El problema es quien gobierna, por Luis Ernesto Aparicio M.

Twitter: @aparicioluis
Puede que por raciocinio o sencillamente por terquedad, siempre me he mantenido en la línea de que los buenos son más. Que la humanidad tiene sus dificultades, pero que hay que seguir creyendo en ella. Agregando, además, que todavía hay tiempo para retirar el pie del acelerador sobre todo aquello que puede derivar en los cambios bruscos y sin límites del comportamiento cíclico de la naturaleza y así evitar los tristes panoramas que se han pronosticado para toda la tierra.
No obstante, hay capítulos a los cuales es difícil evadir y por ello es mejor afrontar las realidades, darlas a conocer para que, de esa manera, primero se actúe —sobre todo quienes tienen la responsabilidad de hacerlo— y segundo para que se tome conciencia. En el fondo, es nuestro papel.
Recientemente, se ha culpado a los medios de comunicación de la xenofobia u odio que se ha estado propagando por algunos rincones de Latinoamérica y más allá. Señalamientos de este tipo anteriormente los encontrábamos solo en los autócratas que acusan al otro de los problemas que sus gestiones han sembrado, solo que ahora lo estamos presenciando en el común.
Hoy anda de vuelta este ejercicio de opinión. Sin embargo, creo que lo hacen bajo la óptica de encontrar la respuesta más sencilla para problemas complejos como lo son la emigración y la inseguridad. Cada uno, a su manera, son parte de la cobertura diaria, diría que en todos los medios del mundo.
En las primeras de cambio, la emigración venezolana estaba cargada de abundantes beneficios para los países receptores. En su gran mayoría, el recién llegado era un profesional con formación universitaria, como mínimo, con una familia funcional de uno o dos hijos —principalmente en edad escolar— y de jóvenes recién egresados, con estudios de segundo y tercer nivel. Es decir, el perfil del emigrante venezolano podría ser uno de los más cotizados para cualquier país que busca su desarrollo.
Hasta aquí, todo iba marchando bien y lejos de las pequeñas diferencias por alguna competencia laboral, eran muy bien recibidos. Con el pasar de los años, tanto el panorama de la inseguridad y su asociación con la emigración fue empeorando y arrastrando la estigmatización para los grupos venezolanos.
Los más violentos asociados al narcotráfico, la guerrilla fronteriza y los criminales organizados en bandas, fueron ganando terreno y convirtiéndose en protagonistas del escenario migratorio.
No dudamos del orgullo que nos hace sentir el ver cómo muchos venezolanos van destacándose en diferentes ámbitos de las sociedades a las que han emigrado. Sin embargo, en el ejercicio de poner nuestra mano en el pecho, nos debe causar una gran pena y vergüenza enterarnos de la violencia que ejercen algunos en actos criminales, muy condenables.
Para el caso de los venezolanos, las bandas criminales comenzaron a encontrar la manera de escapar de operativos policiales destinados a su captura y también de la justicia. Pero, además, buscaron otra manera de encontrar la formar de llevar a cabo su “trabajo” en escenarios desprevenidos y con poca preparación policial para repeler sus fechorías. Tal es el caso de la tristemente famosa banda llamada Tren de Aragua.
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Los criminales venezolanos, ante la escasez de fuentes de ingresos para ellos en Venezuela, decidieron ubicarse a las márgenes de la frontera con Colombia y disputar espacios con otra estructura violenta de origen colombiano, como lo es el Ejercito de Liberación Nacional (ELN, por ejemplo) o, en el peor de los casos, han decidido emigrar a otros países y así crear especies de sucursales.
Es por lo que cuando una empresa como Gallup hace alguna medición sobre los niveles o percepciones ante la inseguridad, sorprendentemente Venezuela comienza a ser el país en donde la sensación de inseguridad es baja, comparada con otros como Chile, por ejemplo. Esto no es porque hay una acción decisiva desde la dictadura para disminuirla, sino que ella se ha confundido con el emigrante honesto y trabajador.
Si bien es cierto que algunos presidentes se han visto arrastrado por la peor de las opciones: armar a la población civil, con lo cual la situación puede ir a pésima, la dictadura venezolana ha encontrado un respiradero ajeno para crear esa falsa sensación.
En resumen, para el caso de Venezuela, Maduro ha encontrado una solución: arruinar la vida de todos los venezolanos, incluyendo a la delincuencia, y así originar el éxodo de estos, ya sumados a los haitianos y otras pandillas de Centroamérica. Por lo que nos queda acudir a la opinión pública del resto de los países para hacerles saber que el problema no son los venezolanos, sino quien está al frente del gobierno.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de Prensa de la MUD
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