Dos juanes y dos julios, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

Hablar del doctor Juan Requesens Gruber es referirse a uno de los grandes nombres en el campo de la Traumatología venezolana, especialidad en la que es reconocido como un experto en cirugía artroscópica de rodilla. El colega Requesens Gruber puede exhibir con orgullo una impecable hoja de servicio a Venezuela como miembro que fuera del cuerpo de Sanidad Militar, en el que alcanzaría el grado de coronel.
Tras largos años dedicados a la asistencia en el Hospital Central de las FF.AA “Doctor Carlos Arvelo”, el doctor Requesens Gruber se retiró al ejercicio privado, espacio desde el cual con frecuencia se haría cargo de los casos de muchos enfermos necesitados que sin recursos buscaban nuestra ayuda saliéndonos al paso por los caminos de la Venezuela más pobre. Duele hasta lo más hondo verlo ahora ahí, parado frente al portón de una cárcel oprobiosa, clamando ver al hijo escarnecido por los matones del régimen rojo.
Al doctor Julio Borges Iturriza, numerario de la Academia Nacional de Medicina (sillón XXIX) le hemos seguido durante sus largos años de trayectoria asistencial y universitaria, lo mismo desde el anfiteatro y la sala clínica que desde su copiosa bibliografía, de amplia circulación en nuestras facultades médicas.
Personalmente agradezco uno de sus más interesantes libros, Situaciones clínicas en neurología, publicado por el CDCH de la Universidad Central en 2007 con la coautoría de los profesores Mario de Bastos y Maritza Cotúa y que tan útil nos ha resultado tanto a mis estudiantes como a mí en el apasionante transitar por la enseñanza en los complejos caminos de la clínica neurológica. El maestro Borges Iturriza, médico y académico de brillante carrera, sufre hoy la inmerecida pena del destierro de su hijo que también arrastró a sus nietos, los queridos “cuatripochos”.
Con Juan Requesens hijo coincidí muchas veces en los pasillos de la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la UCV. Poco después vino a compartir militancia con nosotros y obtuvo la postulación de la MUD como candidato a diputado a la AN por Táchira. Debo decir aquí que no estuve entre los que acompañaron esa iniciativa, arguyendo que a un estado de la tradición y peso político como aquél debía dejársele en entera libertad para postular a sus propios liderazgos, seguramente más curtidos y de mayor experiencia que la que podía exhibir quien había sido hasta entonces un dirigente estudiantil.
Pronto quedaría demostrado lo equivocado de aquella posición mía, viendo a Juan “frentear” virilmente lo mismo en la acción de calle que en la tribuna de oradores del Hemiciclo mientras mucho político “zamarro” se hacía el “Willie Mays” en medio de la tormenta de estos tiempos. Nada más perverso que hoy se acuse a Juan de criminal y de asesino; ¡a Juan, cuyas muestras valor cívico debieran avergonzar a quienes no les quedó más que apelar a un arma y a un uniforme!
Con Julio Borges hijo me une una vieja amistad de al menos veinte años, cuando formé parte del grupo de fundadores de Primero Justicia en Miranda. Venía Julio de culminar sus estudios en Oxford y en los barrios de Baruta se le solía reconocer como “el juez”. Eran los tiempos de “Justicia para todos”, aquel programa televisado en el que Julio arbitraba en los contenciosos entre particulares a los que se hacía imposible acudir ante a la justicia ordinaria.
A muchos nos pareció entonces un abogado de la Universidad Católica demasiado “cuadrado” como para aspirar surgir en medio de esa particular cultura política venezolana que con extrema facilidad encumbraba como líderes lo mismo a reinezuelas de belleza que a peloteros, cantantes de joropo o militares felones. Con tesón, Julio construyó un partido nacional.
Alberto Müller Rojas, uno de esos chavistas que la posteridad terminó arrojando con justicia al olvido, advirtió en su día acerca de la “amenaza” que para la revolución llegarían a representar “esos amarillitos”. También con Julio tuve grandes diferencias. Como en aquel diciembre de 2005, cuando insistiendo él en la necesidad de ir a las elecciones parlamentarias, yo me alineé con la opinión contraria. Tuvo razón Julio entonces. Porque solo la mezquindad política venezolana puede negar hoy que los grandes avances de las fuerzas democráticas en Venezuela en estos años han sido posibles en elecciones a las que concurrimos compitiendo no contra un partido, sino contra el Estado.
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No a otra cosa debemos que sean hoy la AN y el TSJ en el exilio, designado por esta, los únicos poderes públicos en Venezuela legitimados por el mundo democrático. Pocos en la oposición han testimoniado mayor apego a las formas democráticas que Julio, incluso al límite de incurrir en altísimos costos personales y políticos. ¿Cómo es que ahora los herederos del putschismo criollo le hacen aparecer como responsable de un atentado?
Hoy, Juan y Julio, dos de los líderes nacionales que más fervientemente defendieran la opción por los mecanismos propios de la democracia como única vía para dejar atrás la tragedia chavista, pagan con cárcel y con exilio su decidida fe civilista, acusados de intentar perpetrar un crimen
¡Ellos, que con arrojo se pusieron junto a tantos otros al frente de aquellas marchas cívicas que la represión roja disolvía a sangre y a fuego! ¡Ellos, que se aferraron como nadie al último y único espacio institucional que aún respira en Venezuela – la AN- precisamente por ser civiles para quienes la deliberación era, es y será su única arma! ¡Ellos, que salieron a dar tan desigual combate contra la tiranía roja sin apuestas pueriles por intervenciones extranjeras, “colapsos” espontáneos o ridículos mesianismos!
De todas partes recibieron ataques, algunos de los más ruines por la espalda. Pero fue precisamente la potencia de su accionar político dentro y fuera del país la que acicatearía la represión roja contra ellos. Ninguna gira internacional de político venezolano alguno fue tan resentida por el chavismo como las de Julio Borges Juyent.
Pocos dirigentes se destacaron tan bravíamente en las protestas de calle o en la tribuna parlamentaria como Juan Requesens Martínez. Se entiende entonces que la represión chavista haya querido “quebrarlos” al mejor estilo de aquellos “gorilas” del Cono Sur que, apelando a siniestras doctrinas basadas en las tesis de la “guerra interna”, regaron de sangre este continente en los 70 y los 80.
Por eso yo, militante de base de toda la vida, ratifico sin dobleces, en esta hora aciaga, mis sentimientos de amistad y de estima personal hacia mis dos compañeros de lucha, Julio y Juan, hijos. Sentimiento que hago extensivo a sus padres, colegas a quienes he admirado desde siempre y que hoy sufren el dolor agobiante por el hijo víctima de la infamia.
A ellos ofrezco la solidaridad a la que se obligan los hermanos. Porque eso son Julio y Juan: hermanos de lucha. Y donde nos toque, por encima de toda la miseria humana vertida sobre nuestra Venezuela, el llamado a gritos a la construcción de un país libre nos volverá a encontrar otra vez reunidos alrededor de la mesa fraterna de todos los que amamos la justicia