Democracia negociada, por Bernardino Herrera León

@herreraleonber | @ININCOUCV
Nadie en sano juicio querría que la brutal crisis venezolana se resolviera de manera cruenta. El problema con las soluciones bélicas a las crisis políticas es que fortalecen el ciclo vicioso de la dependencia a lo militar. Es lo que hace el régimen chavista. Todo lo despacha con represión violenta o con el terror a ella. Esa su ventaja.
En efecto, el régimen chavista aplica la violencia sin ningún tipo de escrúpulo ni discreción. Ni siquiera la disimula. A medida que se difunden los videos que muestran el cruel ensañamiento de los funcionarios represivos contra los jóvenes ya capturados, completamente desarmados y aturdidos por los gases lacrimógenos, en esa medida el efecto terror es más efectivo.
Venezuela es un Estado parapolicial y paramilitar. Los funcionarios represivos, formales e informales, gozan de fuero ilimitado para actuar. No atienden leyes ni debido proceso. Tienen “licencia para matar”, como rezaba el viejo eslogan de la saga cinematográfica “James Bond”. El chavismo ha impuesto la barbarie como dinámica de comportamiento social
En cambio, los ciudadanos y las organizaciones opositoras sí están obligados a cumplir leyes y a respetar el Estado de Derecho. Más que leyes, a corresponder con sus valores, trazando una la línea que separa la civilización de la barbarie. Se revela también la asimétrica desventaja del mundo democrático venezolano en su odisea por restaurar la convivencia y el imperio de la ley. Los chavistas juegan duro y sin reglas. Los ciudadanos juegan al civismo y al respeto a normas y principios.
Esa dramática desventaja alimenta la tesis de una “salida negociada” con el chavismo. Sustentada en varias hipótesis. Una es la “implosión”, según la cual, la extrema catástrofe humanitaria provocada por el chavismo será suficiente para la “auto-caída” del régimen. Similar a la caída de los regímenes socialistas de la órbita soviética. Pero, aquellos regímenes totalitarios no se “cayeron solos”. Se trata de una percepción engañosa. Las intensas presiones sociales internas, sumado a la tensión externa de la Guerra Fría tornaron en insostenibles aquellos regímenes. La burocracia socialista extremadamente corrupta, convertida en casta privilegiada, supo que el socialismo era ya inservible. Había que relevarla por una “democracia negociada”. Y así fue. Las “democracias” surgidas del largo invierno totalitario socialista acusan hoy un agudo déficit de libertades democráticas. Rusia es su modelo más emblemático.
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Se agrega otra tesis a la “implosión”, la del “quiebre”. Supone que la estructura burocrática chavista, harta de tanto genocidio, ofrezca sus servicios para derrocar al “madurismo” y permitir que, a lo sumo, lo sustituya la dirigencia política opositora que controla la Asamblea Nacional o por un régimen transitorio de cohabitación. Pide a cambio impunidad. Pero además, pide reconocimiento y lugar en el nuevo escenario político, preferiblemente en posiciones de poder, como el militar.
De eso trata la “salida negociada”, resultado de un “diálogo entre hermanos venezolanos” y demás frases idílicas que proclaman reconciliación. Borrón y cuenta nueva. La narrativa de la negociación con el chavismo es similar a un pasaje bíblico o un hermoso texto de autoayuda.
Se le opone una simple pregunta: ¿Qué clase de democracia emergería de una salida “negociada” con el régimen chavista? ¿Cómo sería esa “democracia negociada”? Responder a estas preguntas revela al menos tres fallos de la tesis.
En primer lugar, que nada obliga al régimen chavista a negociar. Hasta ahora, ni la catástrofe humanitaria ni el establecimiento de un Estado criminal les ha conmovido en lo más mínimo. Más bien el exterminio demográfico es su propósito predeterminado. Menos bocas que alimentar. Tampoco le preocupa el desconocimiento y repudio internacional. Cuba ha sobrevivido a eso y más, si hasta se ha convertido en una curiosa opción turística que cautiva a personajes como Michel Bachelet y el Príncipe Carlos de Inglaterra.
Al régimen le importa un rábano que Pdvsa sea un barril sin fondo, una empresa quebrada, una impagable nómina que se mantiene con monedas de juguete. El petróleo lo extraen empresas de países forajidos que apoyan sin rubor al régimen chavista.
El chavismo ya no vive del petróleo. Dirige una industria más lucrativa de tres carteras: el narcotráfico, el lavado de dinero y la corrupción. Su casta de funcionarios, la mayoría parapolicial y paramilitar vive de esa fabulosa “renta negra”. Si les va tan bien… ¿Qué les lleva a negociar?
En segundo lugar, el régimen chavista jamás ha cumplido ni una sola norma, ni ley, ni constitución, y menos algún acuerdo o compromiso. Su mentalidad y naturaleza es bárbara. Las reglas son utilería. No las cumplen. Sólo sirven para imponerlas a sus enemigos.
En tercer lugar, el régimen chavista es una extraordinaria maquinaria que se “auto-purga” constantemente. No hay funcionario imprescindible. Todos pueden ser sustituidos en cualquier momento. Toda disidencia en su seno es aplastada con extrema virulencia. En caso de que sea necesario defenestrar a Maduro, pongamos, por la amenaza de la presión militar de Estados Unidos, éste será relevado de inmediato. Para eso cuentan con la plenipotenciaria Asamblea Nacional Constituyente. El chavismo funciona como una sofisticada organización delictiva que deja atrás los tiempos de la mafia italiana. Se perfecciona así misma.
Y hasta ahora, todos los escenarios de negociación han resultado en engaños. En astutas artimañas útiles para muchas cosas. Para ganar tiempo, para confundir, para sembrar desconfianza, para dividir, para deslegitimar a los líderes opositores, para desestimular la acción popular y hasta para corromper a opositores.
Pero, en el negado caso de resultar una “negociación”. Una donde los enriquecidos funcionarios chavistas logren estatus, sin temor a la justicia, protegidos en su propio país sin necesidad de exilio, el mismo que destruyeron y de tantos inocentes asesinados. Una negociación donde sobreviva la estructura chavista dedicada al delito, a la especulación, al mercado negro. Con plenos derechos a participar en la democracia, a financiar campañas electorales, a obtener cuotas de poder. De ser cierta esta tesis de negociar salidas sin “violencias”, como si nunca la hubiéramos sufrido ¿Qué clase de país tendríamos al quedar intacta toda esta cultura de barbarie y destrucción? ¿Qué clase de democracia surge donde se premia a quienes delinquen con el argumento de que la política es negociación y nada de principios?
Un sistema político sin valores, ni principios, sin transparencia sin reglas de juego nunca podrá llamarse democracia. La “democracia negociada” es un fraude, un espejismo, una fachada para la sociedad de cómplices y delincuentes. No sería una democracia. Seríamos súbditos de la barbarie