Dos Romeros, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

“En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”
San Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador. Homilía del 20 de marzo de 1980, Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, San Salvador.
“Él vivió para el ideal al servicio del hombre. Ella supo acompañarle”.
Monumento a la memoria del doctor Arturo Romero y su esposa Coralia, fallecidos en la tragedia del Ballet Tico, 29 de junio de 1965, Choluteca, sur de Honduras.
Soy católico porque así lo mamé del seno de mi madre, que era una santa. Fue de ella de quien primero aprendí, entre mimos y alguno que otro chancletazo tan oportuno como certero, las grandes verdades del Evangelio. A su tenacidad de militante de la Acción Católica en Santa Lucía, allá en mi Maracaibo natal, debo la fe que hoy profeso y que ha forjado mi carácter. Como de mi padre, el abnegado pediatra marabino cuyo paso por las grandes escuelas mexicana y francesa jamás logró domeñar el fuerte acento zuliano que hasta el fin de sus días le caracterizó, modelé la vocación médica a la que sirvo. Catolicismo conservador “a la zuliana” y medicina atenta al drama humano tras el enfermo son las fuerzas que me integran; dos tradiciones distintas que en mi espíritu convergen mientras evoco la memoria de dos personajes que las entrañaron tan ejemplarmente como los dos grandes Romeros de El Salvador.
Fueron los hermanos separados de la Iglesia de Inglaterra los primeros en reconocer las superiores virtudes cristianas de monseñor Oscar Arnulfo Romero, a quien erigieron un memorial en la mismísima abadía de Westminster al lado, entre otros, de los dedicados a Martin Luther King –el ministro baptista mártir de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos – y al gran San Maximiliano María Kolbe, el cura católico polaco sacrificado en Auschwitz en el altar de la caridad más radical. Solo en octubre de 2018 la Iglesia Católica haría honor a su condición de santo.
El doctor Arturo Romero fue un destacadísimo médico salvadoreño formado en París. De vuelta a su país, aparece entre los fundadores del Colegio de Médicos. A sus muchas contribuciones en el campo de la dermatología sanitaria en la sufrida Centroamérica debemos el reporte de algunos de los primeros casos de esporotricosis formalmente descritos en este continente, no por casualidad entre braceros de los platanales de la tenebrosa United Fruit Company en cuya piel desnuda y lacerada se inoculaba con facilidad el terrible Sporothrix schenkii, hongo causante de dicho mal.
Eran miles de campesinos indígenas sometidos a largas jornadas de trabajo esclavo para que en las vidrieras y anaqueles de los supermercados de Nueva York y Boston nunca faltaran “titiaros” frescos primorosamente empacados para la marca Chiquita Banana. La lectura de su ensayo clínico al respecto, publicado en la Revista Médica de Costa Rica en 1948, todavía hoy impresiona por su lucidez y prolijidad.
El doctor Romero había encontrado asilo en la querida patria tica tras el exilio al que le forzó el desconocimiento de los acuerdos alcanzados como consecuencia del levantamiento de Ahuachapán del 12 de diciembre de 1944, a cuya cabeza se situó como el más formidable líder civil que jamás haya conocido la historia salvadoreña. Pero poner fin a la tiranía militar de Maximiliano Hernández Martínez y sus derivas autoritarias estaba entonces muy lejos – creo que todavía lo está- en tierras del “Pulgarcito de América”.
Fue salvajemente torturado por sus carceleros. La asamblea del Colegio Médico de Caracas, bajo la presidencia del doctor Carlos Travieso, abogó por las debidas garantías a su vida e integridad física. Pero serían los estudiantes de la Facultad de Medicina los que facilitarían su escape hacia Costa Rica, que le recibió y hasta ciudadano suyo le hizo. En la apacible San José, el doctor Romero desarrollará una intensa carrera que con justicia le sitúa hoy entre los fundadores de la modernidad médica costarricense.
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A Costa Rica prodigó el gran Arturo Romero los mejor de su talento y sirviéndola junto a su mujer Coralia, una destacada promotora cultural, rindió la vida en aquel trágico accidente del 29 de junio de 1965. Como la rindiera también tras su última homilía, años después, Oscar Arnulfo, el arzobispo santo que fuera ejemplo de apego a esa “opción por los más pobres” por la que el episcopado iberoamericano reunido en Medellín en 1968 clamara.
Ambos Romeros – el dermatólogo y el pastor- murieron envueltos en la fama de “comunistas”. Porque en esta Iberoamérica nuestra, el continente más atrozmente desigual del mundo, ocurre aquello sobre lo que advirtiera otro firme candidato a los altares a quien no casualmente también le llovieron en su tiempo calificativos similares: el brasileño Hélder Câmara, obispo de Recife, en mi época llamado “el obispo rojo”:
“Cuando alimenté a los pobres me llamaron santo, pero cuando pregunté por qué había gente pobre, me llamaron comunista”.
El venezolano en pobreza cruje aplastado al tiempo por las fuerzas del Estado y las del dinero. A quienes azuzaron una revolución marxista en Venezuela invocando el fantasma del “capitalismo salvaje” hay que decirles que, finalmente, aquí lo tenemos en su expresión más pura y dura y que han sido ellos quienes lo hicieron posible. Como a los que hoy claman por “aperturas” bajo el argumento de que todo “se está arreglando” y de que “la transición ya empezó y es económica”, señalarles que la resulta tras tanto ágape y reunión en las que tan sonrientes se les suele ver no ha sido otra que la de un remedo de sociedad de mercado en la que el derecho no existe y la vida humana no vale nada; un país en el que, con el billete verde como única ley, a nadie conmueve el drama de enfermos, emigrados, desempleados o desplazados, Con un buen escocés en la mano y la caja fluyendo, no pasan de ser un dato estadístico.
Reflexionando en todo ello hoy rindo mi modesto homenaje a estos dos egregios “guanacos” – como el resto de los centroamericanos se refiere a los salvadoreños- sin parentesco alguno entre sí, pero que en tiempos distintos encarnaron magistralmente sendas expresiones de ejemplaridad, cada una profundamente enraizada en las dos tradiciones que me constituyen como hombre: la de católico y la de médico.
Loadas sean sus memorias por siempre, acicate para mi espíritu en medio del desvergonzado relativismo moral de estos tiempos sin luz.
Gustavo Villasmil-Prieto es Médico-UCV. Exsecretario de Salud de Miranda.
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