La estupidez como arte, por Teodoro Petkoff

El ensañamiento contra Globovisión ha alcanzado extremos realmente grotescos. Si el gobierno cree que su actuación pretende demostrar que está agotando todos los extremos legales para cerrar ese canal, se equivoca de medio a medio. En realidad, lo que está evidenciando es la absoluta carencia de soporte legal para la medida que intenta llevar adelante. Esta cascada de procedimientos que se lanza día tras día contra Globovisión, configura un cuadro de ataques que busca desesperadamente dotar de alguna legalidad a lo que constituye claramente una arbitrariedad y una agresión desembozada a la libertad de expresión, absolutamente carente de soporte legal. El gobierno quiere hacerle creer al país que está actuando con apego a la ley, pero la gente, incluyendo mucha que ha votado por el gobierno, tiene la percepción de que está haciendo exactamente lo contrario. Colocado ante el umbral de la dictadura pura y simple, no lo cruza a lo Pérez Jiménez o Gómez, y por eso trata de recubrir sus abusos con un barniz legal. Pero lo que aparece es la peor forma de cinismo, el cinismo mezclado con estupidez. La infinitud de la estupidez humana (que el sabio Einstein consideraba la única cosa homologable a la infinitud del universo) pareciera haber tomado asiento en los capitostes del régimen, comenzando por su hiperlíder. La estrambótica «captura» de unos animales disecados viene a ser uno de los momentos culminantes de la estupidez hecha gobierno en su desaforada carrera para sacar del aire a Globovisión.
No sólo es estúpida la forma de cayapear a este canal, lo ha sido también la manera como se desconocieron los resultados electorales al arrebatar a gobernaciones y alcaldías facultades, atribuciones e instalaciones. ¿Quién pierde? Todos; chavistas y no chavistas.
Cuando, obedeciendo órdenes del teniente y minpopopa’todo Diosdado Cabello, la Guardia Nacional intenta impedir la aplicación del contraflujo en la autopista Petare-Guarenas, ese atropello es percibido por partidarios y ad
–versarios del gobierno como realmente estúpido. Cuando el gobierno nacional, a través de alguno de sus sicarios ministeriales, saca, en Maracaibo, de los recibos de la luz eléctrica el cobro del aseo urbano, ese desafuero contra la alcaldía es juzgado como una estupidez de marca mayor por los afectados, que son los habitantes, chavistas y no chavistas, de esa ciudad. Cuando el Instituto de Patrimonio declara «patrimonio de la ciudad», el corralón del viejo mercado de Chacao, proporciona el argumento estúpido a un gobierno que intenta, estúpidamente, impedir la construcción de un centro cívico en ese terreno, cosa que sólo alguien cegado por la estupidez puede considerar inconveniente.
Todo el mundo tiene derecho a un momento de estupidez. Nadie es inmune a ello, pero el gobierno realmente abusa de este derecho.
¿Por qué lo hace, si con un mínimo de sentido común sabría que cosas como estas le son contraproducentes? Porque el síndrome de Chacumbele, que solito se mató, es incurable.