38 escalones, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Han matado un hombre en la esquina cerca de casa, minutos antes de que yo cruzara esa calle. El hecho ocurrió cuando me dirigía a la frutería de los paquistaníes, cuya ventaja o castigo consiste en permanecer abierta hasta casi la medianoche mientras los empleados de los supermercados disfrutan en sus sofás de la generosidad que prodiga el tiempo de descanso. Fue así como lo he visto, tirado en la acera, con signos de haber sido apuñalado muchas veces.
Como esta ciudad no es Caracas, donde uno baja desconfiado a la panadería y en el trayecto ya está servido un abaleado sin que nadie se digne en prestarle ayuda o se pare averiguar sino que, al contrario, apura el paso, aquí en Barcelona la gente que sale a pasear el perro acaba rodeando al pobre cadáver y se pregunta ¿qué pasó? Era un tipo de unos treinta años, complexión gruesa y bajo de estatura, piel cetrina y cabellos negros en desorden. Vestía un pantalón negro y una chaqueta tipo militar.
Esta escena induce en los curiosos devenidos en detectives improvisados en aventurarse a pensar que podría tratarse de un ajuste de cuenta entre personas de la misma nacionalidad de los comerciantes noctámbulos, por lo que algunos sedientos de noticias –yo entre ellos– sobrepasan el límite del morbo e ingresan a la frutería con la excusa de comprar algo, cuando en verdad intentan descubrir una pista que resuelva o al menos los encamine a descifrar el homicidio.
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Llega la policía y pasamos de detectives prestados del barrio a mudos espectadores, testigos que no han visto nada, y quienes a las preguntas de los agentes nos limitamos a contestar que apenas nos acabamos de enterar, o que paseábamos la mascota o salíamos del metro rumbo al hogar cuando nos atrajo un tumulto jamás visto en este sector, tan ajeno al escándalo de la violencia.
Aparecen más unidades de refuerzo y las luces intermitentes y giratorias de los carros policiales dan la impresión desde lejos que han montado una discoteca en plena calle por lo que, al alboroto público, se suman ahora decenas de jóvenes en patinetes lo que obliga a los agentes a dispersar la imprevista conglomeración. Así que todos nos alejamos a nuestras casas y, mientras la policía se dispone a interrogar a los paquistaníes o mirar hacia las ventanas de los edificios en busca de testimonios creíbles, nosotros damos por cerrado el caso sin saber el motivo que ocasionó la muerte del desdichado.
Menos yo quien, al alejarme del sitio, coincido con un sujeto de unos cuarenta años que habla por teléfono y con voz casi inaudible dice algo así como “vamos a ver qué va a decir ahora cuando se entere que a su amante lo han despachado”. Volteo con prudencia y acuso cierto temor hacia mi interlocutor al descubrir que se trata del vecino fisiculturista del edificio.
Caigo en cuenta: su esposa es la rubia que me enloquece con su figura de modelo, las piernas esbeltas y el rostro de actriz de cine, cada vez que sube los 38 escalones de la escalera que distan desde planta baja a su apartamento. Me armo de valor y para dejar constancia de que no he escuchado nada, le comento al hombre “bueno, algo habrá hecho para merecer eso… o quizás se trata de una confusión”. Pero el vecino no contesta. Al contrario, me mira con gesto de desaprobación o hace que no entiende de qué le hablo y se cambia de acera. Yo apuro el paso y juro que a partir de mañana cuando la rubia suba por la escalera no ejecutaré el viejo truco de simular de que reviso el buzón en busca de cartas que nunca llegan, solo con el pretexto de verla subir la escalera.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España