¿Izquierda?, por Fernando Rodríguez

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Antes de la era bárbara, que comienza con el fin del siglo pasado, se solía decir que ningún grupo político o político suelto era capaz de definirse de derecha. Ni siquiera los fanáticos del Consenso de Washington. Vaya usted a saber la razón. Supongo que se consideraba un sinónimo inequívoco de reaccionario, conservador, militarista, dictatorialita, fascistoide —o fascista simplemente— y otros no muy gallardos significados. Ahora es una osadía siquiera evocarla. En otros lados no pasaba de la misma manera, pero eso se lo dejo a la filología política.
Digamos que entendemos izquierda en el sentido más simple, como aquella política que postula una intervención del Estado en la vida económica en búsqueda de mantener la productividad y promover la equidad. Al parecer, difícil ecuación. Además radicalizar la democracia, simplemente ampliar en lo posible el derecho a hablar y ser oído el mayor número de ciudadanos para tomar decisiones colectivas. No enredemos.
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Nadie pensará a estas alturas que esa banda de angelillos que nos gobiernan es de izquierda después de haber demolido el país, saqueado sus riquezas y ser ahora practicantes de una suerte de liberalismo mafioso, instalado por una ley que propicia todo tipo de delitos. O dedicado a recortar cada vez más la participación ciudadana; por ejemplo, el que no se pueda protestar en la capital de la república desde hace varios años o que la censura comunicacional haya llegada a límites como que no se puede nombrar —solo nombrar— a Juan Guaidó en radio y televisión, siendo para la mayoría —han dicho las encuestas en variadas ocasiones— el legítimo presidente interino de la república, valgan como ejemplos.
Hay unas migajas —ver las últimas elecciones— que alguna vez tuvieron un sesgo de izquierda por torcido que fuese, o el residuo de AD cuya última actuación en el poder, hace mucho tiempo —parecen siglos— fue el neoliberalismo de Pérez, siendo miembro de la Internacional Socialista. No hay izquierda, en síntesis.
Es verdad también que la política frentista tiende a borrar las diferencias ideológicas para unificarse y derrocar al tirano, pero uno supone qué es lo que subyace detrás de la precaria unidad opositora, ciertamente válida, con el fin de salir de la opresión.
Es una verdad más grande que el mundo actual pretende haber decretado la muerte de las ideologías, cada uno a sus negocios y punto. Y es verdad también que la socialdemocracia —que podría ser el amplio espacio donde ubicarse una izquierda libertaria— no vive mundialmente sus mejores días. Y, por último, que una cosa bastante compleja y enredada que llaman populismo, donde cabrían Putin y Hugo Chávez, comienza a horadar el globo.
Pero lo cierto es que los economistas de todo pelaje dicen que la pospandemia va a traer más miseria y desigualdad para el tercer mundo, ya bastante mísero y desigual. Si hasta las calles del primer mundo comienzan a rugir y a incendiarse. Por lo tanto, necesitaremos gobiernos —si es que llegamos a despertar y volver a tener futuro— para los que el problema social, la pobreza, sea la máxima prioridad. Un gobierno que haga una bandera de la igualdad creciente. Y, en lo político e ideológico, que no vuelva, por ejemplo, al despotismo televisivo privado de antaño sino canales donde quepan todas las voces nacionales, algo así como la BBC de Londres.
Una izquierda real donde la próxima pandemia nos encuentre con posibilidad de salud para todos y no solo para los muy adinerados de las clínicas de cinco estrellas.
Esa izquierda, quizás, no tiene por qué segmentar hoy la ya segmentada oposición y seguramente le costará horrores mover las parapléjicas mayorías nacional. Pero es bueno que volteemos la vista hacia ella, que la diseñemos, que pensemos en el camino donde nos la toparemos. No hay otra forma de volver a la vida, al equilibrio humano y al fin del odio y la violencia. De que tengamos país. Y paz.
Fernando Rodríguez es filósofo. Exdirector de la Escuela de Filosofía de la UCV.
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