La velocidad del olvido y la política debajo del iceberg, Pablo Andrés Quintero

La crisis del covid-19 ha desordenado el mundo entero, la realidad, los hábitos, los cronogramas, las actividades laborales y las relaciones sociales. Ha modificado rutinas, comportamientos y hasta formas de pensar sobre la vida cotidiana, la política y los asuntos familiares. En Venezuela, un país con múltiples crisis, una debajo de otra, el discernimiento entre lo normal y anormal no existe, todo está sumergido entre ficción e incomprensión.
El venezolano vive en una sola línea del tiempo, el pasado no es recordado, no hay tiempo para eso, lo que pasó no volverá a pesar de los esfuerzos y es más fácil olvidar que regresar a una fotografía con algo de normalidad.
El futuro no existe, la incertidumbre y el miedo a lo que viene es el pensamiento recurrente de la mayoría que vive y sobrevive. El presente se llama “tengo que resolver”, “tengo que comer”, “No sé qué hacer”.
Esta situación desconectó la relación entre lo individual y el interés por los asuntos públicos, entre ellos la cotidianidad política y las declaraciones de los políticos. Eso pasó a un segundo y hasta tercer plano de interés, ya no hay atención aquí. La burbuja de supervivencia se ha fortalecido durante esta cuarentena. Para la frágil ciudadanía lo único que importa es el metro cuadrado y una sociedad que deja de mirar hacia el futuro resulta sumamente conveniente a un gobierno de carácter autoritario con miras uno totalitario.
El desgaste es progresivo y estructural, la destrucción va de lo macro a lo micro, desde la infraestructura del Estado hasta las condiciones físicas y materiales del individuo.
¿Puede un gobierno desmantelarlo todo? Sí, el poder es un virus que muta con el tiempo, se transforma y ocupa de forma celular cada espacio con vida, lo transforma y lo destruye.
Para abordar una óptica fértil que se enrumbe en un verdadero cambio, es obligatorio comprender la profundidad de un proceso de control político con más de 20 años de experiencia.
Para cambiar a Venezuela se necesitan una serie de pasos previos, no basta con decir lo que se quiere si no se sabe el cómo. Hay muchas ideas extraordinarias para lograr un camino mejor para el país pero nada de lo que está sobre la mesa termina por dar en el blanco. Lo que está en la punta del iceberg son elecciones, declaraciones y cambios estéticos, hace falta más que eso.
La realidad política que hoy viven los venezolanos fue construida estratégicamente por personas que pusieron en práctica diversas herramientas psicológicas y de control político y social; expertos en reingeniería social y alienación ideológica con amplia experiencia en la creación de modelos autoritarios de larga duración.
Es fundamental sustituir un modelo inoculado en el sub consciente colectivo y en todas las esferas de la vida ciudadana, con esto nos referimos al esquema de antivalores que hoy oprime la civilidad y que promueve antivalores e ideología autoritaria, se debe elaborar otro con igual o mayor nivel de elaboración, uno propio, con identidad, verdadera esencia y necesaria coherencia. Uno que genere valor en el tejido social, alto grado de respeto por la vida y la dignidad humana.
Es decir, en primer lugar, hay que concientizar el estado actual de las cosas como punto de partida; en segundo lugar, es necesario generar otro modelo de liderazgo que se diferencie del convencional y desgastado. Uno que entienda que nada cambia de la noche a la mañana, que ponga en práctica una mayor pedagogía y empatía sobre la ciudadanía, que condense emociones y razones. Que invite a imaginar un futuro diferente.
Es mucho lo que se debe hacer, pero para los efectos de este texto solo me he referido a dos cosas puntuales. Este proceso de construcción requiere tiempo pero sobre todo comprensión e investigación. Mientras la cotidianidad se afinca en categorizaciones, opiniones de tweet, elecciones y debates sobre transiciones, un sector de la comunidad ciudadana necesita dinamitar ideas y reprogramar soluciones que estén fuera del alcance del público y del entretenimiento mediático. En Venezuela se debe reencuadrar una nueva forma de vida y de hacer política.
La velocidad de olvido se incrementa, solo unos pocos retienen información de interés, pocos reflexionan y muchos reaccionan. El nuevo liderazgo necesita combatir la memoria corta y el alzhéimer político. Los venezolanos necesitan despertar de la amnesia, el letargo y la agónica espera. Nada va a llegar si no se busca, nada va a suceder si no se crean condiciones, nada va a cambiar si no cambiamos. Es necesario comunicarse con la población, ya no basta con “decir algo”.
Hay que retomar el diálogo propositivo entre civiles, hay que fortalecer el autoestima y la seguridad individual, hay que darle más lucidez a las acciones y valor a las palabras.
Ante la normalidad y el nuevo modelo de convivencia que se ha impuesto con el covid-19 se debe trabajar con lo que se tiene bajo las condiciones de mayor adversidad posible. Se debe tener en cuenta que nada volverá a ser como ayer en lo político, lo económico y lo social. La única forma de avanzar es observar ante la incertidumbre, oportunidades que le abran puerta a soluciones, ventanas o salidas de emergencia. Quienes detentan el poder no bajarán la velocidad sino todo lo contrario, buscarán dinamitar procesos y acelerar acontecimientos que le permitan fracturar a la ciudadanía en momentos de mayor fragilidad.
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La política debajo del iceberg necesita una mayor ejecución si se aspira a la evolución. Aquellos que sepan gestionar soluciones en diversos campos y logren interconectar a los actores necesarios que catalicen procesos deben instalarse bajo el agua, sin escándalo, con poco tiempo y oxígeno.
No se trata de frentes amplios, de mesas, de iniciativas públicas, de asuntos partidistas, de liderazgos populares o mesías.
Aquí el trabajo es técnico, especializado, quirúrgico y sin fraternidad ideológico-partidista. ¿Qué sucede con los partidos, militantes, dirigentes y agentes movilizadores?, La respuesta es sencilla, movilizan, inspiran, conducen pero con criterio, organización, asesoramiento profesional y sobre todo estrategia.
Mientras el desorden, la incomunicación y la crisis emocional continúen, mayor será el temor a caminar hacia el futuro, mayor será la nostalgia por el pasado. Para salir de la prisión psicológica se debe enfrentar el miedo, no hay otra opción, no es momento para indecisiones y debilidades, la templanza debe prevalecer. Hay que re direccionar el comportamiento social a través de lo emocional e innovar en la urgencia. El tiempo actúa paradójicamente como bomba de tiempo: el que uno desperdicia, es aprovechado por otro. Y ya todos sabemos quién es ese otro.
La demoscopia que tenemos sobre la arquitectura política actual es una demoscopia de opinión y no sirve para entender las actitudes, emociones y estados de ánimo. Hay que profundizar en el océano de las experiencias pasadas para entender los errores que nos han conducido al presente. Venezuela requiere de un nuevo formato, un refrescamiento, un baño de agua fría.
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