El patrón, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Mi primer pensamiento fue que si ese señor me hablaba en el tono grosero e irrespetuoso ante el cual sus empleados temblaban y quedaban desarmados, me levantaría y le diría «usted sabe cómo es la vaina… búsquese a otro porque conmigo no va a restregar el piso». Luego saldría de su oficina, tiraría la puerta con tal fuerza que estallaría el cristal que la decoraba y ¡a correr!, tomando en cuenta que el viejo dispone de tres matones a sueldo al más puro estilo de la mafia. Pero yo me había trazado como objetivo convertirme en su conductor y apelé a los modales que debía exhibir, tal y como me lo indicó la señorita de recursos humanos, quien arriesgó su puesto para quejarse confidencialmente de lo patán que le resultaba Don Alberto con ella y con los subalternos, insolencia que rayaba incluso en la crueldad.
De manera que entré y observé fijamente su rostro grueso, sombrío y con lunares alrededor de la frente, respiré profundo y le di los buenos días, pero nada pasó. Es decir, no dijo «mira, muchacho de mierda, ve a ver si te ocupas de tus vainas y prepárame el carro que tengo prisa». Ignoro qué pasó. Contrario a lo que se suponía sería su proceder, ese señor de 77 años contra quien llevé preparada toda mi artillería de vulgaridades adquirida en el barrio, me habló de manera serena, sin alzar la voz, y yo subí al Mercedes Benz azul, lo encendí y me bajé para abrirle la puerta.
Al entrar, masculló, de forma impersonal «a Bello Monte», y eso fue lo que hice sin hablar, atento a cualquier indicación suya. No creas, cuando le sirves a un tipo de esos con poder y dinero no te abandona la idea de que podría ser ese tu último día en la tierra y que en un instante ese señor respetable, arrellanado en la parte de atrás del auto, sacará la pistola y te volará los sesos.
Eso me pasaba con Don Alberto, el déspota del negocio editorial, a quien los hijos odiaban al punto de soñar todas las noches con la noticia de su muerte por infarto; menos yo, que con el tiempo acabé cobijado bajo su trato paternal, o más bien como de nieto a abuelo. Porque mi papá, a quien nunca conocí, no creo que hubiera llegado a esa edad.
De manera que cuando me dijo, sin despojarse del acento autoritario que recorrió la distancia de su estatura hasta mis oídos, que tomara el Mercedes azul tuve la corazonada de que el jefe me había aceptado y, por ende, quedaba separado del rebaño donde se movían, obsequiosos y cagones, los asistentes, escoltas, conductores y vigilantes que, solícitos, aguardan su entrada en la torre para detener los cinco ascensores.
Alguien decía «viene don Alberto» y era la norma no escrita que trabajadores de limpieza, periodistas, jefes de redacción e incluso gerentes debían quedarse en sus puestos. En caso de que al pasar les sorprendiese en los pasillos los malhadados debían hacer lo imposible por contener la respiración. Todos nos acostumbramos a que los cinco ascensores se desconectaran y solo se activara aquel por el que apareciera sin avisar e imponente, con el tabaco sin encender en la boca, el rey del emporio editorial, y a quien la mitad de los trabajadores odiaban y la otra mitad le temían.
Yo lo entendía y a veces esa situación me daba unas ganas de reír. Te lo estoy contando ahora porque tú has insistido en el tema y, además, ese señor tiene ya tantos metros de tierra encima que si los hijos o los nietos que ahora manejan la empresa leyeran esta confesión se cagarían de la risa, bañados por la fortuna que les dejó sin merecerla.
Desde luego que era detestable. No lo voy a negar. Pero yo logré saltarme esa fase de la sumisión al jefe porque cuando él ordenaba «Javier, el negro», yo, agradecido de que no mediara el insulto, iba directo hasta el Mercedes Benz negro, encendía el coche y, mientras veía cómo su adiposo cuerpo se bamboleaba desde el ascensor hasta el auto, fingía sacudir con el plumero el asiento trasero donde el anciano posaría sus nalgas. Luego enderezaba el espejo retrovisor apuntándolo no a su cara sino directo a sus labios para afinar bien el oído y no preguntar «perdón, ¿me dijo dónde?»
