Los derechos no envejecen, por Luis Francisco Cabezas Gutiérrez

Este 29 de mayo de 2020, Día Nacional del Adulto Mayor en Venezuela será recordado como el peor año que puedan haber vivido las más de 3,5 millones de personas mayores que sobreviven en Venezuela. Desprovistos de medios de vida, sin acceso a medicinas, sin la posibilidad de poder comer de manera regular proteínas, sin acceso a los servicios de salud, sufriendo los embates del deterioro de los servicios públicos y más recientemente en tiempos de covid-19, sometidos a una cruel condena enmascarada como medida de protección, a la que han llamado “quédate en tu casa”.
Cómo quedarse en casa, sin comida, sin electricidad, sin agua, sin gas, en muchos casos sin el apoyo de los hijos, y nietos que tomaron camino a otras latitudes, buscando una mejor vida, pero que hoy muchos o viven lejos en muy precarias condiciones y víctimas de la xenofobia o ya regresan a Venezuela derrotados y agotados, expuestos a un sinnúmero de riesgos.
La remesa, suerte de salvavidas que por un tiempo permitió a muchas personas mayores mitigar el terrible impacto de una ya larga hiperinflación, dejó de llegar a muchas personas mayores, por razones absolutamente obvias, el mundo entero está en problemas y más lo están, quienes no han tenido otra alternativa que la precariedad e informalidad laboral en los países de acogida.
La pensión, bandera de la propaganda oficialista equivale hoy a $2 mensuales, ese insignificante monto permite vivir un día fuera de la pobreza, el pequeño detalle es que el mes tiene 30 días, durante los 365 días del año las personas mayores en Venezuela, solo pueden abrazar el umbral de la pobreza 12 días, los restantes 353 días forman parte de esa estadística que tanto lesiona y mancilla nuestras libertades para elegir y decidir, la llaman pobreza extrema.
Como si no fuera suficientemente desalentador el panorama y la emergencia previa para las personas mayores, llegó al mundo la pandemia del covid-19, que ha hecho de las personas mayores el blanco de su letalidad, pero a esta perversa causalidad debemos sumarle una no menos perversa corriente que se ha logrado posicionar en el mundo entero, tal es el caso de la sanidad o asistencia hospitalaria selectiva, en donde se dispone discrecionalmente de la vida de las personas mayores, discriminándolos por su edad al momento de brindar asistencia médica bajo la errada y arbitraria premisa de que “ellos ya vivieron”, nada más alejado de los derechos humanos y de la propia deontología médica.
Los derechos son inherentes a las personas, el solo pensar que estos pierden vigencia en la medida en que nuestra expectativa de vida se acorta, es una barbaridad y debe ser condenado. Aun en su lecho de muerte, toda persona debe tener acceso a cuidados paliativos, el bien morir supone agotar hasta el último momento los esfuerzos que permitan a las personas morir con dignidad y sin sufrimiento.
La gran cantidad de personas mayores fallecidas a causa del covid-19 en el mundo entero debe invitarnos a reflexionar como sociedad, más aún cuando muchas de esas muertes pudieron ser evitadas y desde el Estado no se hizo nada para que así fuera. Pareciera que hemos roto los lazos intergeneracionales y transitamos peligrosamente hacia sociedades del descarte, donde la edad define tu valor como persona y tu existencia misma.
Esta pandemia pasará y dejará muchas bajas, siendo la población adulta mayor quien aporte el mayor número, pero el mundo seguirá adelante y muy probablemente con nuevos modelos de vida, a los que tocará adaptarse, pero en ese nuevo mundo seguirán existiendo millones de adultos mayores que habrán sobrevivido a la pandemia, unos que siempre han vivido en situación de precariedad y por tanto terminarán casi desvanecidos, pero habrá otros, a los que la pandemia los dejará en frágil posición, lo que hasta ahora era desconocido para ellos, estos últimos, sumados a los primeros demandarán asistencia y protección post pandemia. Esto hace presumir que el escenario post pandemia implicará un nuevo abordaje y relacionamiento de los estados y la sociedad con los temas del envejecimiento.
Las agendas de desarrollo, aunque nos encontremos en plena emergencia global, no deben abandonarse, por el contrario es necesario desde ya ir perfilando como serán los nuevos paradigmas de desarrollo y en ellos se debe valorar con singular importancia, el aspecto demográfico. Entender que avanzamos globalmente hacia sociedades profundamente envejecidas y que por ello no pueden considerarse menos productivas, sino que supondrá acomodos y arreglos sociales, económicos, políticos, previsionales que permitirían la inclusión de las personas mayores en el desarrollo.
EL slogan de los Objetivo de Desarrollo Sostenible es “no dejar a nadie atrás”, honrar esta frase supone avanzar hacia modelos de desarrollo que dejen a un lado el estigma y la discriminación hacia las personas mayores, es necesario redefinir su papel en el desarrollo, entender la diversidad de las “vejeces” no serán igual los mayores del año 2040, a los que ya hoy lo son, así como también hoy hay adultos mayores con enormes capacidades productivas, pero también hay otros que demandan cuidados especiales lo importante es no tratar igual a diferentes.
Finalmente, y en medio de tanta incertidumbre en lo que sí no podemos dudar es en reafirmar el valor de la vida para todas las edades, relativizar la vida nos expone a un peligroso escenario, hoy son los de 75 años y más a quienes se consideran descartables, pero qué pasará cuando comiencen a subir el listón y los descartables sean los de 65 años.
Los derechos no envejecen, trabajemos juntos por sociedades para todas las edades y donde desarrollo y longevidad hagan llave.
Con especial afecto a todos los viejos que resisten en Venezuela.