El colapso de los medios de transporte y la carencia de información sobre lo que realmente sucedía y donde sucedía nos obligó a permanecer en la Escuela hasta las 7 de la noche, cuando decidimos dejar, por grupos, la universidad para dirigirnos a algunas viviendas preseleccionadas para pasar ahí el resto de la noche
"Una fecha, dice el DRAE - en acuerdo con los más autorizados diccionarios de las lenguas a las que tenemos acceso- es la indicación del lugar y tiempo en que se hace o sucede una cosa". No obstante tal precisión, llevamos ya casi un cuarto de siglo sirviéndonos consensualmente del 27 de febrero para indicar muchas cosas distintas que transcurrieron también en días distintos en escenarios que no siempre son los mismos.
Lo que hay de particular en este fenómeno, lo que lo diferencia de cualquier otro fenómeno similar, es que desde el momento mismo en que se hizo evidente el general consenso para indicar la fecha, apareció también el general disentimiento, la permanente controversia sobre todo cuanto se quiere indicar. Podríamos decir que fechamos para indicar que no hay acuerdo alguno en lo que fechamos.
Cabria, entonces, pensar con sensatez que no vale la pena perder el espacio y el tiempo que en las actuales circunstancias resultan mezquinos para todos, ocupándonos de un problema que no tiene solución. No obstante este sensato llamado a olvidarnos de tal aporía, creemos que se pueden sacar algunas lecciones de actualidad y de viva importancia si tratamos de analizar algunas de las revisiones que se han hecho del 27 de febrero desde el momento mismo en que el 27 de febrero existe como fecha.
DE LA APARICIÓN DE OTRO PECADO ORIGINAL
Error, falta, pecado, eso de fechar inadecuadamente lo que queremos que se recuerde. Pues bien, yo tuve la fortuna de cometer a plenitud ese pecado y esa tan personal vivencia, me permite, comprender a quienes con libros, proclamas o cualquier tipo de decisiones y ejecuciones, pecan de la misma manera sin saberlo, o pecan con intenciones no inocentes. Me permitiré, entonces, evocar para mis lectores lo que se vivimos en los medios universitarios, a los que para entonces yo pertenecía, ese 27 de febrero de 1989.
En las áreas y dependencias administrativas de la Escuela de Educación, reinaba, como en todos los otros espacios del campus de la UCV, la misma serena intranquilidad con la que nos situábamos ante el comienzo del segundo gobierno de CAP. Era la actitud de rutina desde dos meses atrás, rutina que no veía perturbada por la habitual agitación de los encapuchados en sus refriegas moderadas con la policía en los alrededores del campus. Y de repente, a eso de las once, comenzó la ola de rumores sobre los disturbios que, de Guarenas como epicentro, se extendían a otros lugares ubicados en toda el área metropolitana.
El colapso de los medios de transporte y la carencia de información sobre lo que realmente sucedía y donde sucedía nos obligó a permanecer en la Escuela hasta las 7 de la noche, cuando decidimos dejar, por grupos, la universidad para dirigirnos a algunas viviendas preseleccionadas para pasar ahí el resto de la noche. Y esto fue lo que hicimos; acuartelarnos a escuchar las emisoras de radio y televisión y a servirnos con discreción y ecuanimidad del único aparato de teléfono que para entonces existía.
Formábamos un grupo de apenas cinco personas, profesores que proveníamos de diversas urbanizaciones y que militábamos sin excepción en alguno de la infinidad de partidos y hacíamos parte de asociaciones civiles, gremiales, todo lo de entonces para todos los universitarios.
Al distribuirnos en las primeras horas de ese "día" que ya no era 27, sino 28, había consenso entre nosotros sobre lo que había ocurrido hasta ese momento y dónde había ocurrido. Pues bien, desde ese día cada uno de nosotros trató de averiguar, dentro de los límites de la profesión y ocupación de cada cual, cuanto había ocurrido en un día que seguía siendo el 27 pero que en realidad se extendió desde la mañana del 27 hasta la madrugada del 2-03-89.
Forme parte de un pequeño grupo de profesores y alumnos de EUS presencial (Estudios Universitarios Supervisados, modalidad de estudios a distancia que funcionaba en distintas ciudades del país y en nuestra propia sede para la zona metropolitana), que algunos meses después logró elaborar una visión de lo que había pasado el 27 de febrero.
A esa visión, que "la crítica de los ratones" habrá destruido en algunos de nuestros escritorios, habré de remitirme más adelante, pero ahora quisiera referirme a lo que yo considero como el relato más formal, el locus por excelencia de lo que se vivió en esos días.
Se trata de "El día que bajaron los cerros / Resumen y análisis del Sacudón de Caracas o estallido social ocurrido en Venezuela en 1989" denso y extenso informe elaborado en febrero de 1999 (sic) por Rafael Rivas Vásquez, ciudadano cubano-americano, quien para el 27 de febrero era el Director de la Disip (la cosa viene de lejos, y perdónese la distracción)) y publicado en la revista electrónica GUARACABUYA para celebrar, conmemorar o qué se yo, lo vivido diez años atrás.
Hablamos del sitio privilegiado para entender lo que fue eso que fechamos como el 27 de febrero y para adentrarnos en las razones o sinrazones que se tienen cada vez que se revisa la fecha. El lector puede acceder a este trabajo indicando en Google el nombre del autor y el título de ese trabajo. Si así lo hace, le agradecemos por el espacio y el tiempo que nos regala al evitarnos referencias que ya serán conocidas para quien se adentre en la lectura de la tercera y última parte de estas Coordenadas.