Delcy Rodríguez, diplomacia en pie de guerra #Perfil

Paradójico que no sea muy apegada a los límites hallaría contradicción entre respetar pautas y protocolos y ser libertaria y revolucionaria- y esté a cargo, precisamente, de los problemas que dirime el país con Guyana y Colombia, observan boquiabiertos los analistas políticos. Asombroso que se le asignen responsabilidades diplomáticas, esas que implican mesura y paciencia, donde la forma es parte del fondo, quien habla con verbo pugnaz y detenta un talante «incendiario», según excepcionales testigos del servicio exterior. «Es como aproximar gasolina al fuego, ojalá no haya sido nombrada para subirle el volumen a las tensiones…».
Abogada por la Universidad Central -y activista del movimiento estudiantil cuando las aulas- inició su trayectoria en relaciones exteriores de manera incidental, luego de no concluir el posgrado de Derecho Laboral que estudiaba en Francia; «no aprobó todas las materias», arriesga un funcionario de la Casa Amarilla que prefiere el anonimato. Lo cierto es que el gobierno le tenderá la mano con una sorprendente propuesta: que viaje de París a Londres como la nueva agregado cultural 3 del Consulado de Venezuela. En Wrafton Way comienza su trayectoria empírica en la compleja carrera diplomática, apuntalada por la audacia y aupada por la causa común, así como también arranca la leyenda que acompaña su verbo de llamas.
Una trifulca con la ministro consejero, una diplomático de impecable trayectoria -la embajadora en el Reino Unido, Silvia Dorante-, marca el inicio de una serie de boutades que protagonizará Delcy Rodríguez »es que tiene tendencia a desconocer las jerarquías, no cree en rendirle cuentas a un superior ni en la disciplina», confirma alguien enterado del episodio-, la de la ganada fama de contumaz. Se le atribuye un rimero de frases cada una cual más altisonante. Por ejemplo: «Los funcionarios de carrera traicionaron aquí, en estos pasillos, la soberanía nacional», habría dicho en la Cancillería. Fue ella quien habría presionado a Hugo Chávez para que derogara el nombramiento de seis embajadores -ya en camino a Miraflores para el acto oficial, casi listas las maletas- y no los enviara a sus destinos, porque eran un puñado de escuálidos. También habría enfilado sus baterías contra el propio Chávez. Incómoda por un llamado de atención que le hizo el Presidente en una gira a Moscú le espetó «un no seas tú tan (aquí una palabrota)».
El Presidente la despidió y tuvo que regresar de inmediato a Venezuela, en otro avión; ya no integraba la comitiva, ni era parte del elenco. Por un tiempo tuvo que mantenerse en bajo perfil. Chávez no quería ni verla; pero impulsivo igual, hombre de obsesiones, también queda clara su laxitud; pronto despacharía el enojo.
Jorge Rodríguez, en la irreductible hazaña de ganar elecciones, le conseguiría el perdón anhelado y volvió a incorporarse a las filas rojas donde su hermano es un ungido. En tiempos de nepotismo y apellidos repetidos en la burocracia, la estrecha alianza entre ambos sería una circunstancia especial; comparten un dolor idéntico e histórico: la pérdida del padre; añádanse las circunstancias en la que esta se produjo.
DOLOR ACUMULADO
El 25 de julio de 1976, Jorge Rodríguez (padre) murió a manos de los policías que lo torturaron -y fueron apresados. No lo violaron con fusiles, no le dieron batazos; en este impío caso serían los golpes en zonas vitales los que producirían dicen las fuentes- el infarto que desencadenó el terrible deceso. Aprehendido por su vinculación con el secuestro del industrial estadounidense William Niehous -en la hipótesis de testigos de entonces, asociado con el golpe contra Salvador Allende-, querrían los gendarmes que soltara prenda sobre el paradero del Presidente en Venezuela de la Owens Illinois. Que duró tres años en manos de sus captores, puros miembros de la Liga Socialista, Rodríguez entre sus más conspicuos integrantes (también Maduro).
El dolor tiende a afincarse y puede ser voraz en su afán. Y volverse algo más complejo, más triste, tóxico. Hacer migas con el encono. Los hijos del político señalado como sedicioso quedan huérfanos muy pronto.
Jorge, el psiquiatra y ahora alcalde, no había cumplido los 11, y Delcy, la canciller, sumaba 7. José Vicente Rangel estaría tan pendiente del proceso político posterior como de ellos.
Para algunos es tan inevitable como obvia la marca dejada por este horror, y atravesaría sus biografías, sus decisiones, incluso sus afiliaciones políticas. Serán parte de la nomenklatura del traumático gobierno por ineficaz, por desalmado, por depredador- que escoge sus mártires y víctimas, sus causas y banderas. No todos los pobres, no si son bachaqueros, las alianzas internacionales preferiblemente con dictaduras y nexos con algunos pueblos sufridos, menos el semita. «Sienten que el mundo está en deuda con ellos», desliza un líder vinculado con el marxismo. «Hubo muchos errores en los sesentas cuando la lucha armada, los resentimos, y también los cometimos, puedes aceptarlo o no, lo que sí no debes es seguir cometiéndolos».
ENTRE DESPACHOS
Delcy Eloina Rodríguez Gómez (Caracas, el 18 de Mayo de 1969) ostenta un currículo de lujo: vicecanciller de Relaciones para Europa; ministra del Despacho de la Presidencia; coordinadora general de la Vicepresidencia de la República; ministra para la Comunicación y la Información, directora de Asuntos Internacionales de Petróleos de Venezuela, y desde el 26 de diciembre de 2014, canciller o ministra del Poder Popular para las Relaciones Exteriores, la primera mujer en ocupar este cargo. «Es acertadísima esta designación, Delcy es una joven luchadora, a la altura de llevar el apellido de su padre», diría el inefable Ernesto Villegas.
Luchadora designada para oficios de paz. Rodríguez está ahora en la mira. Mientras ve como problema no que Venezuela viole el espacio aéreo colombiano sino que Colombia lo denuncie, mientras toma por terrorista a Leopoldo López cuyas protestas pacíficas lo han convertido en el más apetecible preso político, el país arde. Vulnerable en plan de beligerancia, interesada al parecer en los libros, quién sabe cuáles y de qué manera entretanto su hermano descubre su vena de escritor-, no creerá lo que ha dicho el autor Eduardo Liendo, otrora preso en la Isla del Burro: que nunca sería tan bárbaro un gobierno contra sus opositores como ahora.
En algún momento asociada sentimentalmente con Fernando Carrillo, soltera y de baja estatura, en las fotos luce muy parecida a su padre, con todo y sus ojos caídos.
Deja un comentario