Cojea, por Teodoro Petkoff

En aquella no tan lejana época en que los Estados Unidos manejaban a la OEA como una palanca más de su política exterior, y sus secretarios generales (en particular un tal Baena Soares, brasileño) parecían prácticamente funcionarios del Departamento de Estado (y cuidado si no también de la CIA), América Latina se las fue arreglando, en los duros tiempos de las guerras centroamericanas, para ejecutar políticas autónomas respecto de los gringos mediante la creación de grupos ad hoc, que pudieran procurar salidas a tales conflictos, más allá del marco de hierro creado por la Guerra Fría.
Fue así como nacieron el Grupo de Río y, sobre todo, el de Contadora, posteriormente ampliado con el de Esquípulas, que fueron fundamentales en la procura de una salida política y electoral a la guerra nicaragüense de los años 80, y posteriormente a los dolorosos conflictos armados de El Salvador y Guatemala.
Un importante diplomático sueco de aquellos años, Pierre Schori, que se involucró mucho en el empeño pacificador que su país propiciaba, llegó a calificar a Contadora, como emblema de «la segunda independencia del continente». Se refería, obviamente, a la independencia respecto de los Estados Unidos. Nuestro país, a través de su canciller de entonces, Simón Alberto Consalvi, desempeñó un rol de gran importancia, reconocido por tirios y troyanos.
El Premio Nobel de la Paz, otorgado a Oscar Arias, para entonces presidente de Costa Rica, fue fraguado a lo largo del lento pero persistente, y al final fecundo, esfuerzo por llevar la paz al atormentado istmo centroamericano.
Contadora, Esquípulas y el Grupo de Río fueron expresiones de la irrelevancia de la OEA para la época, pero contribuyeron, paradójicamente, a que el organismo interamericano fuera adquiriendo lentamente la condición de foro necesario y respetable para los países del continente.
Lamentablemente, la conducta de su actual secretario general, en la crisis hondureña, haciéndose parte del problema y no de la solución, ha forzado la reaparición de mecanismos diplomáticos al margen de la OEA. El veterano Oscar Arias retoma su rol de gran mediador y entre él y la diplomacia yanqui, (que muy a tono de un Obama que ha hablado de un «nuevo comienzo» para las relaciones entre su país y las tierras al sur de su frontera con México), por una vez no se entromete en plan imperial y arrogante sino constructivo.
Por su parte, Zelaya parece haber comprendido que la matonería y las bravatas de su amigo Chávez no lo llevaban a ninguna parte, se dejó de tonterías y fue a buscar auxilio en el mismísimo imperio.
Si va a haber una solución política en Honduras no será ni a partir de la entrepitura de nuestro guapo de botiquín («agárrenme que lo mato»), ni del oportunismo de Insulza, quien se dejó hacer rehén, ya no del imperio, sino de ese grupo de presión de vocación subimperial que es el Club Tíramealgo, autodenominado ALBA. Otra vez la OEA cojea.