Difícil decisión, por Marcial Fonseca

Las tareas de la casa eran ciertamente muchas para ella, pero nunca se quejaba. Recogía la postura de quince aves de corral y de esa producción dejaba algunos huevos para el consumo doméstico y el resto iba a la bodega de su compadre, sita cinco kilómetros, en burro. Con los puercos, el trabajo era menos cansón, simplemente limpiar con un chorro de agua el piso de la cochinera. Y durante agosto le tocaba la cosecha de jojotos; tenía la esperanza de alcanzar unos cincuenta sacos de maíz para colocarlos en las otras pulperías.
Al final de la tarde venía el momento más íntimo con su esposo, ya bastante mayor este, y era la bendición entre ambos a la comida preparada por la mujer. Al día siguiente a ella le tocó ir al pueblo a hacer unas compras; de regreso a su casa se dio cuenta de que le faltaba su reloj de pulsera, un Mulco, que era un regalo muy apreciado por ser un obsequio de su padre en sus quince años. La desesperación la llevó a buscar ayuda en el cielo.
La mujer oyó una estentórea voz que le decía:
–¿Qué os acongoja?, mujer –en verdad que los dioses son exquisitos al hablar.
–Mi Señor, se me perdió mi reloj en el río y me sentiría muy triste si no lo recupero.
Se produjo un fuerte ventarrón, un árbol cercano sintió el efecto eólico: una rama se resquebrajó, luego se rompió, cayó al agua y una fuerte ola escupió un reloj, ella lo examina, era un Longines, no era el suyo y lo devuelve al agua; se repite la escena, esta vez era un Patek Philippe, también lo regresa; al final aparecen tres relojes, los dos anteriores y el extraviado. Oyó que el viento susurraba, Son todos tuyos, te los mereces por tu honradez. Ella se fue muy agradecida a su casa por las dádivas del Señor.
La cena, aparte de muy frugal, tuvo como tópico de conversación la recuperación milagrosa, y con ganancia, del reloj. El esposo se sonreía por la suerte de su mujer. El resto de la velada fue ver televisión.
Una semana después ya los temas de charla volvieron a hacer inocuos; y luego volvieron a ser interesantes: se acercaba la ribazón y a ella le gustaba mucho ese espectáculo. Para esta temporada habían refaccionado la canoa y en ella se adentraron al río, y dejaron tres atarrayas desplegadas en la orilla.
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Uno de los anzuelos se puso muy tenso, él trató de manejarlo, perdió el equilibrio y cayó al agua. La esposa inmediatamente imploró a Dios que rescatara a su marido.
–Como has sido una mujer de bien, aquí lo tienes –Dios introduce su brazo en el agua y le trae a Brad Pitt–; ¿es este?
–Sí, sí, mi Señor.
–PÉRFIDA, ¿cómo osáis engañarme?
–Señor Todopoderoso, yo prefiero sacrificarme con Brad Pitt porque si digo no a él, me traerás, digamos, a Keanu Reeves, también diré no; y entonces me traerás a Brad Pitt, a Keanu Reeves y a mi esposo. Yo, mi Dios, decido ser adúltera sencilla; así que me quedo con Brad.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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