Cuarenta y cinco años de la muerte de Salvador Allende, por Sergio Arancibia

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El 11 de septiembre se conmemoran los 45 años de la muerte de Salvador Allende en medio del bombardeo del Palacio de Gobierno, en Santiago de Chile, por parte de los militares que, encabezados por Pinochet, no solo se plantearon derrocar a un presidente constitucional, sino que clausurar por medio de la fuerza un período largo de la historia nacional signado por el desarrollo creciente de la democracia.
Salvador Allende se planteó llevar adelante las transformaciones que Chile necesitaba en su estructura económica, política y social, sin sacrificar en el intento las libertades políticas que los chilenos habían conquistado y desarrollado a lo largo de muchos años de lucha y de sacrificios.
Comprendió Allende, tempranamente, que el desarrollo político de Chile hacía posible llegar al gobierno sin el despliegue de la violencia, como se imponía en otros espacios de nuestra América, o como se desprendía de los textos más leídos y difundidos en los ámbitos del movimiento revolucionario mundial. Pero Allende no se limitó a plantear una original teoría política, sino que fue el líder y el organizador incansable de un vasto movimiento político y social que se fue abriendo paso durante varias décadas en la historia del país. Su vida entera estuvo presidida por esa consecuencia entre su pensamiento y su accionar político.
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Allende llevó adelante su gobierno – de profundo e indudable talante transformador – manteniendo al mismo tiempo el ejercicio pleno de las libertades democráticas y el respeto a los derechos humanos – que eran patrimonio del pueblo chileno, las unas, y patrimonio de la humanidad contemporánea los otros. No hubo durante su gobierno ni un solo preso político, ni radios o periódicos clausurados, ni parlamentos que no pudieran ejercer a plenitud su derecho a legislar y a controlar al Ejecutivo.
Pero se multiplicaron las organizaciones de obreros, campesinos y vecinos, que ejercían un poder efectivo en su ámbito de acción y que generaban en sus protagonistas un sentimiento real de dignidad y de poder. Al mismo tiempo, el gobierno de Allende supo canalizar la inmensa capacidad de creación, de sacrificio y de entrega que bullía en el alma de miles de chilenos, especialmente de la juventud, que llenó Chile de cantos, de esperanzas y de alegrías.
Fue, para los que vivimos ese proceso, un momento hermoso de nuestras vidas, por lo bello del proyecto de sociedad que se respiraba, y por el clima de libertades en todo ello se realizaba
Ese proyecto de sociedad interpretaba no solo a los chilenos, sino que vastos sectores políticos, intelectuales e incluso religiosos de los países de occidente vibraron y apoyaron este insólito proceso, que habría para sus propias sociedades espacios y esperanzas de cambio y de libertad. Por ello, Chile y Allende estuvieron en el centro de las expectativas mundiales, y llenaron a Chile y a los chilenos de dignidad y de responsabilidad.
Por ello, también, el proyecto político de Allende, de cambios profundos en democracia y libertad – expresión de su lucidez política – sigue abierto como una esperanza para el mundo contemporáneo. Si a todo lo anterior sumamos el coraje, la valentía y la dignidad con que Allende supo enfrentar sus últimos momentos de vida, no podemos sino comprender que su figura se acreciente y se universalice con el correr de los años.