103 años de comunismo, por Bernardino Herrera León

Twitter: @herreraleonber
A los efectos, comunismo y socialismo significan exactamente lo mismo. Se encargaron de aclararlo llamando socialistas a sus países, mientras bautizaron como comunistas a los partidos únicos que los gobernaban. Hoy, muchos partidos socialistas en el mundo asumen el marxismo o una versión de éste como guía teórica.
La confusión comunista-socialista se prestó para amortiguar los prematuros y escandalosos fracasos socialistas. Desde 1930, el experimento soviético se tornó impopular. Por eso, el Comiterm, fundado por Lenin para coordinar a los partidos comunistas de todo el mundo, ordenó a sus acólitos alianzas en frentes con otros partidos. Un modo de hacerse con el poder, para avanzar en la expansión comunista, antes de sentarse a esperar el profetizado alzamiento proletario que nunca ocurrió.
El frentismo contribuyó con la confusión de los términos. Aprovechado astutamente para cambiar de personalidad y rostro, según conveniencia y coyuntura.
Comunistas de las siguientes generaciones dejaron de autocalificarse públicamente como tales, incluso a negarlo, para ostentar orgullosos el auto título de socialistas.
De la Primavera de Praga y el Socialismo con rostro humano, a la izquierda mundial le dio por llamar socialismo real al club soviético y chino para diferenciarse en prudente distancia. El socialismo pasó a ser democrático, librándose de la rémora y las atrocidades de los comunistas asiáticos. Aquel modelo fue un error, un destiempo, un modo equivocado. Socialismo es la transición, el verdadero camino hacia la redención final.
Pero todos esos caminos condujeron a un mismo punto. A tiranías destructivas. A sociedades conflictivas y colapsadas. En ninguna parte, ninguna fórmula socialista funcionó. Todas fracasaron.
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103 años han sido más que suficientes para demostrar lo irracional y autodestructivo del socialismo, desde la Revolución de Octubre de 1917. En 1991, el imperio soviético colapsa y se disuelve sin ruido, pero el comunismo continuó polimórfico. El socialismo del siglo XXI, una copia trágica del legado.
103 años de trayectoria criminal. Estando o no en el poder. Provocando inútiles, costosas y empobrecedoras confrontaciones y guerras civiles. La macabra contabilidad de sus víctimas yace oculta por la meticulosa opacidad de sus regímenes y la inexcusable complicidad de la izquierda mundial.
Todos los regímenes socialistas-comunistas aplicaron formas tiránicas de gobernar o subvertir. Propaganda y represión son las dos modalidades para alcanzar o mantenerse en el poder. Nunca gracias al éxito social de sus recetas.
La propaganda ha sido desde siempre la forma política de falsificar la realidad. La mentira, la exageración, la manipulación han sido métodos para crear ídolos e idolatrías a proyectos políticos, candidatos, partidos o grupos. Las democracias arrastran aún esa rémora tóxica y dañina. No fue Joseph Goebbels el inventor de la propaganda. Fue Lenin quien la perfeccionó como herramienta esencial de su proyecto.
Y esa manipulación del lenguaje permite que un ideario político de pasado brutal y desastrosas consecuencias siga teniendo seguidores, convirtiendo a infiernos comunistas como Cuba, Corea del Norte y Venezuela en poéticas gestas de la lucha por el socialismo.
La represión la aplican de tres formas: asesinatos directos, prisión-torturas y hambrunas. Se agregan luego migraciones masivas como sangrías demográficas para deshacerse de las “masas” hambrientas que demandan presión social.
Según el Libro negro del comunismo, editado en 1998 por el excomunista e historiador francés Stéphane Courtois, se cuentan 60 millones de víctimas en China; 20 millones en la URSS; 2 millones en Corea del Norte; 2 millones en Camboya; 100.000 en los regímenes comunistas de Europa oriental; 100.000 en América Latina; 30 mil en África; 100.000 en España durante la represión en la zona republicana durante la Guerra Civil Española. Fueron asesinatos directos en cada país. No se cuentan los conflictos externos. Por ejemplo, la cruenta guerra civil entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, con más de dos millones de muertos.
Propaganda y represión. Sufrimiento y pobreza. Odios y violencia. La herencia que lega 103 años de comunismo apenas comenzamos a conocer y asimilarla, si eso es posible. Todas sus nefastas prácticas estaban inventadas desde Lenin y sus bolcheviques. Incluyendo modalidades delictivas para financiarse. Secuestros, asaltos, robos y coacción.
Lo perfeccionarían los Castro, en Cuba, las FARC colombiana y el chavismo venezolano con el narcotráfico, la legitimación de capitales, el chantaje y la esclavitud. El terrorismo de signo comunista en nada se diferencia con las horrendas masacres del Estado Islámico.
Ambas muestran extrema crueldad con las víctimas. Una ausencia total de piedad, ni el más mínimo rastro de humanismo.
El comunismo tuvo que reinventarse tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS. Nuevas opciones aparecieron desde 1960. Unas inspiradas en el del marxismo cultural del italiano Antonio Gramsci, sustituyendo a la obsoleta lucha de clases. En la Escuela de Frankurt inventaron la industria cultural como el nuevo villano a vencer.
El feminismo tardío evolucionó hasta la segregación supremacista. La ruidosa izquierda contracultural norteamericana convertida en antídoto contra la inteligencia humana. La ideología de género sofocando la comunicación con su asfixiante lenguaje inclusivo. Hasta la pederastia se ha sumado exigiendo el derecho “natural” de la sexualidad infantil. Los nacionalismos e indigenismos más xenófobos que nunca. Y así muchos nuevos pero envejecidos movimientos más.
Una nueva izquierda comunista ha surgido con rostro lavado y ropa recién planchada. Ignoran o niegan deliberadamente el pasado. O lo tergiversan. Para esa izquierda no existe discriminación de la mujer en los países islámicos sino únicamente en las democracias occidentales. Toda esta izquierda, ese Foro de Sao Paulo, ese Foro Social Mundial, ese Black Live Matter y otras progresías similares forman parte de un mismo cóctel comunista en el mundo, encubiertos en mestizajes ideológicos.
Pero la historia no deja de revelar lo que realmente son: logias de fanatismo irracional, donde se infiltran y mimetizan criminales y psicópatas que gustan de los genocidios.
Al final no hay nada, absolutamente nada de nobleza, ni de romance, ni de sublime ni de épico, ni en la teoría ni en la práctica del comunismo. En ninguna de sus versiones. Ni en las viejas ni en las medievales postmodernas de ahora. Sólo 103 años de ignominia, degradación y vergüenza.
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