lo que no pudo convertirse en insurrección popular con algún propósito de poder.
Espontánea, biológica reacción del cuerpo social, estallido de la psiquis colectiva sometida a una presión intolerable. Ojalá se dieran cuenta del ridículo que hacen aquéllos que aún creen, neciamente y a veces de mala fe, que todo aquel revolcón social fue premeditado por alguna izquierda comunista (¡la visita de Fidel!) por entonces absolutamente irrelevante.
Planteado por un Presidente que como candidato había evocado la memoria de la Venezuela saudita de su primera presidencia, y por un gobierno del partido popular (y populista) por antonomasia, AD, aquel paquetazo tenía los ribetes de una emboscada: nos habían prometido el paraíso y hete aquí que nos ponían a las puertas del infierno.
Bastaba una chispa para que se incendiara la pradera De modo que la reacción de saquear comida, antes que nada, y luego todo lo demás, constituyó la forma, imperfecta, atrofiada si se quiere, que encontró el pueblo de procurar protegerse de la oscurana que se anunciaba y de reclamar el engaño.
Por su propia naturaleza, aquella revuelta o rebelión tendería a morir por propia inanición y, ya que no se habían tomado las medidas de orden público adecuadas a tiempo, pretender hacerlo luego sacando las tropas a la calle con la instrucción, entre otras órdenes, de recuperar en los barrios lo saqueado, anunciaba el torbellino de sangre que vino después. "Fue Pérez quien dio esa orden", me dijo alguna vez el general Alliegro con la cabeza hundida entre las manos. La próxima semana nos ocuparemos de la masacre y de su responsables directos. La historia pasada siempre es útil para escrutar nuestro presente.