A Manuelita Sáenz, por Douglas Zabala

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En el aniversario de su nacimiento.
Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru, nació en Quito el 27 de diciembre de 1797. Revolucionaria ecuatoriana, amante de Simón Bolívar, quien aquel 25 de septiembre de 1828 la reconoció como «Libertadora del Libertador». Hija de Simón Sáenz Vergara, español, y de María Joaquina Aispuru, ecuatoriana.
Alejada sentimentalmente de su marido, en 1822 viaja a Quito acompañada de su padre para visitar a su madre. Es allí donde conoce a Bolívar, cuando este hace su entrada triunfal a la ciudad el 16 de junio de 1822. En Quito traban Bolívar y Manuela un gran amor. Comparten inquietudes intelectuales e ideales de la campaña libertadora. Ella toma parte activa en la guerra: monta a caballo, maneja las armas, es capaz de sofocar un motín en la plaza de Quito.
Al decir de Luis Perú de Lacroix fueron aquellos días de sosiego y combate en el Cuartel General de la Magdalena en Lima, cuando a su comandante se le ocurrió echarle el cuento, nada trivial, de la escaramuza que le tocó librar con quien en más de una vez lo arriesgó todo para evitar que a él nada le pasara ante los embates de sus enemigos.
Señala el general francés que, Bolívar desde su hamaca, atraído por el hálito de su amante le deja correr: «¡Encuentre usted alguna! Esta me domó. Si, ni las catiras de Venezuela que tienen fama de jodidas lo hicieron».
Así tuvo que haber sido, porque aquella fierecilla indómita le voló encima a Simón con la misma fuerza, celo y amor que le demostraba cuando sospechaba alguna deslealtad de cualquier santanderista, que al menor descuido le daba por conspirar contra su amado.
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«¡Ninguna, oiga bien esto señor, que para eso tiene oídos: ninguna perra va a volver a dormir con usted en mi cama! No porque usted lo admita, tampoco porque se lo ofrezcan». Le espetó Manuela enseñándole el zarcillo de otra mujer, encontrado por ella debajo de las sábanas de la cama del Libertador.
Lo amó desde aquel 16 de junio de 1822, cuando le lanzó un manojo de laureles, y hasta el último suspiro de su vida. Señora: Nunca después de una batalla encontré a un hombre tan maltratado y maltrecho como yo mismo me hallo ahora, y sin el auxilio de usted.
“Quisiera usted ceder en su enojo y darme una oportunidad para explicárselo. Su hombre que muere sin su presencia”. Termina despidiéndose Bolívar, en su epístola donde le pide cacao, consciente de su infidelidad conyugal a quien después en una fría noche bogotana, en contrapartida de su amor, le salvará la vida.
Cuenta la propia coronela que, aquel día cuando Bolívar se acercaba al paso de su balcón, tomó la corona de rosas y ramitos de laureles y la arrojó para que cayera al frente del caballo de Su Excelencia; pero con tal suerte, que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho del Libertador.
Fulgurante y profunda fue la relación entre esa pareja de gigantes. En tan poco tiempo tuvieron la oportunidad de librar, para sí y para la humanidad, las más bellas batallas de amor y libertad; ella lo reafirma en las postrimerías de su vida cuando terminó venerándolo.
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