La censura no sacia el hambre, por Naky Soto

Autor: Naky Soto | @Naky
Los saqueos de estos días han sido invisibilizados por los medios del Estado. Fieles al recurso de la propaganda para negar cualquier situación que cuestione sus mentiras, han censurado todos los disturbios ocurridos en al menos ocho estados del país. La censura en sí misma es una tragedia, pero en este caso denostan hasta la acción de los cuerpos de seguridad que ya suman heridos y muertos, negados a entregar el parte que durante las protestas de 2017 narraban a diario. El resultado es que si callan los disturbios, callan sus consecuencias.
Probablemente sea el estado Bolívar el que haya registrado los ataques más feroces contra locales comerciales. Leer los testimonios de los asaltados me recuerda tanto al Caracazo, a lo que entendí siendo una chama por todos los comerciantes de mi urbanización que no volvieron a abrir sus locales; algunos porque no tenían el capital ni la seguridad para reparar lo dañado y reponer inventarios; otros porque no superaron el trauma de reconocer a sus clientes habituales como bandidos. La confianza demanda materiales muy complejos para su restauración.
En muchos asaltos recientes, los cuerpos de seguridad han sido rebasados por los atacantes, conscientes o no de todos los malandros que suman en sus filas. Por hambre puedes robar un pollo y tratar de legitimarlo como hurto famélico, pero no una nevera o un caucho. Al margen de las razones, el Gobierno nacional ha desatendido las protestas ciudadanas que reclaman el grave desabastecimiento de comida, la escasez de dinero en efectivo, las fallas en la distribución de gas doméstico, agua y electricidad, además de la falta de medicamentos para tratar hasta enfermedades comunes.
Ninguna de estas crisis se resolverá con militares patrullando en tanquetas. Las exigencias que reclaman los ciudadanos no necesitan equipos antimotines, sino equipos de gobierno dispuestos a crear políticas públicas cónsonas con la dimensión de la crisis que atravesamos y que en consecuencia, abran el compás para comenzar a solucionar lo urgente y lo importante. Mientras se apela a las sanciones norteamericanas para explicar cada dólar que ha dejado de gastarse o invertirse en lo necesario, el segundo hombre del Psuv promete comprar un banco por varios millones de dólares, como quien oye llover, “barato”, para decirlo en sus términos.
En medio quedan los funcionarios de los cuerpos de seguridad que sí reconocen las diferencias entre los manifestantes de 2017 y los de 2018. Ni con toda la ferocidad aplicada contra las protestas por la democracia, han podido controlar esta crisis de hambre; probando una vez más que un FAL es un arma de guerra, que disparar al aire no es una técnica disuasiva y que disparar a la cabeza es un asesinato, una ejecución extrajudicial, jamás una herramienta de control. La Guardia Nacional no tiene entrenamiento ni equipos para atender estas protestas y disturbios; y pareciera que sus superiores se niegan a entender la dimensión de la crisis, lo que solo permite prever más asaltos, más heridos y muertos, aunque el Estado los calle, aunque la censura crea que los minimiza, mientras se destrozan también la confianza y los capitales de los comerciantes, los “enemigos” más recientes y rentables del chavismo. La censura no sacia el hambre, los asaltos tampoco.
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