Pancho Quilici vuelve a la escena artística venezolana. El paisajista asegura que a pesar de la crisis, el mercado del arte es muy fuerte y cada vez más potente
Una mezcla de amaneceres, atardeceres y mediodías se esbozan en las cordilleras que Pancho Quilici (Caracas, 1954) pinta como fondo a sus figuras circulares.
Desde hace más de 30 años está residenciado en París. Sin embargo, “todavía tengo el reflejo de buscar el Ávila para buscar dónde estoy y lo que aparece es la Torre Eiffel”, dice.
De tanto estudiar las pinturas de Manuel Cabré y Pedro Ángel González, además de las miles de veces que sus manos lo esbozaron asegura: “Me lo conozco de memoria”. TalCual conversó con este creador que inaugura este domingo su muestra Mundo uno en la Galería D’Museo, ubicada en el Centro de Arte Los Galpones.
–Usted tiene 20 años fuera del circuito de galerías. ¿Qué novedad trae?
–Una exposición de obras originales que incluye pinturas, instalación, dibujos y esculturas. Hice tres exposiciones en galerías gráficas caraqueñas, pero esto es más una exposición de obras concebidas y pensadas para ocupar un espacio de una galería y todo lo que representa estar ahí.
–Su obra ha estado muy marcada por el paisajismo y sigue trabajando con el círculo.
–Desde hace años vengo trabajando sobre la idea de la circularidad. No sé si es fascinación por lo que es el centro, o por el reencuentro del ser hacia el ser que existe dentro de uno como punto de partida y de llegada de muchas cosas. Entonces, el círculo es una obsesión mandálica que siempre he trabajado y me permite personalmente reencontrarme, sentirme en calma, en paz. También, hago ese viaje de concentración y meditación hacia ese reencuentro del yo.
–¿Considera que vivir del arte hoy en día es igual a hace 30 años atrás?
–Me doy cuenta cómo ha evolucionado la relación del artista con el mundo exterior, con la recepción del otro. Cambiaron las condiciones: se complejizó la concepción de las cosas y al mismo tiempo se generó una especie de jungla, donde se necesita una guía. De ahí la presencia de los curadores, que es omnipresente. Hay muchas cosas que han hecho que cambie el medio del arte y cambie el artista y así cambia la obra. El mercado del arte es muy fuerte, cada vez más potente. En varias crisis se ha pensado que se iba a caer, pero las obras de arte siguen costando más y más. La gente mete ahí sus tres lochas, por si acaso. Y yo soy un privilegiado por vivir de lo que hago.
–¿Cuál es la clave?
–No se trata del negocio o de la venta, sino de la promoción y cómo defiende la galería al artista porque cree en él. Es un mundo del afectivo, de lo inaprensible. Hoy en día muchas galerías jóvenes están calculando esto como un negocio y eso es difícil vivirlo para un artista porque a partir del momento que no se vendan más sus obras: fuera.
–En algún momento se llegó a decir que el arte que se exhibe en las galerías venezolanas es elitesco y excluyente. ¿Qué opina sobre esto?
–El medio de las galerías es del deambular de la gente por las calles. Eso es lo que yo conocí cuando empecé. Es un contexto familiar, íntimo, humano, verdadero. La gente deambula y se sorprende al mirar algo que no se esperaba. Eso no ha desaparecido y sigue siendo una fuerza. El que compra una obra de arte se enamora, pero al resto no se le prohíbe ver y que tenga emociones, al contrario.
–Su hija, Daniela Quilici también tiene una exposición en este momento en el Ateneo de Caracas.
–Sí. Es que mis hijos toda la vida vieron esto. Mi casa es casa-taller. Entonces, vieron a sus padres ahí jugando todos los días con sus cuadros. Mis dos hijas quieren ser artistas y el varón, arquitecto.