Ya se han publicado varios textos en torno a la figura y obra de Simón Alberto Consalvi; este es solo uno más. Era un gran conversador, un hombre que sabía mirar por el espejo retrovisor de su propia y rica vida
Para un libro (inédito aún) sobre el periodista como testigo de la historia del siglo XX en Venezuela contacté a Simón Alberto Consalvi hace dos años. Atendió al requerimiento, siempre afable, siempre elegante en sus maneras.
Lo llegué a conocer poco pero bastó para formarme una idea cabal de esa personalidad risueña y mordaz, sensible y abarcadora. Tengo un montón de material grabado, horas con su voz y alguna pregunta de vez en cuando.
Es un material que tomará forma definitiva a su debido tiempo, pero aquí, para recordarlo hoy, tomo pasajes que confirman su admiración hacia una faceta determinada de Rómulo Betancourt, la del periodista. Y también un pedazo de su relación con Raúl Leoni. Extractos directos.
BETANCOURT PERIODISTA
Betancourt escribía todos los editoriales de El País. Un tipo que no tiene una convicción tan profunda de lo que es el periodismo no escribe todos los días un editorial, y él lo hizo durante muchos años.
Tenemos que ser francos: ni Andrés Eloy, ni muchísimo menos Gallegos, estaban atentos a esa cosa terrible del periodismo, de ver los sucesos cotidianos y ver qué vinculación tiene un suceso con otro.
Entonces, ¿quién era el periodista? El periodista era Betancourt, no hay duda. Betancourt vivía en estado periodístico, con unas antenas puestas a todo lo que ocurría. Le daba importancia a lo más mínimo, vinculaba lo mínimo con lo otro.
Era un tipo que tenía un conocimiento a fondo de la historia venezolana. Se cuenta como anécdota un hecho que para los jóvenes parecía extravagante, y si yo hubiera sido joven en ese momento, también me hubiera parecido una locura ver a un amigo mío con quince tomos para arriba y para abajo.
Betancourt andaba con esos quince tomos en su maleta: la Historia de Venezuela de González Guinand, que es fastidiosa pero que te da los hechos desde 1810 hasta 1910, es decir, cien años de historia. De modo que Betancourt tenía un conocimiento de Venezuela muy agudo. Una de sus obsesiones fue conocer a Venezuela.
SOBRE LEONI
Después de Yugoslavia me vine para Venezuela. Ya había pasado la campaña electoral y Leoni me dice con una gran generosidad ycon una gran comprensión:
-¿No te viniste a la campaña porque no te gustaba el candidato?
Sabía que yo era amigo de Gonzalo Barrios y que formaba parte de ese combo del doctor Barrios; y en ese momento aprecié tanto a Leoni, cuando me dijo eso como en medio chiste.
No supe qué decir, no supe qué contestar. Después, al trabajar con él lo aprecié como a ningún otro: por sus condiciones humanas, su claridad política y la energía que ponía en todas las cosas.
Y por el respeto que siempre sintió por el funcionario. Entonces comencé a trabajar en la Oficina Central de Información, como director. Se creó conmigo.
Trabajé con Leoni todo ese tiempo, como director de la OCI, y al tiempo me nombró presidente del Instituto de Cultura y Bellas Artes, el Inciba. Eso tuvo su culminación con el Premio Rómulo Gallegos a Vargas Llosa.
Llega él a Caracas, y prácticamente lo secuestran entre dos o tres intelectuales de izquierda. Lo escondieron y se lo llevaron no sé para dónde, y le plantearon, en nombre de Cuba, algo que lo indignó y lo sacó de quicio: que debía regalarle el premio, que eran 100 mil dólares, a la Revolución Cubana, y Cuba se lo devolvería en cómodas cuotas mensuales de 100 mil bolívares.
Vargas Llosa se sintió doblemente agredido por aquello. Era una cosa indigna, brutal, como todas las cosas de ellos. Entonces se crea la leyenda de que Vargas Llosa en efecto va a donar su premio, que le va a dar su premio a la Revolución Cubana; que Vargas Llosa va a ayudar a Castro.
Entonces Leoni, que era poco cervantino en el lenguaje, dijo: "A mí no me joden con eso; yo no voy a esa vaina".
Y yo le dije: "Bueno, presidente, despreocúpese, nosotros le entregamos el premio". Yo era muy amigo de Emir Rodríguez Monegal, el crítico uruguayo, y le pregunté si Mario iba a echar esa vaina en la noche de la entrega.
Me dijo que iba a hablar con él. A las 12 de la noche me entregaron el discurso de Mario, un discurso impecable, y era todo mentira.