Caradura, por Teodoro Petkoff

Rómulo Gallegos, en Doña Bárbara, creó dos figuras arquetípicas: Ño Pernalete, el chafarote, y el bachiller Mujiquita, su cagatintas y adulante particular, encargado de darle forma “jurídica” a las arbitrariedades de su jefe. Ño Pernalete y Mujiquita hablaron de Petare. La mejor demostración de que es falso todo lo que dijeron es que mientras ambos vociferaron que la culpa la tenían los organizadores del llamado “Petarazo”, este se desarrolló tranquilamente a pocas cuadras de dónde la manada de energúmenos destruía impunemente el módulo de la PM y trataba de romper la barrera policial para atacar la concentración opositora.
Si estos “héroes de la revolución” no hubieran actuado no habría pasado nada. Del mitin no salió nadie a atacar a la PM o a PoliSucre o a la GN. Del mitin no salió nadie a lanzar lacrimógenas frente al hospital. El argumento de Rangel de que se había sugerido a los organizadores del acto que lo hicieran en otra parte y no cerca del “Pérez de León” es de un caradurismo balurdo.
¿Si el acto hubiera tenido lugar en otro sitio no habría habido agresión? Quien no lo conozca que lo compre. ¿Por qué coño no le “sugirió” a sus partidarios que no atacaran el mitin opositor? ¿Por qué el hijito de papá que es “alcalde” del municipio y dirige la policía, no controló a sus huestes e impidió sus desmanes? ¿Qué es lo que pretende el bachiller Mujiquita, que se acepte su tesis hitleriana de que la oposición está confinada al ghetto de las urbanizaciones del Este caraqueño? Nuevamente se ha utilizado la especie de que la mujer violada es la culpable de su violación. Según Rangel y Chávez, la oposición “provoca” a los mansos patoteros del oficialismo al realizar actos públicos en “territorio chavista”.
Ante todo, caballeros, bájense de esa nube. Hace rato que ya no hay “territorio chavista. Eso que actuó en Petare no es el pueblo sino una patota organizada, nada espontánea y más bien reducida, de activistas mercenarios, que contó con la pasividad, cuando no la complicidad, de autoridades de orden público que estaban llamadas a garantizar el derecho de la oposición a hacer su acto.
En una postura de sublime hipocresía, Rangel “lamenta” que no exista una “oposición democrática”.
Pero lo que tiene nerviosos tanto a Rangel como a Chávez es que sí existe una oposición que se esfuerza por actuar en el terreno democrático y marca distancia con el golpismo.
Cuando la oposición democrática asume con fuerza el camino electoral, Ño Pernalete y Mujiquita continúan acusando a actos públicos tan emblemáticos de la democracia, como los mítines, de ser parte de un “plan desestabilizador”.
Pamplinas. Lo que tiene paranoicos a los jerarcas de esta revolución de cartón piedra es que en el terreno de la institucionalidad y la legalidad no dan pie con bola. Por eso la mentira desmesurada, la amenaza hueca, la charlatanería irredimible, el caradurismo.