Arma mortal, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Cuando entró y constató que las chicas de la caja y algo menos de una veintena de clientes del supermercado llevaban tapabocas, Jorge se avergonzó y condenó, en acto de arrepentimiento que le sonrojó, su negligencia personal más que su olvido. Sobre todo porque la semana anterior había tenido un malestar parecido a la gripe y él mismo ignoraba si portaba el coronavirus.
Una señora de unos 70 años, de piel reseca y abrigada en contra del calor del mediodía, le observó con gesto de reprimenda, pero Jorge hizo como si esa mirada de reprobación no le concernía y tomó la cesta para internarse en los pasillos hasta llegar a las frutas. A pesar de su intento por ocultar la falta cometida, pareció sentirse en un escenario de sombras que le perseguían porque, aunque intentasen disimular, la gente no dejaba de observarle. «No importa», dijo para darse ánimos, «me llevo esto y me largo», e introdujo en el cesto las tres manzanas, un aguacate, cuatro cambures y una lechosa; y aprovechó la proximidad para hacerse de una barra de pan.
Fue justo en ese inaplazable instante cuando sintió que estaba a punto de estornudar. Se contuvo, apretó los dientes como cuando de niño le sorprendía ese suceso en la iglesia y cerraba la boca llevándose además los dedos a la nariz. Así que presionó con fuerza las fosas nasales, último intento desesperado por evitar que se escapara, pero el estornudo superó todas las barreras atravesadas e irrumpió con la potencia estruendosa de un huracán.
Escándalo y confusión. Por segundos, no quiso levantar la cabeza porque, aún sin confirmarlo, tenía la certeza de que todas las miradas convergían hacia él. No le quedó más que excusarse de la manera más humillante, pero ese acto de reparar su indolencia no le fue perdonado.
Muchos clientes dejaron sus compras acumuladas en el carrito y se marcharon; otros, apuraron a las dos cajeras para que los atendieran rápidamente. A la espera de que se despejara la zona de la caja dio varios recorridos entre los estantes. Pero ya el mal estaba hecho. Su estornudo había liberado alrededor de 30 mil gotículas, mucho más pequeñas que viajan distancias mucho más grandes, y que fácilmente podían cubrir el espacio reducido de esta habitación. Sus gotitas alcanzaron velocidades de hasta 320 km/h. Días antes había leído que si una persona padece la covid-19 las gotas que despide en una tos o estornudo pueden contener hasta 200 millones de partículas de virus, y que hasta la fecha ha dejado 2.716.196 fallecidos en todo el mundo.
Desde luego que Jorge dejó de visitar ese lugar y prefirió comprar los alimentos en otros sitios, al enterarse de que alguien había estornudado ahí y contagió sin saberlo a varios clientes que luego fueron hospitalizados.
En su caso, Jorge –y ni él mismo está seguro todavía si se trata de un portador asintomático– su estornudo cubrió parte de la superficie del supermercado. No es exagerado, pero 20 días después, cuatro de sus vecinos cayeron infectados por coronavirus, dos fallecieron, otros permanecen hospitalizados. Nunca sabremos si estuvieron ese mediodía en que Jorge optó por desenfundar el arma de su irresponsabilidad y disparar contra varios desconocidos que gozaban de buena salud.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España