Derechos Humanos, por Luis Alberto Buttó

Twitter: @luisbutto3
En su condición de práctica asaz deleznable, la violación de los Derechos Humanos corre paralela a la ausencia de democracia, o cuando menos al resquebrajamiento de ella. Es parte fundamental del memorial de agravios que sobre la población que los soporta deliberadamente causan los sistemas políticos asociados al autoritarismo y/o al totalitarismo. En esencia, no puede ser de otra manera. Regímenes de este tipo tienen como norma de subsistencia el cercenamiento de las libertades políticas, civiles y económicas correspondientes a la modernidad.
Tal conducta política, cuando erigida acción gubernamental y/o estatal, responde al hecho de que para los sistemas políticos apartados o negadores del canon democrático el ejercicio ciudadano constituye desavenencia, cuestionamiento u oposición inaceptable, a los dictados del poder establecido, posibilidad real de que el modelo de dominación pierda fortaleza y sustentabilidad en el tiempo. De allí, la necesidad de pisotear los Derechos Humanos para erigir un contexto político donde lo que menos importa es el respeto a la condición humana.
Leer que desde la principal instancia garante, el Estado, deliberadamente, con saña condenable de por medio, se ignora el compromiso y la obligación de mantener operativos los mecanismos de detección y protección que hacen posible que los Derechos Humanos sean algo más que entelequia jurídica, es leer que se ha llegado al punto en que, por consideraciones políticas, bastardas de origen y por funcionamiento, el disenso se abomina y la persona humana se cosifica.
En otras palabras, leer violación de Derechos Humanos es leer sometimiento; es leer iniquidad.
En tiempos llamados desde fuera, o autoproclamados revolucionarios, la gravedad del asunto es mayor, si cabe la gradación ascendente. Esto es así, en tanto y cuanto, los Derechos Humanos son dejados de lado con el pretendido aval o justificación de la necesidad de conquistar bienes supremos, como la construcción de una nueva sociedad; intangible que, por descartado, nada tiene que ver con la auténtica felicidad del género humano, entrelazada como indisolublemente está con la posibilidad real de que el hombre sea responsablemente libre al no someterse a cualesquiera designios despóticos.
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Los Derechos Humanos son absolutos: no se violan en menor o mayor cuantía. Se violan y punto. Sin lugar a dudas, ofenden aún más las medias tintas al respecto. Ni las creencias ideológicas ni las solidaridades políticas pueden servir de basamento para minimizar o relativizar el acto condenable de que Derechos de este tipo hayan sido violentados.
Solo la estolidez puede jugar algún papel en tal sentido. Lo inadmisible es eso: inadmisible. Téngase en cuenta que aquí el tiempo no borra las heridas; la justicia sí.
Frente a la violación de los Derechos Humanos no cabe el silencio. Mirar para otro lado, cuando hechos de esta naturaleza se suceden, es abonar, consciente o inconscientemente, el terreno donde crecen, con soberbia y desparpajo, la impunidad y la injusticia. En este ámbito, los vocablos comisión y omisión caminan hermanados. La defensa de los Derechos Humanos es cuestión de principios, si se los tiene. La memoria histórica no puede diluirse. Al ocurrir, los desmanes cometidos deben sancionarse y el dolor de las víctimas debe resarcirse. Por si acaso, es bueno recalcar que el tema no va de coyunturas; va de compromiso universal.
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