Cuando ordenaba «a La Florida», yo asumía que nos dirigiríamos directo al apartamento de Lucy, la jeva que él sacó del famoso burdel de Chacaíto y la puso a nadar en lujo. Ah, porque déjame contarte que Don Alberto se las arreglaba «pescando carajitas», para usar la expresión que pronunciaba en sus chácharas por teléfono. Que yo sepa, había tres chamas que vivían plácidamente en sendos apartamentos y dormían en camas rosas semejantes a las de las de las muñecas Barbie, pero en la vida real.
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A cambio, ellas sabían lo que debían hacer cuando el viejo las visitaba de forma sorpresiva, mientras yo lo esperaba en la acera fumando un cigarro o conversando con el señor del kiosco de la prensa. De hecho, cierta vez corrió el rumor de que el patrón se paseaba por el barrio ubicado detrás de la torre para «pescar carajitas» entre 16 y 18 años.
Frente a ese rumor hice dos cosas: mentir y negarlo. No por fidelidad, sino porque yo era el único testigo de esa acción. Una menor esperaba debajo del puente, al final de la única calle. Él me decía «aquí», y yo paraba sin ver el rostro de quien subía con pinta de estudiante. De manera que si ese murmullo crecía y llegaba a sus oídos lo lógico fuese que pensara que en esta historia el único chivato era yo. Y ahí es donde yo temblaba porque además de agradecerle que hubiera mejorado mi nivel de vida, circulaba como leyenda que el novio de una de esas barbies fue sorprendido en la cama por el viejo y días después salió su foto en sus periódicos con el titular «Abatido peligroso delincuente».
De eso trata lo que te voy a contar porque la chica involucrada en esta historia es hoy una señora de fundamento y casada. Vive en Miami y sigue bella y voluptuosa, según veo en su cuenta de Instagram. Llamémosla Yuli para proteger su identidad y mi integridad, pero ella fue la perdición de Don Alberto.
Ocurrió una tarde de diciembre. Lo llevé a una feria en Valencia donde la Ford presentaba la gama de autos para el año próximo. Cierro los ojos y suspiro con nostalgia por esa Venezuela que sin haber sido perfecta organizaba eventos de negocios, deportivos y culturales internacionales. Caracas era plaza obligada para artistas y grupos musicales. Y aunque había que estar siempre mosca por el tema de la inseguridad, tú podías disfrutar un domingo en playa Los Ángeles con la familia y era casi seguro que volvieras a casa satisfecho de haberlo pasado bien. ¿Dime si no es así? Como te digo, estábamos en ese show de la Ford cuando Don Alberto, obedeciendo a un impulso repentino de sus 77 años, queda flechado por una rubia alta, de ojos verdes y no mayor de 24 años, que le mira y sonríe. Delgada, figura de modelo, la niña trabajaba en el área de protocolo.
Te confieso que a mí también me tocó su mirada, pero todavía sigo sin entender cómo hacen sentirte invisible cuando estás al lado de alguien con poder. Vista de cerca, la joven dejaba al descubierto un enigma y cuando me dispuse a desentrañarlo, Don Alberto dijo «piérdete». Para mí fue un alivio porque disfruté de las cervezas bien frías que acompañaron la suculenta parilla que sirvieron al público. Me entretuve curioseando los autos que solo compraría si algún pana en el barrio me convidaba a un atraco bancario.
