¡El Firmazo!, por Teodoro Petkoff

Imaginemos la siguiente escena. En la primera semana de junio se reúne la Asamblea General de la OEA. Su Secretario General, César Gaviria, informa sobre su misión en Venezuela: después de meses de trabajosas negociaciones se alcanzó un acuerdo entre Gobierno y oposición que el primero decidió firmar pero la oposición se negó. El resultado inmediato no es difícil de predecir: la oposición quedaría internacionalmente desnuda y, lo que sería peor, tratando de dar explicaciones que ninguna cancillería del mundo y en particular del continente podría entender.
Para la oposición, perder la todavía desconfiada buena voluntad que internacionalmente ha logrado adquirir, podría haber sido, de no firmar, un autogol pateado desde el punto de penalty contra su propio arco. Afortunadamente, en la Coordinadora Democrática privó el sentido común y se decidió suscribir el documento. Ya antes, Chávez, quien también sabe lo que importa el entorno internacional, y no ignora las reticencias que progresivamente se han ido despertando con respecto a su gobierno, había aceptado sin demoras las ocho modificaciones que los negociadores de la oposición habían hecho al borrador del acuerdo, preparado por Gaviria. Le arrancó el brazo tanto a este como a la oposición.
Este Acuerdo no es un pacto ni un tratado. No compromete a las partes entre sí sino más bien frente al tercer actor, el internacional. De hecho, su aspecto central es aquel que declara que las partes “coinciden” en que la solución a la crisis política se lograría con la aplicación del artículo 72 de la Constitución, que es el que establece la figura del referendo revocatorio. El meollo es que una de las partes que “coincide” en eso es precisamente el Gobierno, con lo cual internacionalmente adquiere una suerte de compromiso cuya violación implicaría un elevado costo político –por añadidura también muy alto en el plano nacional. Todo lo demás, en el Acuerdo, es adorno. Algunos de los que denostaron a Gaviria y a la Mesa, ahora consideran que uno de los puntos flacos del Acuerdo es el que consagra la desaparición de esta y su sustitución por una comisión de enlace entre las partes. Pretenden ignorar que con la firma de este Acuerdo la Mesa cesa en la práctica porque ya no hay materia de negociación. Lo que se podía negociar en noviembre del año pasado, cuando se instaló la Mesa, con un gobierno contra las cuerdas, ya no existe. El revocatorio no es tema de negociación. De modo que de aquí en adelante lo que procede es precisamente esa comisión de enlace para mantener contactos y procesar momentos de gravedad particular.
Los que se las saben todas, los mismos que empujaron el golpe de Carmona, los que tiraron a la oposición por el barranco del paro indefinido, los que sólo juegan la carta del caos, los que no pierden la esperanza del golpe militar, los charlatanes que no representan a nada ni a nadie pero gritan más duro que todo el mundo, vociferan ahora vaciedades contra la firma del Acuerdo. No querían un Acuerdo sino la carta de renuncia de Chávez. Querían alcanzar en la Mesa de negociaciones lo que no pudieron lograr con las estúpidas aventuras que propiciaron. Felizmente, aunque chillona, es una minoría.