Hasta los abogados piden «colitas» en Caracas

Hasta los abogados piden «colitas» en Caracas. Cada vez más son los autoestopistas que piden aventones en la ciudad capital ante las graves deficiencias en el transporte público
De pie en la acera, con el pulgar estirado y los ojos entrecerrados por el sol de la mañana, Octavio Gómez se veía desolado, un anciano de traje marrón, dos tallas muy grande para él. Me detuve y subió a mi Chevrolet Cruze.
Llevo meses recogiendo a personas que piden cola. Simplemente no podía seguir pasando de largo frente a todas las personas que caminan penosamente por la parte montañosa de Caracas, donde vivo —claramente desesperados y anhelando un descanso de la caminata rutinaria de horas, como algunos de ellos me han dicho— para llegar a sus destinos.
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Gómez era particularmente difícil de ignorar, un hombre delgado de 72 años con ese triste traje y anteojos muy gruesos. Es abogado y todavía va a la oficina, aunque su firma se reduce a otro abogado y una secretaria.
Sus hijas y sus familias viven en España y Panamá. Él y su esposa apenas subsisten. «Gasto todo mi dinero en comida», dijo mientras nos dirigíamos al centro. «Sé que es peligroso pedir un aventón en una ciudad como Caracas, pero tengo que hacerlo».
Mi madre me diría que es igual de peligroso dar un aventón. Pero cada vez más caraqueños lo hacen, mayormente de manera gratuita. Nuestro sistema de viaje compartido es parte de la economía gratuita que está surgiendo en toda la ciudad.
Nos ayudamos unos a otros porque somos amables, nos sentimos culpables o nos preocupa el karma. Cualquiera de nosotros que tenga vehículo está a nada de tener que caminar para llegar a destino.
Venezuela ya no produce piezas de repuesto y la mayoría de importadores cerraron. En una de esas ironías circulares crueles, ya no hay escasez de correas de ventilador o carburadores o neumáticos, pero los precios son pecaminosamente altos (por eso no hay escasez).
Transporte público en ruina
Entretanto, el sistema de transporte público de la capital, que alguna vez fue eficiente, ha caído en la ruina. La mayoría de los autobuses de la flota están fuera de servicio; basta con preguntarle a cualquiera que haya esperado en vano durante horas en una parada.
El metro es «tan barato que es prácticamente gratis», cuando en verdad pasa, pero dan terror, dijo Alejandro Infante, estudiante de 17 años de la Universidad Católica Andrés Bello. «Te pueden robar». Considera que es más seguro en la calle, así sea en el automóvil de un extraño.
Infante se unió a un grupo de Whatsapp que le alerta cuando compañeros de la universidad van a pasar por donde vive y le permite reservar un espacio. Si esto falla, se para en la calle con un letrero escrito a mano que dice «Plaza Venezuela».
Algunas personas señalan hacia donde van, otras hacen autoestop, y otras hacen gestos a los motoristas.
Los hombres y mujeres con los que he hablado (oficinistas, jornaleros, jubilados, todo tipo de personas) dijeron que se han transportado gratis en todo tipo de vehículos, desde sedanes hasta camiones de basura.
De vez en cuando, cuando mi mente divaga, recuerdo al primer pasajero que recogí. Era una anciana de extrema delgadez que llevaba un vestido descolorido con estampado de flores y cargaba sacos enormes.
Había algo tan triste en ella. Fue un sábado tranquilo, en la tarde, e iba camino a su casa después de un largo día como ama de llaves de una familia que no le daba nada de comer y no ofrecía transporte desde y hacia el trabajo.
Esta es ahora la norma para los pocos caraqueños que pueden permitirse tales lujos. Hambrienta, había recogido un montón de mangos que crecen silvestres en la ciudad.
Mientras se alistaba para salir de mi auto, me dio un par de ellos. Cuando llegué a casa esa noche, comí uno. Estaba dulce, jugoso y delicioso.
Crónica elaborada por Alex Vásquez para Bloomberg