¿Comienza una nueva generación para la democracia en Latinoamérica?, por Luis E. Aparicio

Twitter: @aparicioluis
Cuando la noche del 19 de diciembre de 2021, en Chile se anunciaba la ventaja del candidato de izquierda, Gabriel Boric, los venezolanos del mundo virtual (al parecer lo único que queda como alternativa para suceder a la dictadura de Maduro) se lanzaron sobre su cuello y el que podría ser su gobierno, como si todos tuvieran el poder concebido por una especie de algún oráculo que les permite determinar qué tipo de situación se vivirá, a partir del momento de que este asuma la presidencia.
“Es mejor salir corriendo”; “Cuando un chileno me dijo que Chile no era Venezuela, preferí callar”; “No!, Chile, ¡No!”, eran las frases que me encontraba esa noche, y al día siguiente en las redes sociales. Incluso, muchos colegas dedicaron programas completos para explicar cómo el Socialismo del Siglo XXI, aquel mamotreto inventado por Chávez y que solo ha inspirado a autócratas, se estaba “saliendo con la suya”.
Mientras en grupos de redes sociales, dedicaban horas en el intento de “advertir” o “desarmar”, “el peligro” que representa, casi que, para el mundo, la llegada de un simpatizante de izquierda, como si fuera una novedad en Chile, tanto el candidato José Antonio Kast, como Sebastián Piñera, dos que se suponen del ala opositora a Bóric, no escatimaban esfuerzos en felicitarle, en reconocerle como presidente y en ofrecer su incondicional apoyo para el bienestar de los chilenos.
Es cierto que sobre Boric, como con cualquier otro candidato que triunfe en algunas de las elecciones pandémicas que están por venir, recae un gran peso de dudas sobre el camino que tocará elegir para la prosperidad o debacle de su país. Pero en el caso que nos atañe, esta ha sido la elección hecha por los chilenos, quienes por más de una década esa generación, la que Boric representa, esperaba el momento dispuesto a romper con el pasado de toda naturaleza dictatorial y de una transición vencida, para ir en busca de una mejor democracia.
Desde 2012, Gabriel Boric comenzaba a encabezar protestas para demandar igualdad y respeto para todos los estudiantes chilenos, que luego se convirtieron en reclamo colectivo y de allí el paso a ser el actual presidente. Su irrupción en la política luce conocida para los venezolanos: protestas estudiantiles que luego fueron convirtiéndose en la caja de resonancia de todos. Con esto podemos recordar aquel grupo de estudiantes que se destacaron en las protestas del 2007 con sus manos blancas. Todos ellos compartían, aunque sea superficialmente, un solo objetivo.
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De esa camada de noveles dirigentes venezolanos, se esperaba el surgimiento de alguien así, como Gabriel Boric, lo que no ocurrió porque fueron arrastrados por las estructuras política tradicionales, incluso de gobierno, que les cautivaron con espejos para que pudieran descubrir sus egos y de allí, abandonar el objetivo que les había unido en 2007, hasta convertirse en otros más del viejo estamento que desde ese momento se combinarían con la estructura de la democracia instaurada desde los años sesenta hasta el modelo autócrata de Hugo Chávez.
Por suerte, en su intento por continuar una carrera política, Boric quiso tener contacto con algunas estructuras políticas, todas de izquierdas, cosa que no logró. Incluso se cuenta que obtuvo la dirección de correo electrónico del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, a quienes les envió un mensaje para hacerse parte de esa estructura, pero nunca consiguió que le respondieran.
Por eso nos atrevemos a decir que la suerte le acompañó y no se dejó seducir por la muy tradicional manera de llevar la política en Chile.
A Boric, le presionará el reclamo de un país que desea ser más igualitario e inclusivo. Un país que, si bien es cierto mantuvo un crecimiento económico importante, lo hizo abandonando al de escasos recursos, con lo cual aumentó el malestar en la mayoría. Más del 25 por ciento de la riqueza que se produce en el país está en manos del uno por ciento de la población, según datos de las Naciones Unidas. Por cosas como estas emergieron al mundo de la política tanto él como el otro candidato, también de ofertas diferentes y extremas, José Antonio Kast.
Los chilenos apostaban a candidatos diferentes, más que por aprovechar una nueva oportunidad ofrecida por la democracia, lo hacían para intentar cambiar el panorama económico de bajos salarios, altos niveles de deuda y fondos insuficientes para los sistemas de educación y salud pública. Encontrar una solución a estas dificultades, fue lo que motivó el alto porcentaje de participación electoral en Chile que se lanzó a la riesgosa búsqueda de una alternativa diferente a la que han visto durante los años de democracia que lleva ese país. Ya no quieren una dictadura, pero tampoco quieren un sistema que les mienta, arruine, les aleje de la independencia institucional y coarte sus libertades como copia de modelos fracasados.
Por demás se entiende que los venezolanos estemos dispuestos a emitir juicios de valor o a determinar, calificar o encasillar a cualquier propuesta que asome alguna posibilidad de cambio, de fijar posición en cuanto a la equidad, el cambio climático, la diversidad, el aborto y así sucesivamente, puesto que vivimos una nefasta experiencia que se ha confundido con todo lo que tenga que ver con la novedad, la transformación y por sobre todas las cosas lo que provenga de alguna propuesta desde la centro izquierda.
Esto porque, hasta ahora, se continua en esa confusión que los autócratas han aprovechado muy bien, la del disfraz que les ha proporcionado la izquierda, cuando en realidad ni se acercan a ser parte de ella y asumen el poder para no soltarlo, aunque de esto ya no solo es parte la izquierda sino también la derecha.
Antes de hacer los cálculos sobre el destino de Chile, los analistas deberían entender que a Gabriel Boric, le tocará enfrentar una economía muy golpeada por la pandemia, un Congreso dividido, las altas expectativas de los votantes y su decisión entre ser un moderado más o continuar con su oferta de cambio radical, lo que pudiera significar el caminar por la delgada línea entre el fracaso y el éxito
Algo si es seguro, nuestro análisis o caracterización, no va a detener que, en Chile, una nueva generación llegará el 11 de marzo del 2022 al Palacio de la Moneda, no solo para dirigir los destinos de los chilenos durante los próximos 4 años, sino también una generación que puede significar la gran oportunidad de renovación para la democracia latinoamericana si impera el respeto, la equidad y la libertad, puesto que de no ocurrir de esa manera puede figurar el ocaso de ella. Todo dependerá de las decisiones y el trabajo que tiene por delante Gabriel Boric, para dar o no, las razones de alarma de los, siempre, dispuestos analistas venezolanos.
Lo que sí es importante tener claro es que sobre él recae, también, la gran pregunta que, a quienes nos preocupa el futuro de la democracia, nos hacemos con su triunfo: ¿Es él el representante de la nueva generación que renovará la democracia?
Luis Ernesto Aparicio M. es Periodista Ex-Jefe de Prensa de la MUD
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