La peor de las miserias, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

“Pensó que de aquella miseria compactada por los años solo podía nacer más miseria y sobre todo la peor de ellas: la humana”.
Leonardo Padura. La transparencia del tiempo (2018)
El relato de Leonardo Padura sobre los años del llamado “Período Especial” vivido en Cuba tras la caída de la antigua URSS, largos años de penurias que solo acabarían con la salvadora llegada del chavismo al poder, pasea al lector por las calles de una Habana degradada en medio de la miseria más abyecta. La Habana, aquella magnífica ciudad que alguna vez llegó a tener más teléfonos por habitante que París y cuyos estándares de sofisticación la convertirían en un class statement en la primera mitad del siglo pasado; la histórica villa que diera origen a todo un género musical –las habaneras- sin el que Bizet no sería Bizet, la de la más importante facultad de Medicina de todo el mundo hispanohablante que le regalara a la humanidad titanes de la talla del gran Agustín Castellanos.
De todo aquello nada quedó. El orín de la revolución comunista se encargaría de carcomerlo todo a lo largo de sesenta años de castrismo. Nada quedaría de aquellos imponentes pórticos de mármol de La Habana vieja, convertidos hoy en antesalas de “barbacoas” en las que con frecuencia malviven en hacinamiento varias generaciones de una misma familia. Viejas marquesinas oxidadas, vetustos Fordomatics mil veces reparados y que primorosamente latoneados y pintados – los famosos “almendrones”- recorren la ruta de El Malecón desafiando al tiempo con lo único que parece abundar en la sufrida Cuba: la nostalgia. Nostalgia de otros días tan distintos a estos de hoy en los que la vida cotidiana de sus ciudadanos parece haber quedado congelada en el tiempo como en una cinta de cine mudo. Miseria material de muchos rostros –proxenetismo, pillaje, narcotráfico– que terminan convergiendo en la más grande de todas las miserias: la humana.
Miseria humana – esa tisis social, como la llamó Víctor Hugo- que pervive en los subterráneos de toda sociedad y que aflora cuando ya no hay fuerza que la contenga. Subterráneos en cuyas profundidades, citando al “León” de las letras francesas, vagan esos “seres feroces” que “no se cuidan más que de la satisfacción del apetito individual”. Son los “cocosecos” que matan sin desparpajo por el teléfono que de repente les apeteció tener; son los “bachaqueros” que sin piedad exprimen al otro al descubrirle en su necesidad, sea que se trate de un kilo de harina para saciar el hambre o de un medicamento para salvar la vida.
Pero son también esos funcionarios que carentes de toda ética de servicio se han entronizado en unas administraciones públicas desvergonzadas en las que ya no queda residuo alguno de apego al mandato al que se deben. Las imágenes de un patético “sambódromo” difundidas recientemente desde el más importante hospital público de Caracas –el HUC-, el mismo que apenas 72 horas más tarde quedara a oscuras tras una inexcusable falla eléctrica de saldo trágico, no dejan lugar a dudas: este país ha tocado el fondo de la degradación ética. Nada queda por hacer como no sea empinarnos como sociedad ante la catástrofe moral que nos legó la revolución chavo-madurista tras 20 años de sistemático abatimiento de toda noción de decencia en la vida nacional. Todavía tenemos posibilidad de salvación. Venezuela aún no ha cruzado el “punto de no retorno”, aquella temible línea fronteriza que entre la vida y la muerte trazara en su día el gran Rudolph Virchow.
No. No lo hemos cruzado aún. Ese “punto de no retorno” a partir del cual, decía el gran patólogo y político liberal alemán, la vida cesaba irremisiblemente, aún no aparece marcado en la trayectoria de ruta de una sociedad venezolana que se ha mantenido en pie de lucha durante veinte años. No fue, por cierto, el caso de los cubanos, que en menos de tres optaron por marcharse en masa. Los venezolanos, por el contrario, hemos resistido y persistido. Imposible no reconocer el dramático impacto de la emigración de casi el 12% de nuestros compatriotas, fenómeno demográfico hasta ahora solo descrito en países afectados por guerras o grandes catástrofes naturales.
Dolorosa diáspora que también se ha llevado a no menos de 23 mil colegas míos, pero pese a la cual otros 30 mil aún insistimos en permanecer aquí, dando lo mejor que tenemos y haciendo lo mejor que podemos en las circunstancias más extremas. Todo lo cual habla en favor de una reserva moral con la que Venezuela aún cuenta y a la que debe apelar en estas horas cruciales.
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Por el contrario, la apreciación que sobre su país expresara Padura en conmovedora entrevista concedida al diario “La Vanguardia” de Barcelona hace menos de un año, es absolutamente sombría: “Todo el mundo te roba. Y ya es como el alacrán que se envenena a sí mismo. Forma parte de la naturaleza de la gente”. No es el caso de Venezuela ni de los venezolanos. Mucho ha dolido la dura bofetada de vergüenza que sentimos al identificar a colegas nuestros al frente de cargos directivos en el HUC en medio de una degradante francachela con unas pobres mujeres bailando grotescamente con más hambre que frenesí en sus rostros mientras que apenas unos pocos escalones más arriba agonizaban enfermos a quienes nada salvo un poco de compasión hubo que ofrecerles.
Herida profunda que se abriría aún más pocos días después, cuando la omisión dolosa de esos mismos directivos se saldara con un apagón de consecuencias fatales. ¡Miseria! Profunda miseria humana que no logra aún instalarse en nuestros espíritus, que a su asedio resisten.
Veinte años de revolución no han conseguido, pese al sistemático esfuerzo de sus jefes y a la intensa modelación a la que nos someten, degradarnos a un punto tal que nos haga imposible volver
Resistir y persistir. He allí la consigna. Resistir alrededor de la decencia como valor central de vida. Persistir apertrechados tras el escudo del arrojo cívico, como el que demostramos ayer en las calles. Ha sido duro. Puede que lo sea aún más en el tiempo por venir. Pero es tiempo de avanzar sin más cálculos de riesgo. Ninguna otra opción nos queda como nación, so pena de terminar reducidos a una letrina social analogable al hobbesiano “estado de naturaleza”. Una cloaca como esa de la que nuestros hermanos cubanos – y nuevamente a Padura me remito- parece que ya nunca podrán escapar.
Referencias:
- Padura, Leonardo (2018) La transparencia del tiempo. Tusquets Editores, Barcelona, 440p.
- Hugo, Víctor (ed. 2005) Los miserables. Tomo 2, libro séptimo. Punto de Lectura. Buenos Aires, p.10.
- García, Fernando. Leonardo Padura: «Cuba sufre una grave pérdida de valores y degradación moral”. Entrevista cedida al diario La Vanguardia, Barcelona, 3 de febrero de 2018.