Fin de mundo, por Aglaya Kinzbruner

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Desde el comienzo de los tiempos la humanidad ha pensado que algún día llegaría el fin de mundo. Los recientes sucesos en un país amigo y civilizado nos hace pensar que si no ha llegado, por lo menos está cerca. Dos eventos separados en la misma ciudad, Minneapolis, uno en una escuela católica con un saldo de dos niños muertos, 14 niños y tres octogenarios heridos y otro en otra parte de Minneapolis con un saldo de un muerto y seis heridos es algo totalmente increíble.
Los niños se encontraban en una misa para celebrar el retorno a clases de la Annunciation Catholic School . En esta misma escuela se había graduado el asesino, Robert Westman, que había cambiado su nombre a Robin Westman, volviéndose así en una mujer trans. Robin no había quedado contento con la operación, sentía que no era ni hombre ni mujer y el evento terminó con su suicidio. Cosa que nos deja alguna duda con respecto si la decisión de cambiar género no es algo que se toma demasiado a la ligera. Es la masacre Nº 44 de este año en los Estados Unidos.
Los demócratas volvieron a pedir inmediatamente más control en la venta de armas pero ahora que cualquiera puede fabricar en su casa un arma con tecnología 3D como fue en el caso de Luigi Mangione, sospechoso de haber asesinado a Brian Thompson, CEO de UnitedHealthCare, la petición parece fuera de tiempo y lugar. Cierto es que el sueño americano contiene, a su pesar, una buena dosis de tragedia griega.
¿Qué causó la alienación tan terrible de la cual sufría Robert Westman? Fue a una buena escuela, las escuelas católicas en Estados Unidos son caras y buenas o al revés, buenas y caras y, a la larga su educación le hubiera ayudado a acceder a una carrera universitaria, y de no podérsela pagar su madre que ya es jubilada después de trabajar toda su vida en la misma escuela de la Anunciación, en Estados Unidos siempre es posible pagarse una carrera mediante préstamos bancarios para estudiantes.
A menos que esa educación, y dejemos abierta esa ventana, no haya sido todo lo que debía ser. A menos que había demasiado dogma a trancas y barrancas y la capacidad de razonar con lucidez no fuese tan apreciada. Ya, mucho tiempo atrás, la Dra. María Montessori se había quejado de esto. Según ella la relación del niño con la espiritualidad del cosmos debía ser libre pudiendo llegar a ella por medio de cualquier religión. Cuando el padre de su hijo Mario, psicólogo no se casó con ella por influencia de su madre, cosa gravísima entonces a fines del siglo XIX eso de ser madre soltera, ella se vio obligada a dejar su hijo en el campo al cuidado de unos campesinos.
Cuando, después el Dr. Giuseppe Montesano se casó con otra mujer – siempre la suegra insistiendo, dicen – se llevó a su hijo Mario a vivir con él cosa que hizo que menguaran las visitas que ella le hacía una vez por semana. Entonces todo el amor que ella llevaba dentro se volcó hacia los niños indefensos, solos y abandonados. Observó entonces que los niños que habían recibido una educación religiosa demasiado estricta tendían a ser tímidos, reservados e introspectivos.
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Al interrogarlos pacientemente logró averiguar que los más inteligentes eran los que ofrecían más resistencia. La prevalencia de la fe y el dogma sobre la razón era muy dolorosa para ellos. Uno en particular, sufrió golpes de baqueta en las manos porque le dijo al cura, ¿Adán y Eva se comieron una manzana? ¿Y eso es noticia? La compasión que ella sintió la llevó a fundar las escuelas donde se practicaba y practica el famoso Método Montessori.
Obras que quedan hasta el día de hoy. Como decían los antiguos romanos Dulcis in fundo.
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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