Kostenka, me va a matar, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Las cosas sucedieron más o menos así. Hace dos semanas nuestra hija me preguntó si tenía libre la tarde del martes para recoger a Matías. Lo del teletrabajo apenas le da tiempo para comer e ir al baño y ese día precisamente le atenazaba –a ella y al marido– una labor agotadora razón por la cual no tenían certeza de que podrían buscarlo. Para mí fue como una bendición porque en esas ocasiones mi nieto y yo inventamos nuestro retorno a casa. Conmigo el Mati, por ejemplo, rechaza subirse al cochecito de bebé y, a cambio, emprende la marcha abrazando los postes, asustando a las palomas o mirando la estela de humo que sueltan los aviones al cruzar el cielo de Barcelona.
Se trata para ambos de una experiencia mágica y vivificante. Y como el “por favor” se repite, no sin mucha frecuencia, ya formo parte del improvisado clan de mamás y abuelos que a la salida de la guardería recorren el mismo trayecto y vamos conversando sobre la calidad de la escuela o abordamos temas diversos, pero nunca de política en beneficio de la cohesión del grupo.
Entre los amigos del Mati destaca Igor, cuya madre se llama Kostenka, de lo cual no tengo dudas de su origen ruso. Hasta ahora, bien, si me preguntan cómo va la cosa, porque entre la mayoría de niños catalanes que lógicamente conforman la mayoría en el aula hay también hondureños, colombianos, rumanos y hasta africanos. A esas edades no se habla de guerras.
Una tarde mientras charlábamos me fijé en el andar presuroso de mamá Kostenka, bendecida por una extraña belleza y cierta energía que impone en sus zancadas de atleta. Pero ha sido a partir de la brutal invasión de Putin a Ucrania que ahora empiezo por sopesar la condición de la señora Kostenka, incluso voy más allá y sospecho que estoy frente a una agente rusa, disfrazada de mamá, que sonríe a las gracias de los bebés durante el recorrido por la acera, lo que nos ha permitido platicar hasta que, llegados a la esquina del restaurante ecuatoriano especializado en arroz, cada mamá o abuelo cambia de rumbo y al final nos quedamos Matías y yo para volver a la observancia de los aviones que despiden bocanadas de humo que tanto nos divierten.
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Pero ¡ojo! últimamente he reparado que Kostenska ya no es la misma. Desde que ingresa a la guardería en busca de Igor hasta que salimos en grupo no deja quieto el teléfono y habla largamente y sin pausa supongo en ruso. Debo acotar que no tengo nada contra la discreta señora. Para mi sigue siendo la misma Kostenka, una chica alta de 29 años, blanca y deslumbrante figura, oculta en chaquetas y gabardinas negras a la que añade unas botas militares negras con las que se hace notar alta e imponente.
Su abundante cabellera llama la atención. Son sus manos blancas, impolutas, las que se mueven hábilmente para pulsar sin parar el móvil y entablar una conversación que yo supongo dedica a recabar información de cómo va la cosa por Moscú o a proporcionar noticias sobre las reacciones de los españoles respecto a la invasión.
Sí, es verdad. Yo también caigo fácil en los bulos y me invento a veces una película donde no la hay, pero yo veo a Kostenka y siento como si la vida de estas personas careciera de emociones. Una tarde en la que nos rezagamos del grupo de niños, madres y abuelos que charlaban sobre un caso de covid detectado en un aula, lo que obligó a la guardería a cumplir con el protocolo de suspender las clases, me quité la mascarilla, tomé aire como quien es retado a subir al escenario e improvisar un discurso y tras la bocanada de aire y cubrirme el rostro le comenté en modo neutro lo terrible que resultaría para ella este conflicto (fíjense que no usé las palabras guerra ni invasión) y le pregunté si de alguna manera tal situación le afectaba en su vida cotidiana.
-No, en lo absoluto… ¿por qué debería ser?, respondió con amabilidad y estrelló su sonrisa en mi cara, arrastrando las erres en cada palabra, y antes de que yo le devolviera un gesto de conformidad me dijo que, al contrario, respaldaba esa acción para recuperar Ucrania, “que siempre ha sido territorio ruso”.
Como entenderán ustedes fingí deliberada sordera y que ignoraba los planes del sicópata Putin. Mamá Kostenka aprovechó para lamentarse, con expresión resignada y desafiante, de que Europa no supiera nada sobre un conflicto que se remonta a decenas de años. De nuevo exhibí mi cara de pendejo y le pregunté si ella era historiadora o tenía algún oficio afín, y respondió tajante que era ingeniera, que hablaba varios idiomas, que proviene de Mirninskiy Ulus, en la República de Sajá. Con vergüenza me dijo que aún no conoce Moscú, para lo cual dejé el piloto automático de mi expresión de idiota, y a la pregunta de cuántos idiomas hablaba contestó sin jactancia que domina diez idiomas, fuera del ruso, desde luego.
-¡Vaya!, solté yo mostrando una sonora exclamación de sorpresa porque, le confesé en modo gracioso, que yo todavía no había aprendido hablar en catalán.
-Pero… sí eso es fácil, me riñó Kostenka, y me lanzó contra las cuerdas al revelarme el secreto: una vez que aprendió español, a ella le bastaron cinco meses en Barcelona para hablar en catalán.
Obviamente no podía soportar tanta humillación, de manera que le insté a no separarnos del grupo y retornamos al mundillo del comportamiento de los bebés en edades entre dos y tres años. Es decir, volvimos a la normalidad.
Pero la otra tarde no me quedé conforme y quise desentrañar el enigma Kostenka, si es que lo había. Le pregunté si sabía usar armas y respondió afirmativamente, justificándose de forma graciosa que, desde luego, no sabía usar el misil Zircon. Ambos reímos. Ella con abierta sinceridad, y yo con temor indomesticado. A partir de entonces se me ha metido entre ceja y ceja que Kostenka es agente rusa y no encuentro cómo transmitir mi infundada sospecha al resto de los papás, mamás y abuelos del grupo. Yo digo, si Alex Saab pasó de ser tremendo choro bolivariano a agente encubierto de la CIA, ¿por qué esta rusa silenciosa no podría ser una informante de Putin?
Al mismo tiempo, ella parece sospechar de mi fingida ignorancia, además de que soy el único del grupo que se empeña en saber de su vida, que si da clases y a qué se dedica su esposo. Por suerte, Igor es una preciosura de niño, y a sus dos años y medio dobla en estatura y fortaleza a Matías y a los demás compañeros de guardería. Como todo bebé, Igor es caluroso y exhala un espíritu de libertad. Aun así no me confío, y no dejo de poner el ojo a los movimientos extraños de Kostenka, a su obsesión por no soltar el móvil y a esa deliberada justificación de la “recuperación” rusa de Ucrania y reírse de las “noticias inventadas” de la prensa europea.
El pasado domingo estuve a punto de contarle a los padres de Matías acerca de mi teoría sobre esta agente de Putin que se oculta bajo la apariencia de inocente mamá pero a falta de argumentos contundentes guardé silencio. De manera que lo único que he hecho es mentir y advertirles que ya no podré buscar más al nieto, luego de que una tarde, a la salida de la guardería, Kostenka se quedara rezagada en el grupo de padres y abuelos, para aproximarse y decirme en un tono que no sonaba para nada afable:
-Oye, abuelo… tenemos que hablar.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España