A la luz de los puñales, por Carolina Gómez-Ávila

Lo que va de año ha transcurrido entre el brillo de los aceros y las esperanzas derramadas. Desde la instalación de la Asamblea Nacional tenemos la boca abierta, viendo desfilar una traición tras otra, algunas por miserias de espíritu y otras por dinero, que en política también revelan miserias de espíritu.
Perdí el candor cuando abracé la pragmática visión weberiana según la cual, entendiendo el poder como la esfera de Gobierno, la política es la lucha por obtener el poder, punto. Y una vez obtenido el poder, la política es la lucha por conservarlo y acrecentarlo, punto final.
Sobre la ética, en lo personal suelo elegir la ética de la convicción en vez de la de la responsabilidad. La primera obliga al buen proceder sin importar el resultado; la segunda, a proceder del modo necesario para que las consecuencias sean buenas. El mío, es un corsé incomodísimo para ser pueblo oprimido y, a todas luces, impracticable por políticos demócratas en tiempos de dictadura.
Pero no hay que confundir la ética de la responsabilidad con la ausencia de ética que autoriza a cualquiera a actuar a conveniencia, porque llegar a un fin éticamente bueno no necesariamente incluye alguna satisfacción personal.
En todo caso, para quienes vivimos de acuerdo con nuestras convicciones, es retador entender que a veces son necesarios medios éticamente dudosos para lograr algo realmente bueno; igual que aceptar —y esta es la peor parte— la posibilidad de que, junto con la consecuencia buena, también lleguen algunas verdaderamente malas.
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Además, esto no es algo que se pueda evaluar hasta mucho después de consumado. Nadie puede prever cuándo ni cuánto quedan excusados los medios utilizados en contra de la ética de la convicción, porque hay que esperar a evaluar los resultados según la ética de la responsabilidad. Para eso están los historiadores; a veces, siglos después. Mientras tanto, la pasamos muy mal.
Lo dicho serviría para distinguir entre quienes actúan por convicción, quienes actúan para obtener un resultado y quienes se escudan en cualquiera de estas opciones o, sucesivamente, en ambas, para actuar como les da la gana. O como les conviene, que es más o menos lo mismo. En este grupo se fraguan las traiciones.
Por otra parte, moralmente, creo que una de las limitaciones cognitivas que nos han impuesto las religiones, es aquel precepto incapacitante según el cual no hay que juzgar para no ser juzgado. Quiero destacar la transacción prometida, quiero destacar que el precepto no dice que es malo juzgar, sino que advierte de las consecuencias. Quiero decir que, bajo amenaza religiosa, generaciones dejaron de ejercitar su raciocinio y renunciaron a la batalla entre la ética de la convicción —no juzgar— y la de la responsabilidad —para no ser juzgado. Así hemos deshabilitado el tino para discernir entre quienes actúan por una u otra causa.
Y así hemos llegado al punto de no reconocer a los vulgares traidores, incluidos los que van “de lo simbólico a lo ridículo” porque, en esta circunstancia, no hay posibilidad alguna de lograr un efecto éticamente bueno arremetiendo contra la golpeada coalición democrática. Lo digo porque es la que aún está al mando del único Poder Público legítimo de origen y de desempeño. En esta oscurana, sus declaraciones sólo sirven para hacer brillar la luz en los puñales.