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Editorial | 28/02/2012 | 2 Comentarios
El gato y la bota
La gente de Pdvsa insiste en querer demostrar que ambos ríos, el Guarapiche y el San Juan, están ya limpios por lo que Eulogio Del Pino, gran caimacán de la petrolera, llega al extremo de beberse un vaso de agua visiblemente turbia y opaca para “demostrar” que todo anda bien y no hay peligro alguno. Pero el gobernador Briceño se niega a permitir el uso del agua de ambos rios, alegando que su condición no es satisfactoria y que no va a exponer a los pobladores de Maturín y otras ciudades al peligro de consumir agua contaminada
TEODORO PETKOFF
Agua sucia
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El desastre ecológico provocado por el derrame de decenas de miles de barriles de petróleo en los dos grandes ríos del estado Monagas, el Guarapiche y el San Juan, ha dado pie a un agrio debate entre el gobernador del Estado, el “Gato” Briceño, hombre del proceso, y el poder central.

Mientras la gente de Pdvsa insiste en querer demostrar que ambos ríos están ya limpios y Eulogio Del Pino, gran caimacán de la petrolera, llega al extremo de beberse un vaso de agua visiblemente turbia y opaca para “demostrar” que todo anda bien y no hay peligro alguno, el gobernador Briceño se niega a permitir el uso del agua de ambos rios, alegando que su condición no es satisfactoria y que no va a exponer a los pobladores de Maturín y otras ciudades al peligro de consumir agua contaminada.

Este debate entre un gobernador y un organismo del poder central como es Pdvsa, trae a cuento el tema de la descentralización. ¿Habría sido posible esta controversia en tiempos en los cuales el presidente de la República designaba a los gobernadores? Imposible.

Gobernador que desobedeciera una orden de Miraflores quedaba casi automáticamente destituido. La descentralización, al hacer posible la elección directa por el pueblo de cada estado de su gobernador (“el pueblo lo pone, el pueblo lo quita”), inauguró una nueva época política y administrativa en nuestro país.

La población de cada estado fue empoderada. Su primer magistrado depende de ella y no del poder central y, a su vez, el gobernador, sin desmedro del vínculo esencial con el poder central, que nos hace una república unitaria, se debe ante todo a sus electores, lo cual nos convierte en una república federal. La Constitución al respecto es absolutamente diáfana: “El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela… es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado…”.

De allí el empeño de Chávez de echar atrás todos los avances descentralizadores, para centralizar en su puño todos los poderes del Estado. Y de allí el empeño de los estados en defender la descentralización. Comprenden que la cercanía con el mandatario, su condición de elegido entre líderes políticos o sociales locales, suficientemente conocidos, les da un poder sobre el funcionario del cual carecían anteriormente. Igual cosa vale para los alcaldes.

Mientras en el caso del desastre ecológico de Monagas, el poder central (Pdvsa) trata por todos los medios de eludir su responsabilidad y de minimizar los daños (objetivo que en la república con gobernadores nombrados por el Presidente ya habría alcanzado); el poder regional, encarnado en el gobernador Briceño y el alcalde de Maturín, Maicavares, asume la defensa de la salud de sus ciudadanos y se niega a someterlos a la irresponsabilidad de quienes quisieran ocultar la gravedad del problema –del cual tienen absoluta responsabilidad, dicho sea de paso–, como salieron de Pudreval, echándole tierra al asunto y dejándolo en el olvido. Una gente así no quiere al país y el país tiene que sacárselos de encima el 7 de octubre.

 
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