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Mundo | 09/03/2013 | 2 Comentarios
Un deseo de muerte
Josh Miele, de 4 años, estaba jugando en el patio trasero de su casa, en Park Slope, Brooklyn, cuando tocaron el timbre. El niño se dirigió a la puerta, y vio que del otro estaba un vecino. La abrió, y de repente el mundo desapareció de sus ojos
HARRY BLACKMOUTH
Josh Miele
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Desde hace 40 años, su rostro recuerda al del monstruo creado por el doctor Frankenstein. Cuando tenía cuatro años de edad, el 5 de octubre de 1973, Josh Miele estaba jugando en el patio trasero de su casa, en Park Slope, Brooklyn, cuando tocaron el timbre.

Su madre, Isabella, estaba preparando comida en la cocina, y le pidió a Josh que fuera a la puerta para ver quien era. El niño se dirigió a la puerta, y vio que del otro estaba un vecino. La abrió, y de repente el mundo desapareció de sus ojos.

El niño empezó a tocar las paredes, tratando de orientarse. Con gran esfuerzo abrió los párpados, y vio un panel de madera en el vestíbulo. Fue el último objeto del mundo físico que pudo contemplar.

Al otro día, un periódico local resumió así la tragedia: "Boy, 4, Is Hurtby Acid Thrower". Un niño de cuatro años de edad fue lesionado cuando alguien le arrojó ácido.

EL HORROR, EL HORROR
La literatura de Estados Unidos y los filmes de Hollywood están repletos de esas historias de horror que tienen a niños como protagonistas. Tal vez la más famosa de ellas es Si muriera antes de despertar, de Cornell Woolrich, donde un amable vecino secuestra niños y los hace desaparecer tras someterlos a toda clase de vejaciones.

El caso de Josh Meile se ha incorporado a esa literatura de horror. El escritor Wendell Jamieson, quien vivía cerca de la casa de Josh y tenía siete años cuando su amigo fue atacado por un demente, ha estado obsesionado desde entonces por esa pesadilla, "una especie de cuento de hadas escalofriante, surgido de la mente de los hermanos Grimm", según señaló en un artículo publicado en The New York Times.

Todavía hoy, dijo Jamieson, cuando alguien toca el timbre en su casa, acata las precauciones prodigadas por su madre hace 40 años, pues teme tropezarse con "el más aterrador de todos los villanos: El Hombre que Ataca con Ácido".

El hombre que echó ácido en el rostro de Josh Miele se llamaba Basilio Sousa. Basilio era hijo de Felipe y Clara Sousa, una familia de cubanos que se mudó a Park Slope, cerca de los Miele, en 1955.

Desde pequeño, Basilio tuvo problemas mentales. Y en la adolescencia, según dijo un conocido, "lucía como alguien que se había quemado el cerebro con LSD".

En algún momento de su adolescencia, Basilio concentró su furia en la familia Miele. En una ocasión, rompió a pedradas una de las ventanas del hogar de los Miele. En otra ocasión, lanzó una bomba Molotov contra el patio trasero de la casa.

A comienzos de los setenta, Basilio fue reclutado por el ejército, y en octubre de 1973, decidió desertar. Fue entonces que fue al almacén propiedad de su padre, tomó un extinguidor de incendios, lo abrió, vertió el contenido ­ácido sulfúrico­ en un recipiente, enfiló hacia la casa de los Miele, y tocó el timbre.

LA LERDA RECUPERACIÓN
Tras el ataque, Josh Miele fue trasladado de urgencia al Centro Médico Brooke del ejército de Estados Unidos, en Texas. Era todavía la época de la guerra de Vietnam, y el jefe de la unidad, el coronel Basil Pruitt, tenía experiencia en ese tipo de lesiones causadas por productos químicos.

Josh recibió quemaduras del ácido en un 17 por ciento de su cuerpo. Un 11 por ciento de las quemaduras de tercer grado se concentraron en su rostro. Aunque el propósito del coronel Pruitt era salvar la vista del niño, desde el principio descubrió que era imposible.

"Las heridas en los ojos eran terribles", dijo Pruitt al escritor Jamieson. "Los globos oculares habían sido irremediablemente dañados".

El niño fue sometido a innumerables operaciones. En varias ocasiones le extirparon piel de su pierna y se la injertaron en su rostro. El proceso fue muy doloroso, pues los injertos de piel no prendían, y había que quitarle el tejido muerto.

Entre tanto, Josh sufría una doble agonía: no sólo la de haber perdido la vista, sino la del traslado de soldados. Pues se hallaba en una unidad militar. Con frecuencia, escuchaba los sonidos de un cuerpo que era alzado por enfermeros de una cama vecina, y el desplazamiento de una camilla por el piso de linóleo.

Al rato, oía el retumbar de una camilla al acercarse, y el de otro cuerpo alzado por enfermeros y depositado en la cama. Era un macabro ritual.

El cuerpo alzado era el de un soldado que acababa de fallecer. El cuerpo depositado minutos más tarde, el de un soldado agónico.

Josh sufrió esa cotidiana tortura durante los ocho años siguientes. Cuando tenía 12 años, decidió que no quería continuar con la ordalía, y le informó a su familia que siempre sería una persona diferente, una especie de monstruo de la naturaleza.

Lo único que conseguían las intervenciones quirúrgicas era hacerlo algo menos diferente. Era mejor que todos aceptaran su ceguera, su deforme rostro, y que él empezara una nueva vida.

HISTORIA DE DOS FAMILIAS
Basilio Bousa, el atacante de Josh, fue arrestado y acusado de intento de homicidio. Durante el proceso, informó al juez que oía voces, que había personas que lo perseguían, y que en ocasiones, los Miele lo acosaban.

Fue tratado en un hospital psiquiátrico, y declarado inimputable por razones de insania. Finalmente los Bousa se mudaron a la Florida, y Basilio murió en 1992, de un enfisema pulmonar.

Josh, por su parte, ingresó en su adolescencia en una escuela para niños ciegos, y aprendió el método de lectura Braille. En la actualidad está casado, tiene dos hijos, y se graduó de licenciado en psicología acústica en la universidad de Berkeley.

Trabajó en la empresa de tecnología Berkeley Systems desarrollando programas para ayudar a ciegos a trabajar con diseños gráficos. Luego, la NASA lo contrató para diseñar programas destinados al Observador de Marte.

Tras la congoja que pareció destruir su vida, su éxito profesional y personal es un canto a la vida. Y su intención es separar ese éxito, conseguido por su propio esfuerzo, de la incómoda fama alcanzada por el acto de un demente.

"Por supuesto que quiero ser famoso", le dijo al escritor Jamieson. "Pero quiero serlo por las razones apropiadas, por la tarea que he realizado, no por algo estúpido que ocurrió hace 40 años".

 
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