El anillo de tía Jenny, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Despertó más temprano ganándole por unos segundos a la alarma del celular. Con sigilo se puso la ropa que había dejado plegada sobre la silla y armó el bolso de cuero pero, al bajar la escalera y atravesar la sala en un intento por no hacer ruido, le asustaron los buenos días que emergían con ternura desde el fondo de la cocina. Su mamá había colado ya el café y tenía en el budare las arepas. Sintió que la traicionaba por esa huida sin despedida y se explicó con la coartada de no querer despertarla. Doña Ángela admitió sin darle importancia la excusa del hijo a quien no veía desde hacía nueve años. Le abrazó y acarició sus mejillas, tal y como lo hacía cuando lo enviaba a la escuela y le aconsejaba portarse bien.
Se sentaron a desayunar y de nuevo trajeron a Jenny a la mesa. Manuel evocó su sonrisa y Ángela dijo no entender todavía cómo su hermana y compañera muriera así, de pronto, «si apenas la semana pasada hablábamos tonterías». Pero antes de que Manuel fuese tocado por el sentimiento de culpa, su mamá cambió de tema y le pidió que le contara su vida en Melbourne, más allá de las conversaciones por teléfono. Manuel insistió en su historia fingida en Australia, un país lejano y hostil para triunfar, ante el cual sin embargo se sentía atraído.
Le mintió al repetir lo de pequeña empresa de no sé qué cosa que tenía con un australiano, y que ese era el motivo por el cual no venía con frecuencia a visitarla. Pese a que Ángela intuía que a su único hijo no le iba bien le creyó y se esforzó por obsequiarle una sonrisa llena de afecto y comprensión.
Digamos que evadieron el gotear silencioso de sus miserias, y comieron en paz. Tras la cálida y la plañidera despedida –coño, ahora sin tía Jenny, mamá se queda en verdad muy sola, pensó Manuel al besarla–, subió a la camioneta del pana Jesús quien le aguardaba y arrancaron. Ya en el aeropuerto, tras abrazar y darle las gracias al Gordo y el check-in en el mostrador, Manuel empezó a cerrar el capítulo Venezuela.
Por eso había preferido la aventura australiana, cuando los amigos del edificio hacían planes para emigrar a Miami, Lima o Madrid. «Estoy aquí, en el país al que me han llevado tantos atardeceres, y sin embargo trato desesperadamente de alejarme de él», pensaba, cuando de pronto entró una llamada de su prima. No era para despedirse porque Sonia y él se vieron en el velorio de tía Jenny y sintió de nuevo esa noche, cuando su prima vertió las lágrimas sobre sus hombros, aquellos deseos carnales que les acosaron y que los nexos familiares les impidieron consumar.
¿Qué coño me dices, Sonia?, repitió inútilmente porque había entendido perfectamente lo que ella le contaba pero era que buscaba desesperado otra versión del relato. Una explicación lógica, al menos la más verosímil. ¿Y cómo sabes tú que fue el Flaco?, le interrogó con desconfianza, mientras veía en la pantalla de la zona de embarque que en una hora arrancaría su vuelo.
Todavía anestesiado por la revelación de la prima, Manuel sorprende a Jesús con una llamada. «Gordo, coño, mi pana, discúlpame, pero ¿puedes dar la vuelta y venir a buscarme? que luego te explico». Dos horas después, Manuel había torcido su destino. Cambiaba su vida agitada pero invisible aunque fuese fingida en Australia por un asunto de honor, una culebra de barrio ante la cual no debía capitular.
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Desconcertada al verlo llegar de nuevo a casa, su madre preguntó qué había ocurrido pero Manuel no estaba para dar explicaciones. Subió a lo que seguía siendo su habitación, se cambió de ropa y bajó. Para tranquilizarla dijo que se iba a ver con Sonia para atender un asunto urgente y que luego le explicaría. Pero las horas se deshicieron en oír a la prima, salir a la búsqueda del Flaco, y dejar de ser aunque sea por esta vez el miserable héroe que escapó de su verdadera existencia y se refugió en Australia.
Mientras esto ocurría, Melbourne la parecía un lugar lejano, inexplorado, casi desconocido. Una hora después de recorrer el barrio, acosado por sus pensamientos, en ese turbado espejo en que se refleja la colosal lucha con su pasado, logró dar con el Flaco, se ahorró los falsos saludos y fue directo: Chamo, ¿cómo es esa vaina de que saqueaste la tumba de mi tía? ¿Dónde está el anillo que ella cargaba? El Flaco, un delincuente corrido, con master –si alguien se lo pidiera- en estafas y robos de apartamentos, no tenía por qué cabrearse, pero la manera con la que Manuel le abordó le provocó al menos un susto que hizo que le temblaran los labios y que su respiración se agitara.
Sin respuestas a la mano, su viejo amigo de raterías juveniles se vio obligado a empezar por contarle las penurias por las que pasaba y le confesó que para sobrevivir se ocupa en saquear tumbas en el Cementerio General del Sur. El Flaco se disculpó y dijo que ignoraba que la tumba que saqueó el martes era la de su tía. Ahí estaba Manuel, frente a un panorama desanimado y cruel.
De nada valieron los nueve años de ausencia y de darle la espalda a su pasado. Por eso había escogido a Australia y asumir los problemas de aquel país en vez de los suyos. El retorno agresivo de las fuerzas elementales que le transformaron en la persona que es ahora se manifestaron en la voz, pero particularmente en el contenido imperativo que emanaba esa voz. «Dame el anillo de mi tía Jenny, coño de tu madre». El Flaco, sin saber porqué, con cierta sonrisa que reflejaba confianza y sencillez, le explicó –trató de explicarle– que lo había vendido y que si esperaba unos días, él trataría de recuperarlo.
«Lo siento, mi pana… fue un error». Manuel no se dejó sobornar por las palabras del otro. Ya no era el obediente ciudadano que se había adaptado a la ciudad de Melbourne para retornar a esa parte mala de su existencia de la que huyó. No se contuvo ni tuvo palabras para el otro. Sencillamente sacó de su chaqueta una pistola y le disparó en la frente. Mientras se desplomaba, el Flaco lo miraba con asombro primero y luego con extraña sonrisa como si se despojara de sus miserables días. Manuel espero que su cuerpo chocara contra el piso y se detuvo por un instante hasta ver correr la espesa sangre que fluía lentamente del otro. Dio la vuelta y se marchó. Alguien lavará la sangre, pero la rabia permanecerá ahí.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España