La desdicha del ahijado, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Sorprendido cuando asaltaba a un pobre señor en la primera bajada de la Cota 905, Jonás no lo pensó dos veces, soltó la pistola y alzó los brazos. De prisa, y cubriéndose unos a otros como si pisaran Kabul, los efectivos de las FAES descendieron de sendas camionetas negras, procedieron, primero, a darle un cachazo que lo atontó y le sangró la cabeza, y luego lo esposaron. Por último, inmovilizado en el pavimento, el grupo se sirvió de una buena ración de patadas, estimulados por los gritos de aprobación de conductores que echaban al aire el típico «maten a ese coñodemadre». El jefe de la unidad se le acercó a la víctima, un sujeto mayor de 60 años y algo desnutrido.
«¿Qué le robaron, viejo?», saludó sin cortesía. Y el hombre, todavía asustado, dijo que nada y que muchas gracias porque llegaron a tiempo. Pero el jefe presintió algo extraño y le preguntó si conocía al delincuente.
«Bueno, conocerlo que se diga, no. Pero aquí todo el mundo sabe que ese chamo es de la banda del Koki», dijo. Y enseguida quiso saber si lo iban a soltar, «porque ustedes se van y yo me quedo aquí».
La pregunta le estalló en la cara al coronel, quien sentía como el viejo lo miraba con tal expresión que parecía guardar una pena secreta. Mientras eso pasa, Jiménez, el conductor de la segunda camioneta, tarda de manera premeditada en salir del carro porque, ¡ay, coño!, es el hijo de la comadre Justina y del finado José; es decir, ese que está ahí retorciéndose de dolor en el suelo y exhalando rastros de sus miedos, es Jonás, su ahijado. Sin saber qué hacer, Jiménez llama aparte al jefe y le plantea lo que en eufemismo burocrático se denomina un conflicto de intereses.
«Bueno, Jiménez, tú no tienes la culpa que hayas bautizado a un niño que tenía cuatro años y que ahora sea tremendo choro», responde el jefe con encogimiento de hombros que le sirve de subterfugio.
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—El problema, coronel, es que ya me vio —se queja Jiménez.
—Bueno, vamos hacer algo. Ve para allá y dile a los compañeros que no lo jodan más porque es tu ahijado y prométele al chamo que vas hacer lo posible por resolver su situación… Después veremos…
—Gracias, jefe. Con permiso, mi coronel, pero otra cosa, ¿podría asignarme para otra unidad para no ver más a ese chamo?
—Concedido.
—Gracias, mi coronel.
Cuatro días después, digamos que el incidente ocurrió el lunes y el viernes en la tarde Jiménez andaba de comisión en un allanamiento en unos bloques de Charallave cuando recibe la penosa llamada de su comadre.
—¡Compadre, nojoda ¿esa era la ayuda que usted le iba a dar al muchacho?
—Espérate, Justina, que estoy en eso…
—Qué coño, de que estás en eso si al muchacho me lo acaban de matar, nojoda…
—Espere comadre, que yo ando en otra misión y dejé ese asunto en buenas manos. Déjeme llamar y ya le doy una respuesta.
Faustino Jiménez se asusta, siente los restos del odio y la desolación que le transmitieron las palabras de la comadre. Llama al coronel y nadie contesta. Llama a Idelfonso y le pregunta qué pasó con el ahijado; le ruega que le hable sin rodeos.
—Bueno, Jiménez, el chamo en un descuido se le lanzó a García y ante el temor de que lo desarmara, García le disparó.
—O sea, ¿ley de fuga?
—Eso es correcto, Jiménez. Pero, ¡acuérdate que yo no te he dicho nada!
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España