La noticia de la muerte de Chávez sobrepasó varios contextos culturales y barreras idiomáticas y fue titular de primera página en Israel, en casi todos los dominios del mundo musulmán; en la prensa iranÃ, rusa y china. Después de todo, más allá de cualquier evaluación cualitativa, es esta una noticia que tiene todos los elementos de un titular de portada: un lÃder carismático y polémico, famoso por su estilo heterodoxo y su retórica antiyanqui, habÃa fallecido de forma insólita
Con algún orgullo provinciano, los venezolanos comprobamos, con asombro que tocó incluso a los sectores más intransigentes de la oposición, el enorme despliegue mediático internacional que se encargó de reseñar la muerte de Hugo Chávez.
Un desarrollo que rebasó largamente la cobertura formal de los periódicos de América Latina y España, e incluso, todos los diarios referenciales del mundo desarrollado.
La noticia de la muerte de Chávez sobrepasó varios contextos culturales y barreras idiomáticas y fue titular de primera página en Israel, en casi todos los dominios del mundo musulmán; en muchos rotativos del África subsahariana, en la prensa iraní, rusa y china.
Después de todo, más allá de cualquier evaluación cualitativa, es esta una noticia que tiene todos los elementos de un titular de portada: un líder carismático y polémico, que con frecuencia ofrecía noticias en los foros internacionales, famoso por su estilo heterodoxo y su retórica antiyanqui, había fallecido de forma insólita.
Tratándose de quien se trataba un sujeto determinado y con una indudable buena estrella de manera particularmente desafortunada y más bien prematura.
Considero absolutamente legítimo el torbellino emocional planteado en parte importante del país respecto a las exequias presidenciales. Por mucho que a algunos les haya lucido excesivamente prolongado.
Bastante más allá de las posiciones políticas que todos tenemos, y del diagnóstico que tengamos sobre la realidad nacional, nadie puede perder de vista que esta es una circunstancia particularmente específica y poco común.
Después de todo, quien ha fallecido no es sólo Hugo Chávez: a la fecha, es, además, nada menos que el Presidente Electo de la República. Esta circunstancia se trae en este momento otras al remolque, y a ellas también habrá que presenciarlas con serenidad y respeto.
Algunas suelen aparecer sobre la mesa de conversación de cualquier círculo humano conforme un allegado muere. En este caso, aludimos el crecimiento y consolidación del mito popular y el ensalzamiento de las condiciones personales del fallecido. Nadie acostumbra a invocar los defectos de un sujeto que se acaba de ir. Todo el mundo debe comprender que eso es lo normal.
El revuelo informativo y el desborde emocional de los deudos de Chávez se irán asentando conforme el tiempo pase. Ninguno de los dos elementos, por cierto, constituye, necesariamente, prueba incontestable de haber eximido un juicio histórico.
Ha quedado dicho que quienes en este momento están llorando al Presidente de la República seguramente tendrán buenas razones para hacerlo, y que al resto del país lo que le queda es expresar sus condolencias y guardar silencio.
El balance definitivo del proceder del Presidente, de sus decisiones fundamentales, su responsabilidad respecto a todo lo sucedido en el país en estos años, se irá ejecutando por partes, en capítulos seguramente muy apasionados y polémicos. Nos tocará, por lo pronto, plantarnos frente al país en el cual estamos viviendo.
En los próximos días nos tocará acudir a unos nuevos comicios presidenciales: los dos ámbitos emocionales y culturales que componen la realidad nacional tendrán que continuar su marcha sin Chávez, hasta hace muy poco el comienzo y el final de toda polémica pública nacional, cumpliendo de nuevo esa máxima de la política y procesos de opinión pública, que como se sabe no acepta vacíos.
Venezuela es, en estos momentos, una nación bicéfala, incoherente, violenta, con un severo problema cambiario, dominada por la incertidumbre. Los propios mandos del alto gobierno en el poder, encabezados por Nicolás Maduro, tendrán que aprender en estas semanas a dejar de voltear para atrás esperando aprobación del líder al momento de esgrimir opiniones.
Tendremos un horizonte aún más complejo si acá no se hace una correcta interpretación del momento que vivimos y no se desarrolla algún mecanismo que haga posible la coexistencia en medio de una sociedad funcional.
El actual gobierno ha hecho un esfuerzo por transferir recursos y ejecutar programas alimenticios; aumentó su oferta de viviendas construidas en los últimos dos años; tuvo logros parciales en el aumento de la tasa de educación preescolar y superior, e hizo inversiones, con resultados por demás desiguales, aunque sin duda tangibles, para ofrecer algunos servicios de atención primaria y salud.
Tenemos, al mismo tiempo, largo rato transitando la ruta de la desindustrialización, con un aparato productivo en ruinas; un objetivo problema de desabastecimiento; servicios públicos inservibles; un gravísimo estado de desmantelamiento institucional, que conoce capítulos especialmente lamentables y sórdidos.
Venezuela es una de las naciones más violentas del mundo, no porque los gobernadores de la oposición no hacen su trabajo, como de forma superficial y por demás lerda insisten los defensores del gobierno, sino porque en esta sociedad reina el más absoluto estado de impunidad en virtud del estado disfuncional de nuestros tribunales y el infernal entorno que ofrece nuestro sistema carcelario.
Es lo que ha hecho posible, entre otras cosas, que los secuestros y las armas ilegales se hayan triplicado en cantidad en los últimos catorce años. Esta mácula, en calidad de legado, es una de las circunstancias que con más método disimula el chavismo en este tiempo.
Profesionales mal pagados; universidades autónomas asfixiadas; tres y cuatro cortes de luz diarios en todas las ciudades grandes del interior del país. Esa es nuestra dramática realidad, la única que vale, más allá de los titulares de prensa, el escándalo noticioso, los tardíos análisis internacionales y la presencia de curiosos en Caracas.