Vi a Chávez llegar Ãngrimo y solo en un taxi, cargado de papeles. Saludó aquà y allá y, al sentarnos a la mesa, me soltó: "Nosotros te tenemos entre nuestros planes". Yo agradecà pero rechacé la oferta pues, le dije, tenÃa desacuerdos esenciales con sus propuestas, y mencioné una: sus ideas económicas estatistas, atrincherado yo en la propuesta de un socialismo liberal
La semana pasada, dejamos a Chávez en Yare, luego de mi primera visita. Continuemos hoy con esta evocación. Varias veces me encontré con él: en Yare, en el Hospital Militar (cuando, recuerdo, no se trataba con Arias Cárdenas, también convaleciente allí y yo debía pasar de una habitación a otra para hablar con ambos), y luego, ya una vez en libertad.
El día de su excarcelación, lo recibí en el Ateneo de Caracas, donde ofreció su primera rueda de prensa, junto a Carmen Ramia y Miguel Henrique Otero. Esa vez estuve a su lado cuando pronunció su primer discurso a algunos pocos seguidores que lo esperaban afuera. Confieso que me pareció retóricamente precario: ¡quién iba a decir que a los pocos años sería el caudillo popular atribuido de esa colosal capacidad comunicativa que todos le reconocen! Otro día lo visité en casa de uno de sus financistas, en La Floresta, a ver si ofrecía su nombre como candidato a la Alcaldía de Caracas por todos los partidos de izquierda cuando Aristóbulo por la Causa R y yo por el MAS no pudimos acordarnos para impedir la victoria de AD.
Él esquivó aquella propuesta, metido en el laberinto abstencionista e insurreccional. Y lo vi, entre otras muchas veces, una en que Carlos Melo, a fines de 1997, empeñado en sumarme a su proyecto, me invitó a acompañarlos a un recorrido por el bulevar de Catia, cuando ya Chávez había rectificado y anunciado su participación en el proceso electoral. Pero de todos aquellos encuentros me gustaría reseñar nuestro último almuerzo, en El Tinajero de Los Helechos, allá por noviembre de 1997.
Yo había renunciado al MAS, asqueado por su oportunismo y decadencia moral. Todas las encuestas hablaban de una polarización clara entre Irene Sáez respaldada por Copei (¡y la Causa R!) y AD (con Claudio como referencia electoral, aunque luego postularía a Alfaro). Chávez y Salas no alcanzaban más de 8 puntos, ambos, juntos. Vi a Chávez llegar íngrimo y solo en un taxi, cargado de papeles. Saludó aquí y allá y, al sentarnos a la mesa, me soltó: "Nosotros te tenemos entre nuestros planes".
Yo agradecí pero rechacé la oferta pues, le dije, tenía desacuerdos esenciales con sus propuestas, y mencioné una: sus ideas económicas estatistas, atrincherado yo en la propuesta de un socialismo liberal, según había postulado a lo interno del MAS. Pero lo invité a ayudarnos a conformar una alianza de nuevos liderazgos regionales a riesgo si no, le subrayé, de que se recompusiera aquella polarización ADCopei que a mis ojos acabaría con el proceso de cambio que, según creíamos ambos, se había desatado en el país después del 27F.
Entonces él me dio una palmada y sentenció: "No te preocupes: Yo voy a ganar esta vaina". No sé si era una premonición, pero sí puedo decir que todos los partidos (Copei y la Causa R con la precaria Irene, AD con esa pieza arquelógica que era Alfaro, el MAS negándose a sí mismo en el gobierno del Dr. Caldera), se encargaron, con empeño digno de mejor causa, de cumplirle la profecía, de tenderle la cama. Dos o tres meses más tarde, Chávez andaba punteando las simpatías populares según todas las encuestas.
No voté por él. Tampoco lo hice por Salas, traicionado al ver que incumplía su compromiso de no facturar acuerdos "ni abiertos ni encubiertos" (eran sus palabras) cuando patéticamente aceptó el apoyo de AD y Copei. Fue la única elección en que me he abstenido. Lo que vino luego es conocido. Y, gústenos o no, para bien y para mal, ha sido un trozo decisivo de nuestra historia contemporánea. Los venezolanos de esta generación y la posteridad sacarán las cuentas.