Ecos de la insumisión, por Alejandro Oropeza G.

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«Son los débiles los que, sin odio ni violencia, se oponen a los fuertes, a los que detentan el poder. Debido a esa posición de debilidad y a los medios a los que en ocasiones recurren, suele suceder que, al menos durante cierto tiempo, se califique a estos insumisos de ‘terroristas’.»
Todorov Tzvetan, Insumisos, 2016.
Venezuela vive una paradoja dolorosa. Mientras el discurso oficial insiste en construir e imponer una narrativa sobre una mítica revolución liberadora de los desposeídos y abandonados de la historia, la realidad muestra un país marcado por el autoritarismo, la ausencia de Estado de Derecho, la relativización de la institucionalidad, el miedo y la precariedad.
Más de nueve millones de personas han huido en busca de futuro, libertad y oportunidades, y quienes se quedan sobreviven entre la escasez, el colapso de los servicios y la censura. Realidades que, en la práctica, configuran sin duda una nueva geografía nacional. En medio de este panorama, vale la pena rescatar una palabra que el filósofo e historiador franco-búlgaro Tzvetan Todorov convirtió en emblema: insumisión.
En su indispensable obra Insumisos, Todorov no habla de héroes épicos ni de gestas gloriosas, como las que pretende construir o apropiarse el procerato revolucionario criollo. Se enfoca en personas comunes, en ciudadanos (aun cuando se les despoje de tal condición) que se rebelaron contra sistemas totalitarios desde la coherencia ética, no desde la violencia; desde la verdad y no desde la demagogia o la oportunidad. Verdad que se coloca por encima de la propia concepción e ideal de patria. Insumisos nos recuerda y hace reflexionar sobre hombres y mujeres que dijeron «no» cuando el poder exigía obediencia ciega, cuando los descalificaba y les arrebata hasta la propia condición de seres humanos. Esa categoría, la de insumisos, describe muy bien a miles de venezolanos que, sin protagonismo ni titulares, resisten a diario el deterioro moral del país.
La insumisión en nuestra Tierra de Gracia adopta formas diversas. Está en comunicadores sociales que informan pese a amenazas, en maestros que enseñan con salarios simbólicos, en ONG que documentan abusos aun bajo hostigamiento, en ciudadanos comunes y líderes de base que se oponen a la mentira y anteponen la verdad de una realidad social devastadora sobre el discurso demagógico pseudo-triunfalista oficial.
También está en comunidades que, ante el colapso institucional y de servicios públicos básicos, crean redes y mecanismos solidarios de apoyo para sobrevivir y hacer frente a las carencias. Son actos pequeños, pero valientes e indispensables. Recordatorios de que el poder no puede controlar por completo a una sociedad que decide conservar su dignidad, su verdad, lo que se constituye en pesadilla para los jerarcas de turno. Pero, esa insumisión está irremediablemente presente y firme, en nuestros presos políticos que menguan en las mazmorras y que nutren su mirada de esperanza en el ínfimo rayo de luz de un sol tropical que les da soporte
Todorov advertía que la insumisión no busca destruir ni reproducir el odio del opresor. Ese es un riesgo latente en Venezuela: que cualquier transición futura caiga en el revanchismo, perpetuando ad infinitum nuevas formas de autoritarismo. La resistencia que realmente importa es la que se alimenta de valores y humanidad, no de resentimiento y venganza. Ahí está la clave: la insumisión debe emerger como acto moral antes que político.
Mientras el Estado, secuestrado por el afán discursivo revolucionario en el que pretende disolverse, se retrae y la crisis se profundiza, florecen formas de organización ciudadana que sostienen la esperanza; por lo tanto, una visión de futuro común, de nación, recordando a Ortega y Gasset. Hay iniciativas culturales que crean espacios de debate, asociaciones que defienden derechos humanos y proyectos educativos que mantienen viva la memoria, se promocionan y realizan encuentros ciudadanos para construir y consensuar alrededor de las agendas sociales y sus componentes: problemáticas, demandas y expectativas.
La diáspora se articula y crea liderazgos ad hoc compartidos y horizontales, poniendo en el centro de la reflexión la necesidad de organizarse para ejercer derechos desde la distancia, conculcados y negados por el régimen: identidad, voto (activo y pasivo), entre otros; y contribuir con la conquista de la libertad en la casa grande. La insumisión, en este contexto, es también construir: una trinchera contra el olvido y la deshumanización.
Ese futuro venezolano no dependerá exclusivamente de negociaciones políticas o presiones internacionales. Dependerá, sobre todo, de esa resistencia silenciosa que Todorov reivindicó: hombres y mujeres que, incluso sin garantías de victoria, deciden no entregar su conciencia. Ese gesto, repetido miles, millones de veces, es lo que mantiene a la nación, dentro y fuera del país geográfico, respirando.
La lectura de Insumisos invita a reconsiderar el papel de los intelectuales y de la sociedad civil frente a regímenes opresivos. Todorov insiste en que no basta con denunciar; es necesario construir referentes éticos que sostengan la dignidad incluso en tiempos de crisis. Requerimos precisamente esa ética de la insumisión: no solo una estrategia política, sino una narrativa que devuelva la confianza en sí, a una ciudadanía fracturada, dispersa, aterrada. El reto no es menor: reconstruir un país que ha sufrido la devastación económica y social implica sanar heridas profundas. Pero la historia demuestra que los movimientos cívicos más duraderos surgen cuando los ciudadanos, desde su cotidianidad, rehúsan convertirse en piezas del engranaje autoritario.
Se advierte que la insumisión es, ante todo, un acto de conciencia. En Venezuela, esa conciencia se expresa en pequeñas victorias: comunidades que recuperan espacios públicos, redes de solidaridad que suplen lo que el Estado niega, voces que desde el exilio se niegan a guardar silencio o a caer en la indiferencia y la entrega. Es probable que el camino hacia una democracia renovada no comience con gestos grandilocuentes y épicas universales, sino con la persistencia de estas resistencias éticas. Como bien señala nuestro autor, el insumiso «no pretende salvar al mundo», pero su ejemplo preserva la humanidad frente a los intentos de anularla. Hoy, más que nunca, el futuro venezolano dependerá de que esa insumisión se mantenga viva y logre urdir, desde abajo, las bases de una nueva convivencia.
Tal vez, y quizás sea esto lo más positivo de la realidad emergente, no haya héroes visibles en esta historia, pero sí una ciudadanía que, entre las carencias, negaciones de derechos y persecuciones, el exilio y el desarraigo, se niega a aceptar la deshumanización como destino. En ese gesto cotidiano de insumisión está la semilla de la reconstrucción. Venezuela, como enseñan las lecciones del siglo XX, no se salvará solo con discursos ni cambios de poder: se salvará si la ética de sus ciudadanos logra prevalecer sobre el miedo y la mentira.
Alejandro Oropeza G. es Doctor Académico del Center for Democracy and Citizenship Studies – CEDES. Miami-USA. CEO del Observatorio de la Diáspora Venezolana – ODV. Madrid-España/Miami-USA.
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