El neomacartismo, por Fernando Rodríguez

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Casi todo el mundo debería saber que un senador gringo llamado McCarthy, a comienzos de los cincuenta y durante más de un quinquenio, atacó con los medios más ilegales y humillantes a todos aquellos que cuya ideología tenía algún trazo progresista y a fortiori a los comunistas. Fue una cacería bárbara que, entre muchos, tocó señaladamente a grandes personalidades de Hollywood, de la talla de Bertold Brecht, Charles Chaplin u Orson Wells y decenas de otros.
Esa caza de brujas que dio lugar a una extraordinaria obra teatral, Las Brujas de Salem, de Arthur Miller y a varias excelentes películas y libros terminó con la caída estrepitosa del senador producto de sus excesos. Su muerte, aislado y derrotado, fue por alcoholismo.
El macartismo ha pasado a designar toda actitud fascistoide que, más allá de cualquier razonable posición ideológica, ve comunistas por todos lados y chilla apenas alguien formula una posición a favor de los pobres de este mundo. Una suerte de paranoia muy peculiar.
Es verosímil que en un país como Venezuela que ha padecido todos los males que un gobierno siniestro puede infringir a un pueblo durante más de veinte años y que el tal gobierno se ha autodenominado de izquierda y ha exhibido algunos de sus emblemas y de sus peores perversiones esa paranoia haya caído en lugar propicio para florecer. Tanto así que la palabra izquierda prácticamente ha desaparecido de nuestro léxico político. Cosa bastante curiosa porque en los cuarenta años anteriores todo el mundo era más o menos de izquierda y hasta se solía decir que éramos sino el único, de los pocos países, en que nadie se atrevía a definirse de derecha.
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Pero a estas altura nos deberíamos dar cuenta que este gobierno y su padre y predecesor nada tenían que ver con ideas realmente de izquierda y que a la larga lo que han resultado son una banda tiránica, corrupta como nadie en la historia nacional, incapaz de formular un ideario estable y coherente .
La mejor muestra es el infame estado a que han conducido al otrora celebrado pueblo. O el divorcio con los comunistas, los propios, y otros socios izquierdistas en estas elecciones, que acusan al gobierno de oscuros contubernios con el liberalismo, los burgueses nuevos y viejos y la corrupción.
Y por ende ver comunistas en todas partes debería ser considerada una nefasta fobia que más de un mal nos ha producido
Suena muy curioso que la oposición practique el “anticomunismo en un mundo sin comunismo”, como ingeniosamente lo tipificó Fernando Mires en un muy pertinaz artículo. Y es que a cada rato oímos que Pedro Sánchez es una suerte de doble de camboyano Pol Pot, el ejemplar Uruguay algo así como Albania en su peor momento y si Biden gana las elecciones nos entregaran a las fuerzas del mal atados de manos y pies. Usted lo habrá oído.
Eso además de ser una estupidez tiene implicaciones reales muy tangibles. Por ejemplo, nos hemos rodeado mayoritariamente de ultraderechistas. Trump, nuestro aliado mayor, o Bolsonaro su primer lugarteniente, son dos de los mayores monstruos en este mundo con escasos líderes de altura y con más de un fascista y otras especies mortales en el poder o con chance de conseguirlo.
Bien que nos haría reforzar nuestras relaciones con el centro y la centro izquierda o al menos con espíritus más moderados que los citados. Sí ya sé, a veces no se escoge, pero mi planteamiento es más abstracto que otra cosa.
Además hemos llegado a una miseria tal que es evidente que el liberalismo, que ya ha demostrado sus límites como exitoso gerente de la humanidad después del inusitado fin del comunismo, su temporalidad al menos no se adapta a las ingentes necesidades que debemos enfrentar, mañana o pasado mañana o el año venidero, para que no se nos muera de hambre o de enfermedades curables una parte sustancial de nuestros conciudadanos.
Una política de Estado va a tener que aplicarse, keynesiansa aunque sea. Y cuidado, entonces, con los posesos de la libre empresa que verán en cualquier asistencialismo la terrible garra del demonio rojo.
Es sano que comencemos a entender que no somos el centro del universo y que lo único que importa al homo sapiens es la salida de Nicolás Maduro y su banda. Es lo más importante para nuestras vidas vividas por cierto pero la racionalidad con que tenemos que actuar no puede ser la de optar por el que esté más lejos de los disparates con que suelen justificarse los crímenes chavistas que tienen poco que ver con la izquierda –en el buen sentido de la palabra, que lo tiene- y sí con la larga, inacabable, maldición del despotismo militar en Venezuela.
Maduro tiene más del general Gómez que con Vladimir Ilich Lenin. Sobre todo si con izquierda se nombra no la “bórbonica”, la de los muros y estatuas caídas, la del estatismo tiránico, que condenaba Teodoro Petkoff, sino la que ha hecho de los países del norte de Europa modelo de humanidad o la España moderna y democrática edificada sobre las ruinas del franquismo medieval y tiránico.
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