Coronavirus: una semana crucial, por Gregorio Salazar

Triste y duro es reconocerlo, pero a los venezolanos nos toca enfrentar esta temible epidemia en las peores condiciones y estando en las peores manos, pues son las mismas que en plena bonanza petrolera llevaron al país a un colapso generalizado.
22Es la realidad que tenemos enfrente y nadie, a ciencia cierta, puede atreverse a vaticinar hasta donde nos puede precipitar.
Conocemos demasiado bien esa retahíla del desastre y que en el caso específico de los recursos que se reclaman para atender la enfermedad significa tener hospitales desvencijados, un limitadísimo número de camas para cuidados intensivos, sin insumos ni para la limpieza, equipamiento paralizado o convertido en chatarra, sin medicamentos ni materiales médico-quirúrgicos y sin mucho de nuestras mejores capacidades humanas, como especialistas médicos y paramédicos, que formaron parte de una diáspora sin precedentes en el continente.
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Esa sigue siendo la situación a más de una semana de declarada la emergencia y cuando ya el régimen reconoce más de cuarenta personas contagiadas. Con ese cuadro poco podía tardar en tragarse todo su discurso delirante contra el Fondo Monetario Internacional (FMI) y tocar sus puertas con una mano adelante y otra atrás.
Se necesitan, ciertamente, recursos en cantidad importante porque no bastará guindársele al cuello a los chinos, que aún no han terminado de librarse de la enfermedad que irresponsablemente negaron hace tres meses en pleno ascenso, para que estos asuman la responsabilidad de salvarnos de las dimensiones que eventualmente puede alcanzar la propagación del virus.
El presidente encargado Juan Guaidó, después de señalar que debemos seguir los mecanismos dispuestos para tener una mayor atención a los pacientes, ha afirmado que “es necesario acudir a préstamos al FMI. Hoy más que nunca es imperativo la ayuda humanitaria. La dictadura reconoció que hay una emergencia humanitaria”.
Ideal sería que esos recursos se aprobaran y fueran colocados bajo la supervisión de un equipo multidisciplinario en lo científico y plural en lo político para optimizar su uso y garantizar la transparencia administrativa. Sería un gran paso de avance en todos los terrenos.
Más que nunca habrá que apelar a la importación de alimentos. Y de dónde, preguntamos, podrá obtener rápidamente recursos suficientes un país que destruyó su industria petrolera, eje histórico de nuestro desarrollo durante cien años, y cuya menguada producción de crudo amenaza con romper el piso de los 20 $, que además es de los menos rentables y enfrentando problemas de mercadeo y transporte por las sanciones internacionales.
Es previsible que a medida que se prolongue la cuarentena la incertidumbre se instale hacia el interior de cada hogar, no sólo por la necesidad de mantener reservas alimentarias, sino porque la cadena de suministros, nacional e internacional, tiende a romperse. Hasta el desabastecimiento de gasolina incidirá en ello. Mucho se ha reiterado que si esto se prolonga, como pareciera, las familias se verán atrapadas entre el temor al contagio y el hambre.
En un país donde el errado modelo económico socialista, estatista y expropiador terminó por desmantelar el aparato productor, precarizar el empleo cuando no desaparecerlo, destruir la capacidad adquisitiva de los trabajadores y desatar la inflación más alta del mundo, preguntémonos cuál es la capacidad de ahorro de las familias para enfrentar tan terrible circunstancias sanitarias y alimentarias.
Entramos en una semana crucial para dilucidar los escenarios que nos esperan. Es exigible que nuestra dirigencia política, oficialista y opositora, actúen con la responsabilidad requerida, lo cual ya sería un gran acierto.
En lo personal, para evitar el contagio nadie puede hacer más que nosotros mismos. Entonces, nada, a quedarse en casa y que la cuarentena nos sea leve.