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| 10/02/2012
PROGRAMA DE GOBIERNO
Creo que no llegaré a ser Presidente de Venezuela. Y a juzgar por las dificultades que puedo discernir en el futuro más próximo, tal vez sea lo mejor tanto para el país como para mí. Lo primero que quisiera comunicar es mi convicción de que el enemigo a derrotar no es propiamente Chávez sino las circunstancias que han echo de él el dictador que se propone ser. Me refiero básicamente a la inconmensurable cantidad de dinero puesto graciosamente por el petróleo en sus manos
ELÍAS TORO
petroleo
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Creo que no llegaré a ser Presidente de Venezuela. Y a juzgar por las dificultades que puedo discernir en el futuro más próximo, tal vez sea lo mejor tanto para el país como para mí. Sin embargo, como ciudadano de una nación que me vio crecer y que dejaré en fecha que quisiera todavía lejana, me gustaría consignar algunas ideas concebidas en los últimos diez de mis setenta y cinco años antes de saber quién será finalmente el candidato opositor ungido por las primarias.

Espero poder ordenarlas suficientemente y presentarlas en dos entregas: esta que hago este sábado 4 de febrero y otra que espero hacer el próximo 11, un día antes de las primarias.

Lo primero que quisiera comunicar es mi convicción de que el enemigo a derrotar no es propiamente Chávez sino las circunstancias que han echo de él el dictador que se propone ser. Me refiero básicamente a la inconmensurable cantidad de dinero puesto graciosamente por el petróleo en sus manos, y, de no cambiar el actual estado de cosas, continuará poniendo en las de cualquier Presidente que resulte elegido el 7 de octubre próximo.

Sostengo que esa exuberante cantidad de recursos financieros concentrados en el Estado hace posible, por ejemplo, la perversa práctica, dispuesta por el gobierno y aceptada como hecho muy natural por los beneficiarios, de subsidiar los combustibles de los cuatro y pico de millones de vehículos a gasolina o gasoil que recorren las calles y carreteras del país. Tal práctica, bien vista, constituye una exacción perversa, del orden de los quince mil millones de dólares anuales, a todos aquellos ciudadanos cuyos ingresos no les permiten adquirir un automóvil, para transferirlos sin más a la minoría que si lo tiene.

Insólita política puesta en uso por cierto antes de la entrada en escena de Chávez, en una fase anterior de la historia reciente, en la que los actores políticos aún presumían, hipócritamente, de proceder con apego a la ética republicana.

Multiplíquese el monto señalado por el número de años que tiene funcionando tal política y se obtendrá una exagerada suma de dinero, vergüenza para un país que se dice democrático, porque con ella se hubiera podido crear el mejor sistema de transporte colectivo del mundo, sirviendo sin distingos a todo el público, además de realizar muchos otros programas de utilidad pública.

Pero eso no es todo. Ya es práctica también, aún cuando más discretamente, desde los tiempos llamados puntofijistas, el uso de ofrecer dádivas y regalos a los electores para obtener el favor del voto, se ha incrementado en este gobierno a un ritmo sólo comparable con la insoportable inflación generada por su misma actuación, al punto de endeudar a la nación de manera irresponsable con el propósito de mantener vivo el vínculo mesiánico con aquella parte más débil pero mayoritaria de la opinión, tradicionalmente no escuchada, que ha votado por él desde su primera elección.

La terrible consecuencia de esto es una sociedad gravemente desmovilizada en todos sus niveles: los estratos de menos recursos, a fuerza de neveras, cocinas y demás electrodomésticos repartidos en período electoral, aparte las llamadas misiones y donaciones en efectivo hechas a lo largo de todo el año en nombre de cualquier ocurrencia exaltada eufemísticamente; la clase media, como he tratado de decir, con el escandaloso regalo del combustible, cuya magnitud implica transferencias tan jugosas como 1800 Bs/mes a cada propietario de automóvil; y finalmente, la alta burguesía del dinero, con la oportunidad ofrecída de mil maneras para realizar los más equívocos negocios a costa de favores y canonjías del gobierno; toda la sociedad, repito, luce, gracias a los cada día más abundantes e inmerecidos ingresos petroleros, cada vez más pasiva políticamente, además de disminuida en su ética para el trabajo y la creación de la riqueza.

Tal es, creo, el nudo gordiano que hay que deshacer: superar la castradora dependencia rentista del subsuelo y poner al país frente a los auténticos y arduos problemas del desarrollo.

Tanto más cuanto que el petróleo como base del desarrollo económico parece estar llegando a su fin tanto por el daño ecológico global que su combustión comporta, como por la carestía derivada de su escasez relativa ante la insurgencia de las nuevas economías planetarias.

Para ello sería necesario pedir al petróleo una última y nobilísima tarea, cual es la de financiar la construcción de una plataforma energética alterna radicalmente descentralizada, de modo, por una parte, de vacunar el país contra futuras infecciones totalitarias, y, por la otra, de recuperar la moral de trabajo del venezolano, fuelle indispensable para dar aliento a un verdadero desarrollo productivo.

Hoy, las tecnologías puestas a punto para convertir la energía solar y eólica en electricidad, ponen a Venezuela en posición privilegiada para apurar el cambio a las energías llamadas renovables, inmunes por su ubicuidad y abundancia a cualquier propósito hegemónico.

Gracias por una parte a la radiación solar que reciben los 300.000 Km2 de llanos (1/3 de la superficie total del país) a 5 grados de latitud norte, trescientos metros sobre el mar, sin vegetación alta que sacrificar y sin variaciones estacionales importantes; y a los dos mil kilómetros de costas e islas caribeñas, por la otra, barridas todo el año por los poderosos vientos alisios.

En la próxima entrega trataré de describir los detalles concretos de un posible programa de cambio de pardigma energético que esbozo a continuación en diez puntos: 1) conversión gradual de los llanos y las costas e islas venezolanos en generadores eléctricos, mediante la adopción de las tecnologías llamadas Chimenea Solar y Concentración Solar, y los generadores eólicos; 2) programa de desarrollo de todo el potencial de generación hidroeléctrica de la cuenca del Caroní, para la que existen hoy suficientes estudios de factibilidad; 3) puesta en práctica de un programa de subsidios a la instalación de paneles fotovoltaicos domésticos, públicos y semi-públicos por parte de todas aquellas personas, grupos o empresas que muestren disposición a independizarse de la red eléctrica central, con lo cual se aliviaría la presión de la demanda sobre la red central;4) Sustitución de la iluminación publica convencional por tecnología LED asistida con unidades fotovoltaicas incorporadas e independientes; 5) transformación paulatina a electricidad (20/25 años) de los cuatro y pico millones de automóviles del país hoy movidos a gasolina; 6) Estímulos fiscales y exenciones impositivas a todos los fabricantes de motores y vehículos eléctricos que quieran venir a producir localmente; 7) colocación gradual de los 800.000 barriles diarios de gasolina que dejarán progresivamente de usar aquellos motores, para llegar a un tope de exportaciones de tal vez quince mil millones adicionales de dólares al año, sin nuevas inversiones en la producción; 8) Subsidio a las universidades y centros de investigación para el estudio de las tecnologías relativas a la energía eléctrica 9) programa de rescate del complejo industrial de Guayana, particularmente las industrias del aluminio y el hierro, básicas para el desarrollo de la fabricación local de motores, partes y tecnología eléctrica de todo género y propósito; 10) programa de agregación de valor a las reservas petroleras destinándolas a la petroquímica y a la producción de proteínas para la alimentación.

 

 

 

 

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