Cuando regresé ¿qué veo? Al hijo deputa de Don Alberto sonriendo como adolescente dentro del carro. ¿Y a su lado? La rubia, de quien lo único que supe era que sus padres inmigraron desde Lituania huyendo del comunismo. Yuli se convirtió en la preferida de Don Alberto. Digámoslo de otro modo: Yuli llegó y las demás chicas fueron echadas de sus apartamentos de Barbie. Ese rumor no hizo falta negarlo porque ellas mismas, avivadas por el desprecio o la venganza, se encargaron de difundirlo; aunque si alguien se me acercaba para confirmarlo, yo apenas sonreía.
Porque una vez que el hombre ha obtenido el gusto por la vida fácil supone que es dueño de ese pequeño universo que domina, y Don Alberto, haciendo gala de la extravagancia de sus ocho Mercedes Benz, le bastaba con decirme «Javier, el verde» y yo me dirigía al Mercedes Benz verde, fingía que lo limpiaba –esos autos los lavaban cada día– y abría la puerta con el buenos días o buenas tarde, y nos enfilábamos por la autopista hacia la zona más lujosa de Caraballeda, en el estado Vargas, donde le compró a Yuli un lujoso apartamento de barbie.
Ambos asumimos esa rutina al entrar la noche. Era el guiño de nuestra complicidad. Mi discreción valía oro y Don Alberto lo sabía, así que cada fin de mes, tras preguntarme si había cobrado el sueldo, indiferente de mi respuesta abría su cartera y me daba muchos billetes que sellaban mi silencio. Hasta ese jueves que no sé porqué descendió de la oficina con el entrecejo fruncido, gritando «¡Javier, el negro! Me aparté de los compañeros con los que me entretenía hablando mientras lo esperaba y velozmente abrí la puerta trasera del Mercedes Benz negro, subí, encendí el motor y sin preguntar me enfilé hasta Caraballeda. Esta vez acomodé el retrovisor hacia su rostro y sospeché que su reino corría peligro. Consciente de ello, imprimí más velocidad y sentí que en medio de su arrechera el viejo agradecía mi lealtad con una sonrisa torva que, de pana, me asustaba.
Llegamos, y no hizo falta que dijera «espera aquí», pero lo dijo en tono bronco. Desde el auto pude ver cuando entró al edificio y que no saludó al servicial vigilante. También vi cuando, impaciente, no esperó el ascensor, sino que echó a correr por las escaleras. Dos minutos después, no sé si por esas mismas escaleras o si había una salida de emergencia –nunca entré a ese edificio– apareció un tipo de unos 26 años. Aturdido, como si hubiese bajado del tren en la estación equivocada, el joven trastabilló, la camisa y los zapatos todavía en la mano, hasta que nuestras miradas se toparon. El sol, cubierto por un crespón de nubes, le protegió en la huida ignoro hacia dónde.
Reaccioné y le ordené al vigilante que abriera, me enfilé por la escalera donde Don Alberto bajaba ofuscado, el rostro a punto de estallarle y enfurecido. «¿Lo viste salir? ¿Quién era?». Un lamento largo y adolorido de mujer se derramaba desde un apartamento. Puse mi mejor cara de pendejo y le contesté con otra pregunta «¿a quién? ¿qué pasó, Don Alberto, ¿lo robaron? Como no recibí respuesta retorné a sus preguntas iniciales y le dije que si alguien salió del edificio no lo vi; que yo solo escuché un ruido y salí en su auxilio.
Aunque era evidente que algo le oprimía interiormente adoptó o fingió que adoptaba un aire de indiferencia. Al salir, ni siquiera miró al boquiabierto vigilante y ordenó que nos marcháramos. Subimos al Mercedes Benz negro y arrancamos. Arreglé el retrovisor para captar su rostro justo cuando mascullaba un pensamiento en voz alta: «lo único que quiero saber es quién es ese hijo de puta». Conduje como si él no hubiese hablado y repasé la imagen de su nieto Juan Ernesto saliendo con la camisa y los zapatos entre las manos, entonces pensé «coño, viejo, acabas de recibir una dosis de tu propia medicina». Al año siguiente me despidieron.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España