¿Es posible un mundo sin matices?, por Luis Ernesto Aparicio M.

Twitter: @aparicioluis
Puede que muchos de ustedes no tengan esa extraña sensación —o puede que sí— de que el mundo se ha vuelto un poco anormal. Lógicamente, todo debe seguir adelante, evolucionar e ir adaptándose a las nuevas realidades que llegan con la etapa correspondiente a ese proceso. Es una ley natural, de vida, o, como dirían los ganados a las explicaciones divinas: «designios de Dios». Lo cierto es que los mundos que vamos viviendo por las leyes biológicas generacionales se hacen raros, pero cíclicos.
A pesar de los historiadores, puede que muchos de ustedes lo comience a ver, cómo un ciclo se abre para repetir la misma vuelta de la historia, con personajes y lugares diferentes, pero con las mismas ideas y acciones.
Una muestra de lo que acabo de referir es el empeño de volver hacia lo que pensamos que ha sido mejor, o peor, por qué no. Si revisamos los últimos días y hasta horas, vemos que el mundo se empeña en regresar a los extremos, sin dar oportunidad a lo moderado. Ya no hay mucho espacio para el intermedio y si por alguna casualidad hemos percibido que nuestra actualidad es abierta, tolerante y libertaria, las señales que emanan de los procesos electorales en muchos países indican todo lo contrario.
Lo que rinde es el discurso de la división entre todos y la admiración por seres humanos que infligieron mucho daño a sus congéneres. Extrañamente, en tiempos en los que se oye hablar de la convivencia, el respeto a las decisiones personales y colectivas; en los que la tendencia es a la aceptación y el equilibrio de género, la preocupación por el medioambiente y la lucha para disminuir las desigualdades, la gente se está volcando, al menos políticamente, hacia lo contrario, hacia el extremo.
Basta revisar lo que está ocurriendo en Europa, en ese viejo mundo al cual debemos nuestros idiomas oficiales y sucesivamente nuestra cultura, por lo que podemos contar con una fuerte influencia de ese continente para con el resto del mundo.
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En anteriores artículos hablamos de lo dicho por el presidente de Francia, Emmanuel Macrón, sobre la crisis que está por avecinarse a raíz de la guerra; el cambio político en Suecia; los comportamientos autocráticos del primer ministro de Polonia Mateusz Morawiecki y su colega Viktor Orbán en Hungría; la actitud del presidente de Tunez, Kais Saied y su muy autoritaria decisión de cambiar la Constitución de ese país; ni hablar de Vladimir Putin. Y ahora, casi que como premio o confirmación, el triunfo de Giorgia Meloni, de quien se sabe es confesa admiradora de Benito Mussolini y su proclama fascista.
Para sorpresa de todos, los nombrados tienen una extraña conexión con los ciudadanos de esos países al término de recibir el beneplácito de la gran mayoría de los habitantes de sus respectivos países para que continúen con su agenda o sus planes.
El caso más elocuente es el de Meloni. Esta dama de 45 años representa la mejor versión del retroceso en la historia contemporánea cuando ha fundado su partido, Hermanos de Italia (Fratelli D’Italia) con una, poco oculta, tendencia neofascista.
Sin embargo, ella desmintió que eso en realidad formara parte de su ideología, pero unos meses después, en un discurso con sus homólogos españoles de Vox dijo: «Sí a la familia natural. No a los lobbies LGBT. Sí a la identidad sexual. No a la ideología de género. Sí a la cultura de la vida. No al abismo de la muerte. Sí a la universalidad de la cruz. No a la violencia islamista. Sí a fronteras seguras. No a la emigración masiva. Sí al trabajo de nuestros ciudadanos. No a las grandes finanzas internacionales. Si a la soberanía de los pueblos. No a los burócratas de Bruselas”. Sorprende esta gran demostración de tolerancia.
Pero Europa no es la única versión de cómo las tendencias se van alejando del centro y sus intermedios. América, para variar, no escapa de estos escenarios. Brasil, por ejemplo, se la va a jugar entre dos grandes antagonismos políticos sin dejar espacios para otra alternativa. Ya Colombia ha pasado por el mismo capítulo hasta que la balanza se inclinó por una opción que aparente no ser tan extremista. Mientras, en Centroamérica se pavonean los populistas extremos con Nayib Bukele a la cabeza.
Sin dejar atrás a los seudoizquierdistas disfrazados, que proclaman la libertad y la justicia, pero mantienen sometidos a sus pueblos bajo las peores calamidades provocadas en países como: Nicaragua, Cuba y Venezuela, mientras que otros intentan alcanzar el poder desde los extremos parecidos.
Así va caminando el mundo, sin matices, por donde pareciera que se pasean los Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Castro, Chávez y otros que más allá de ser la peor referencia, deberían convertirse en los símbolos de la destrucción, la intolerancia, el crimen, el hambre y la desolación. Esperemos que despertemos de estas pesadillas y volvamos al camino de la modernidad, del futuro que no mira ni deja en manos del pasado sus decisiones políticas. Porque el extremo puede acabar con todo.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de Prensa de la MUD
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