Desconcierto, por Fernando Rodríguez

Mail: [email protected]
En estos días, y para no extendernos, leemos en la prensa la singular indignación de la Unión Europea por la aprobación por el tiranuelo fascista de Hungría de una ley contra los derechos de los homosexuales (grosso modo, no puede haber mensajes de ninguna especie dirigidos a los menores de 18 años que toquen el tema).
El gorila Orban va a pagar un precio alto por esa disposición que se suma a la paulatina instauración en su país de un régimen ultraderechista abominable. O leo igualmente que Argentina, en un muy distinto espacio político, acaba de poner en práctica una ley que abre las posibilidades de trabajo a los transexuales; después, por supuesto, de haber aprobado hace unos meses la trascendental ley que liberaliza el aborto. O que la otrora muy conventual España ha aprobado la ley de la eutanasia y el suicidio asistido. Y dejemos aquí los más recientes ejemplos del derrotero por el que camina el mundo en pos de dotar a los humanos de la soberanía plena sobre sus vidas, sobre su mismidad inalienable. Muy justo combate, todavía incipiente, a decir verdad, pero que cada día gana nuevos y decisivos terrenos y voluntades.
Esta mínima introducción solo quiere servir para evidenciar que en Venezuela estos temas morales capitales no figuran sino en las agendas de muy limitados grupos militantes y no tienen presencia en el debate nacional, nunca la han tenido. ¿Por qué? No lo sé y me intriga no saberlo, pues es un gran tema epocal y mundial.
Recuerdo el entusiasmo de las militantes feministas, chavistas y antichavistas con el triunfo de una posición que se proclamaba, en la medida que sus escasas luces se lo permitían, de izquierda, revolucionaria, marxista, cubanófila… por ende, pensaba uno, atea o al menos fuerte defensora de un Estado laico que ignorara cualquier dogma religioso para establecer los itinerarios de una ética cívica. Tanto más que esos pequeños grupos feministas habían logrado, al menos para sectores ilustrados, entusiasmos por las nuevas perspectivas que se abrían para la realización humana. Y, por otra parte, los usos y costumbres de la mayoría habían cambiado notoriamente, se habían liberalizado ampliamente.
Los novios fornicaban y la virginidad era un mito perverso, divorciarse no era una tragedia, los homosexuales ocupaban lugares destacados en los diversos ámbitos sociales y reivindicaban abiertamente la legitimidad científica de su escogencia sexual, la censura se había retirado de muchos frentes y así. De manera que mucho se podía esperar de esa modernidad incipiente y los nuevos líderes, a pesar de sus uniformes y manifiesta pobreza intelectual.
Pues no. El ambicioso paquete de reformas que se ofreció a los constituyentes no dio para nada o para muy poco. Lo más notorio fue esa extraña variante del idioma que les ponía falos y vaginas a las palabras, para despertar la ira de la Real Academia de la Lengua y para que algún tomador de pelo tradujera un poema de Rafael Cadenas a la antiestética neolengua. Algo pasó allí. Una amiga muy versada y combativa me contó de arreglos entre el gobierno irresponsable y sin ideas y la o las iglesias; es más, me aseguró que el gran inquisidor fue el saltimbanqui de Hermann Escarrá. Las feministas se dividieron y de esos temas no se volvió hablar.
De Chávez se dice que fue ateo, hasta blasfemador y comecuras, seguidor de babalaos, proevangélico, místico católico ante la mar que es el morir y algún otro camino al más allá. Se le apareció a Maduro en forma de un pajarillo, pero no tematizó nada.
Por otra parte, la Iglesia católica, que al fin y al cabo es la más nuestra, salvo algún descarriado, ha sido antichavista y ha estado al lado de los opositores aun en momentos muy álgidos. De manera que tampoco es cuestión de complicidad ideológica.
Total, que si de alguien se puede celebrar en nuestra historia reciente es, vaya paradoja, la ministra de la mujer, del muy devoto socialcristiano Luis Herrera Campíns, Mercedes Pulido de Briceño, que cambió en pro de los derechos de la mujer nuestro arcaico código civil.
¿Usted entiende? Sería interesante que lo hagamos al menos tema de conversación.
Fernando Rodríguez es filósofo. Exdirector de la Escuela de Filosofía de la UCV.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo