Aunque el Clásico Mundial de Beisbol todavía no cuaja y es criticado debido a las ausencias de figuras de peso y las restricciones que imponen las Grandes Ligas, al fin y al cabo es una competencia que reúne a la crema universal del juego de pelota. De manera que los beisbolistas venezolanos tendrán un nuevo chance de llegar al tope, proceder al descorche y prender la fiesta
Desde 1941, el año más glorioso de la pelota criolla, una selección de Venezuela no escribe su nombre en lo más alto de nuestro deporte rey. Hay pues bastante hambre de triunfo acumulada, un apetito enorme, y eso es muy mala cosa para un país que transpira pasión por este juego.
Terminar con tan largo periodo en blanco es en consecuencia casi una obligación y la oportunidad de hacerlo se presenta de nuevo a la vuelta de la esquina. Tan cerca como a partir del próximo jueves con el tercer Clásico Mundial de Beisbol.
De manera que los beisbolistas venezolanos tendrán un nuevo chance de llegar al tope, proceder al descorche y prender la fiesta.
Siempre que logren sortear las dificultades propias de un torneo aún en gestación, acierten sobreponerse a las limitaciones y escabrosos reglamentos impuestos por sus propios creadores y además terminen llevándose por delante a los rivales, en especial al coco del momento, Japón, como lo fuera Cuba para el combinado nacional hace más de siete décadas.
A comienzos de los 40, el beisbol tenía bien ganado su espacio entre la afición de la semirural nación. Ya era sin dudas el espectáculo deportivo número uno.
Varias decenas de equipos habían nacido por todo el territorio y brillaban unas cuantas estrellas. Ídolos como Alejandro "Patón" Carrasquel y Vidal López, el "Muchachote de Barlovento", entre algunos de los más resonantes.
Se jugaban a casa llena, desde finales de los años 20, los campeonatos de primera categoría, precursores de los futuros certámenes profesionales. Todo viento en popa, por así decirlo. Pero faltaba algo: nunca se había conquistado un título internacional.
El ansiado trofeo llegó en la histórica IV Serie Mundial de Beisbol Amateur disputada en La Habana, el evento que parió a los "Héroes del 41". En verdad nunca un mote estuvo tan bien aplicado.
El combinado nacional quedó listo luego de un prolongado proceso de selección a cargo, fundamentalmente, del delegado de la misión, el periodista Abelardo Raidi, y del manager Antonio Malpica.
Se reclutaron los mejores peloteros disponibles, aunque el elenco, desconocido afuera, viajó a la capital cubana muy lejos de ser considerado entre los favoritos. Eran puros gallos tapaos.
El favorito unánime del torneo fue Cuba, que venía de ganar las ediciones II y III, también en La Habana como sede única.
Jugando en un estadio repleto de sus eufóricos y ruidosos fanáticos, era de esperarse que el poderoso conjunto antillano, integrado por auténticos astros, volviera a tener todas las apuestas a su favor.
Venezuela, que había llegado en el cuarto puesto en 1940, si se quiere sorprendió a todo el mundo. Sólo perdió un partido (ante República Dominicana) y venció a EEUU, Puerto Rico, Nicaragua, México, Panamá, Costa Rica, Honduras, Guatemala, El Salvador y dos veces a los anfitriones, ya que fue necesario un desempate para dirimir el campeonato.
Es bien sabida la explosión de alegría colectiva que provocó en Venezuela el triunfo de su selección, en buena medida gracias a la soberbia actuación del pitcher Daniel "Chino" Canónico, artífice de las dos victorias sobre los cubanos apelando al control de sus envíos, sus adormecedoras curvas y su afamada tranquilidad.
Ni una pizca de presión ante el hostigamiento de la bulliciosa barra isleña. Esa celebrada victoria, Hazaña Deportiva del siglo XX en la hoy sufrida Tierra de Gracia, terminó de expandir la popularidad del beisbol.
Transcurridos 72 años de aquella conquista, demasiado tiempo, ahora parece ser la hora de otro logro similar. Uno que esté a la altura del alcanzado en La Habana, que le reivindique a la nación su condición de potencia planetaria de este deporte y que le de motivos de sobra a las nuevas generaciones para celebrar como lo hicieron los abuelos.
El Clásico Mundial de Beisbol, justa creada por las Grandes Ligas con el objetivo de universalizar la práctica de esta disciplina, dista mucho de aquellos campeonatos de los años 40.
Por aquellos días, los jugadores se reunían con mucha anticipación y pasaban semanas juntos, los equipos viajaban en barco, los peloteros no eran profesionales (aunque jugaban al más alto nivel en sus países) y no participaban selecciones de Asia, mucho menos de Europa. Pero persiste en la actualidad una similitud fundamental: antes como ahora, Venezuela es una gran exponente de este juego.
Hoy los peloteros venezolanos forman parte de la elite de las mayores, empezando por Miguel Cabrera, Jugador Más Valioso de La Liga Americana en 2012 y primer ganador de la Triple Corona de bateo en 45 años.
Si se revisa la nómina del equipo vinotinto que debutará en el Clásico el próximo jueves ante República Dominicana, viejo y encarnizado adversario, uno se explica el porqué la escuadra criolla figura entre las favoritas al título, junto con los quisqueyanos y los siempre duros seleccionados de EEUU, Cuba y Puerto Rico, más los disciplinados Corea del Sur y Japón.
Aunque el Clásico Mundial de Beisbol todavía no cuaja del todo y es criticado debido a las ausencias de figuras de peso y las restricciones que imponen las Grandes Ligas, al fin y al cabo es una competencia que reúne a la crema universal del juego de pelota.
La afición así lo ve. Destronar al bicampeón Japón y volver a celebrar un título de máximo nivel, levantaría hasta las nubes la alicaída auto estima de los venezolanos y por ahora mitigaría el hambre.